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Domingo , 17.06.2018 / 23:17 Hoy

Pa'no molestar

¿Patrañas de un manipulador o verdades para un incrédulo?

Alejandro Evaristo

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Observar tras el cristal es una grata experiencia, no hay duda.

Al viajar en el transporte público, el conocido y el ajeno, la visualización de factores, hechos, personajes y características a lo largo del recorrido, nos permite hacer un primer reconocimiento de ese mundo apenas nuestro y, con ello, aumenta la posibilidad de formar un criterio, tener una opinión y hasta consolidar una estrategia para algo tan valioso como la posibilidad siempre presente de aprender del entorno.

Vale la pena observar…

***

Al amanecer, se decidió por el sonido de las noticias. Descendió como pudo de los costales de cemento que hacían las veces de cama y pego oído a la pared de su costado derecho. No había falla. El hombre al otro lado del muro ya había despertado y en su predecible y rutinaria vida, a esta hora, ya habría encendido la radio. Nada.

No se sentía con tanto humor como para escuchar los arrebatos pasionales de la juvenil pareja en el ala izquierda de la habitación y tampoco tenía interés en lastimarse la espalda nuevamente, observando las imágenes del televiso al otro lado del patio y solo adivinando, en cuclillas, lo que el afamado presentador decía a su audiencia.

Insistió sin éxito. Este día de descanso se había planteado la posibilidad de permanecer en el cuarto sin salir para no enfrentar su penosa realidad. Por eso se había duchado en la fábrica al terminar el turno y había conseguido –por fin- que su jefe le prestara uno de los libros que tenía como adorno en el rincón de su oficina. El título no le atraía pero igual habría algo interesante en la lectura.

Luego de vestir el conjunto deportivo del equipo de futbol y sonreir al recordar viejas glorias de sus años mozos, preparó un café en el viejo pozillo. Abrió la ventana y saludó a los chavales que iban aprisa hacia la escuela.

Pensó en comer algo, pero estaba inapetente, así que o iba a comprar algo con sus 37 pesos para alimentarse ese día o empezaba la lectura bajo la posibilidad de quedar atrapado en líneas y letras y palabras hasta otro nuevo despertar.

La escena le sobresaltó…

***

“Si no estás dispuesto a tratar de entender, mejor no veas”. Vaya frase.

Los años iniciales de cualquier ser humano pueden caer estrepitosamente y golpear todos los rostros de todos los sueños que sin saberlo pretendía cumplir con ese tipo de comentarios.

Se decidió como habría hecho cualquiera a esa edad. Colocó dos ladrillos uno sobre otro para alcanzar la ventana. Regresó por un tercero. Hay algo ahí pero no alcanza a definir bien de qué se trata. Los chillidos lastiman los oídos y la falta de estatura es una burla en la voz de los amigos.

Hay conceptos que no se entienden con siete años y cosas que pasan porque tienen que pasar sin que uno u otro se enteren, hasta que por supuesto el primo mayor habla y recuerda la promesa: no se les vaya a ocurrir decirles a sus papás lo que vieron aquí.

Otro chillido ahora conocido. El cochiqueo de los cerdos es molesto. Insiste uno y el otro se deja hacer pero no callan. Siguen en ello y tras el vidrio hay unas manos que enmarcan los ojos negros y cafés de un par de chamacos que faltaron a la escuela por ir a la casa de los tíos para encontrar respuestas a preguntas que aún no se han planteado.

La suciedad es impenetrable a la visión…

***

Tengo dos pares en casa. Uno es para descansar mis ojos y el otro para las otras tantas tonterías.

¿Cómo es que no te das cuenta y te permites errar una y otra vez sin hacer algo por corregir? ¿Cómo te ocultas en una cueva y cómo logras hallar una flor en un planeta? ¿Cómo descubres un conejo y logras sentir el hilillo de sangre marcando para siempre la comisura de estos labios? ¿Cómo haces para haber disfrutado el placer de otros en camas que jamás disfrutarás? ¿Cómo sabes qué significa y cómo resolverlo? ¿Cómo sabes quién es ella y qué eres tú?

Es una broma. Las preguntas y las respuestas están ahí, siempre al alcance de todos y son todos los responsables de ignorar.

Tengo dos pares pero me son insuficientes porque están mal graduados y por eso no veo bien. Mi edad no tiene nada qué ver. No. Conservaré ambos. Déjame en paz. Ese es asunto mío.

Yo veo más con ellos que tú y esa juventud tan arrebatada que te permite gritar inconformidades pero te impide actuar… Eres un imbécil.

***

No puedo acercarme tanto. Son enormes monstruos y tienen la increíble capacidad de destrozar a millones, lo sé.

¿Inocular? No, nada de eso. A mí no me vas a inyectar y no voy a permitir que esas pequeñas bestias en tu jeringa traspasen piel y tejido para generar defensas. A mí déjame así, ya mañana tomaré jarabe o me quedaré en cama o algo. Está bien, pero solo si lo hace Doña Pera, ya ves que tiene la mano bien suavecita…

Entonces puedo sentir a cientos de miles de millones de ellos danzando alrededor y no puedo acercarme a ti porque estás contaminado. No sabemos cuál será el destino de tu cuerpo pero sí el de tu alma. No se crea ni se destruye, solo se transforma, ¿recuerdas?

¿Patrañas de un manipulador o verdades para un incrédulo?

Tú qué sabes.

Lo que aprendí en la escuela.

¿Y todo lo demás, lo que no te enseñan los maestros y los libros?

Lo aprendí viendo.

¿Y qué viste?

Tu maldita necesidad de ayuda…

***

En la repisa hay un viejo ejemplar. Se llama Gog y es la obra maestra del Italiano Giovanni Papini.

“Me avergüenza decir dónde conocí a Gog; en un manicomio particular...”, así empieza. Así estoy. Claro, sin todos sus millones y su envilecida inteligencia, pero así me siento.

Tienes razón, mi locura está en un grado de inteligencia que asusta pero no puedo evitarlo. Ellas lo decían antes, cuando no se enojaban conmigo y me obligaban a ver payasos bajo la cama. Por eso les creo. Por eso vendí todo y solo me quedé con la vieja radio y esos libros, ¡ah!, y este par de lentes.

Es cierto… eran dos pares.

***

Creció así. Un cúmulo de manos abiertas y un montón de letras fueron insuficientes para ocultar los golpes y las humillaciones. Por eso se fue.

Antes, en los años tierra de esta imaginación atada, sobrevivía platicando con ellas. Les discutía, les callaba, les hablaba nuevamente cada vez. Ellas estuvieron en silencio cuando le diagnosticaron migraña y la ingesta permanente de un fármaco “novedoso”. Entonces el dolor desapareció y con él ellas.

Vendió la TV y se desprendió de todo el pasado. En cambio se hizo de una vieja reproductora de cintas con radio am y fm. Era una baratija con la que solía distraerse.

Cada mañana. La misma hora. El mismo ritual del mismo sitio en el que ya no está porque el silencio siempre ha sido más fuerte.

A nadie en la vecindad sorprendió su partida, después de todo, el vidrio nunca estuvo lo suficientemente limpio como para ver lo que tenía ahí dentro.

¿Me permite? Tengo el asiento de ventanilla…

alejandro.evaristo@milenio.com

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