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Miércoles , 17.10.2018 / 09:43 Hoy

Pa'no molestar

Nuestro día de la independencia

Alejandro Evaristo

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Esta semana estamos por festejar un año más de nuestra independencia.

Hace poco más de dos siglos, un grupo de personajes de alta alcurnia y nivel decidió que el yugo español no era una alternativa para el desarrollo de nuestra entonces joven Nación y que de ninguna manera permitirían que se siguiera esclavizando y abusando de la nobleza, lealtad y fidelidad del pueblo de la Nueva España. Al menos no del de esta parte de las indias.

Entonces, inspirados en la espada de la justicia y un increíble afán por mejorar las condiciones de vida de los habitantes de esta noble tierra, convocaron a una movilización masiva y se armaron y armaron a sus seguidores para enfrentar al infeliz que, entonces, estaba desgraciando la paz, los bolsillos, la riqueza y la unidad del pueblo.

Cientos, miles de los participantes murieron en ese lejano pasado para que usted y todos los que hoy sobrevivimos en este país, fuésemos “libres”.

Desde el obrero que se mata trabajando entre 8 y 12 horas diarias para medio subsistir, hasta el(la) diputad@ que duerme plácidamente en su curul, todos recibimos de aquellos héroes el regalo de la libertad. No importa si se trata de uno de esos presidentes municipales o miembros de gabinetes estatales o de esos líderes partidistas que aprovechan el tiempo libre (y laboral) para embriagarse y atropellar (literalmente) a la población; no importa si se trata de un junior con ínfulas de ser pensante que estudia en escuelas privadas, locales o extranjeras, y no tiene la menor idea de eso que aquí llaman educación laica, gratuita y obligatoria; no importa si es un ladrón de cuello blanco o prestanombres del mandatario en turno y tampoco ser constructor, estadista o el saltapatrás de alguien.

Nada de eso importará la noche del 15, cuando gritemos loas a Morelos e Hidalgo y la campana suene y el júbilo estalle en un cielo policromático atestiguando la presentación de decenas de “artistas” a lo largo y ancho del país entreteniendo (¿?), divirtiendo (¿?) y, sobre todo, menguando la capacidad de respuesta de un pueblo sobrado de fútbol y ávido de esperanza.

Hablemos pues y dejemos vibrar los corazones patrioteros septembrinos sin olvidarnos del sarcasmo: la noticia triste es la cancelación de la cena en Palacio Nacional, el compromiso evidente es el de los priistas en el Congreso federal al prescindir del pago institucional de autos y celulares, el reto es albergar a cuantos pobladores sirios se pueda para seguir demostrando al mundo que México tiene una tradición añeja en materia de puertas abiertas y asilo a extranjeros porque aquí, como quien dice, además de cabrones, somos bien pinches buenas gentes.

En verdad me da pena decirlo, pero si vieran el fracaso en que se ha convertido el México que idealizaron, los héroes que nos dieron patria segurito estarían revolcándose en su tumba…

La recomendación

“Gerardo Porcayo, fundador del cyber en Iberoamérica, neogótico mexicano, William Blake de la posmodernidad, autor de Dolorosa, la más terrible novela vampírica jamás escrita, ensaya ahora sus visiones peligrosas en una space ópera de terror: Las sentencias de la oscuridad”.

Esa es la presentación que los amigos de la editorial independiente Azoth Goliardos (seguidores acérrimos de la ciencia ficción, la fantasía y el terror) hacen de esta novela publicada por allá del 2001 y recreada en algún lugar del espacio cósmico.

Encontrarla y leerla fue un verdadero golpe de suerte y un agasajo, aun cuando el propio autor reconozca en sus anotaciones finales, haberla escrito “a todo vapor… absolutamente apasionado”. La broma, porque de ninguna manera podría pensarse que un ejercicio de este calibre se haya hecho sin una mínima planeación (y de haber sido así me permito externar mi total reconocimiento al autor), resulta absolutamente hilarante luego de concluir la lectura y de entender el sacrificio y compromiso que el protagonista “Salman” tiene para con la especie así como la forma en que define y resuelve un acertijo impuesto a costa de su vida por parte del antagonista (toda una sociedad) representada en la figura de Tubal –Caín.

El entresijo de la historia no viene con la aventura del héroe arrodillado o muerto quizá, sino con la conclusión que da pie a un enfrentamiento que la propia humanidad pudo haber evitado hace siglos, milenios tal vez.

El autor demuestra una fuerza narrativa contundente y otorga a cada uno de los personajes todas las cualidades inherentes a un ser humano, las describe, las somete al capricho de la historia y permite a esta jugar con el futuro incierto de un hombre.

Los amantes de la ciencia ficción deben darse la oportunidad de leer esta novela y, ¿por qué no?, exigir a Azoth Goliardos más obras con las características antes citadas. No tuve suerte en contactarles a través de las redes sociales o en sus sitios oficiales, pues han permanecido inactivos durante varias semanas, esperemos que la guerra anticultural iniciada en este país no haya alcanzado ya los campos creativos de Azoth Goliardos. Les mantendré informados…

Entre una fortuna

Decían los abuelos que de todo hay en la viña del señor. Cuando escuché la frase por primera vez no tenía la menor idea de a qué se referían, qué era una “viña” y quién carambas era “el señor”, pero como entonces no tenía aún ese maldito afán por saber y entender, pues regresé al “diablito azul” y el juego de canicas con los vecinos de la cuadra.

Esa tarde recuerdo haber vuelto con las rodillas hechas pomada y un recordatorio de esos inolvidables en el rostro infantil porque me atreví a impedir que uno de los pequeños (muy mayorcito por cierto) me dejara sin la esfera cristalina y azulada que traía consigo suerte, gloria y poder a su portador. Una pinche canica me hacía feliz y me había convertido en una especie de punching bag que regularmente quedaba entremezclada con el polvo y la tierra y la afrenta, pero siempre en posesión del “tirito”.

Las peleas siguieron por algún tiempo y, al paso de los años, los puños enemigos se convirtieron en palmadas y abrazos amistosos y luego en emotivas despedidas y llantos.

Cada uno hizo lo que pudo con lo que tuvo al alcance y las herramientas que le dieron y encontró a su paso.

Ahí está el caso de José, hijo de un carpintero bonachón que decidió probar fortuna fuera del pueblo y regreso años después trayendo consigo la clásica sonrisa y un cúmulo de energía para ayudar al viejo, quien hora pasa sus tardes viendo pasar la vida sentado en una silla de madera y sonriendo a los chavales que ya no puede escuchar.

Juan fue quizá el más exitoso. Siempre fue bueno para las tareas y las clases y por eso era el consentido de todas las maestras de todas las escuelas que visitaba. No sé bien a bien qué estudió, pero vive allá en el norte, cerca de Tijuana. Administra una empresa de pinturas que es propiedad de un gringo que le agarro harto cariño y le prestó para su casa y una camioneta de esas grandes que tienen televisión en los asientos y bocinas en los respaldos. No lo veo desde hace unos 20 años, pero sabemos que le va bien porque sus hermanos (que no corrieron con la misma suerte) platican a veces del dinero que manda a la casa.

A Julio fue el menos agraciado. Le gustó el trago y la fumadera, creció sin oficio ni beneficio y nunca dejó atrás esa sucia costumbre juvenil de andar espiando a las vecinas cuando lavaban en el río o se aseaban en los patios de sus casas. Una vez casi lo matan cuando se atrevió a traspasar el límite marcado por la barda de piedra y el hermano de la Rosita, un grandote que entrenaba box en la capital, se dio cuenta y lo alcanzó. Pobre Julio. Su cara parecía de esas papas rojas sin forma que sacas de la tierra cuando empieza a llover y se les enjuaga el lodo despacito para no joderlas.

¿Yo? Pues no sé. No logré salir ni entrar a ningún lado porque nunca quise hacerlo. Anduve de aquí para allá y trabajé como ayudante o aprendiz de varios maestros: hojalateros, mecánicos, albañiles, plomeros… aprendí a desear lo que estaba en mis manos poder alcanzar, así que creo que fui feliz. No dañé a nadie y me comporte con mis padres como se hubiera esperado. No estudié porque la escuela no era lo mío, pero aprendí a leer. Dejé la escuela, pero no las revistas y algunos libros, como “Macario”, y un montón de cuentos para niños en libros de esos de pastas gruesas y hermosos dibujos de magos, hadas y hechiceros. Tenía gran imaginación y siempre andaba pensando que un día inventaría algo para que cada lugar que hubieran pisado mis pies se coloreara de verde o de morado y me divertía pensando en la cara de mis tías cuando vieran sus sábanas y en la de mi madre viendo todos los caminos y puentes y ríos y espacios que había caminado y corrido.

Lo que más recuerdo es que me gustaban las nubes. Les hallaba formas así bien raras y hasta les ponía nombres para hablarles mientras veíamos a Juan y a Julio y a José jugando canicas junto al chavito ese que no ha dejado de llorar…

EMPATÍA

El sentir de las almas al ocaso…

alejandro.evaristo@milenio.com

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