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Miércoles , 15.08.2018 / 20:10 Hoy

Pa'no molestar

“La sangre en el cemento, en las paredes…”

Alejandro Evaristo

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Espero que la Procuraduría General de la República con celeridad pueda deslindar responsabilidades y espero al amparo de la ley pueda aplicarse la justicia contra aquellos que han levantado estos falsos señalamientos contra el gobierno…

Hace algunos ayeres –demasiados- me llamó la atención alguien que hablaba de confianza y lo importante que ésta es para el ser humano. Seguro fue el maestro de literatura, un hombre regordete, de impresionantes lentes de armazón negro, enorme bagaje cultural e impasible carácter cuando de evaluar a los estudiantes se trataba. Su clase entonces parecía ser el peor castigo para cualquier escolapio y se empeñaba en demostrarlo; por eso los populares eran la hermosa maestra de antropología, el dicharachero responsable de música y la guapísima Celia, creo que ella enseñaba etimologías grecolatinas o algo así. Afortunadamente para algunos, la vida y el tiempo enseñan lecciones inolvidables y la errónea percepción y concepción que tenía del profesor José cambiaron y hoy, a la distancia, le agradezco por cada libro que me obligó a leer, pero esa es otra historia.

Retomando la idea original sobre este asunto de la confianza, a la fecha no entiendo bien a bien si se trata de un sentimiento, de una postura, de un estado de ánimo, un afán o, para el caso, una simple, llana y vulgar esperanza, es decir, el deseo irrefrenable a propósito de algo o alguien y que ha estado ahí todo el tiempo para millones de personas y pueblos a lo largo de la historia de este contaminado planeta.

Es curioso. Quienes carecemos de elementos, herramientas y/o medios para solucionar algo, debemos confiar en quienes sí las tienen y nos representan, dirigen o deciden. Lo cierto es que el chisme no es tan intrincado y nosotros sí debemos esperar el resultado de sus ocurrencias y traspiés…

***

Lo que estoy queriendo afirmar es que el gobierno no tiene ninguna participación en ningún tipo de espionaje contra ninguna persona y creo que no hay el más mínimo sustento a una afirmación de este tipo. Es muy fácil que muchos se quieran subir a esa ola de señalamientos, siempre es lo más fácil…

A veces miento. Mi apreciado maestro era un genio en eso de descubrir la falsedad y por ello todos teníamos el reto de mejorar nuestras habilidades para salir adelante en su clase. De hecho recuerdo una en especial relacionada con las mentiras en la literatura.

Hablamos del Lazarillo de Tormes, en cuya trama un hombre de miserable vida y peor existencia hace del mentir una herramienta para sobrevivir en la sociedad de entonces, por ahí del siglo XIV, me parece; también aparecieron el adulterio de Anna Karenina (Tolstoi, 1877); el homicida de Crimen y Castigo (Dostoievsky, 1866); el enfermizo deseo de un padrastro en Lolita (Nabokov, 1955); la venganza de El Conde de Montecristo (Dumas, 1844), y el afamado enemigo de Dios, el maestro de las mentiras y el engaño, el mismísimo Satanás de la Biblia, entre otros.

Mentir es un arte y algunos lo desarrollan hasta el grado de volverse virtuosos.

Esa es una característica de la clase política de todas las eras: desde la antigua Grecia hasta el Parlamento Británico; desde las delegaciones en una municipalidad hasta los más altos puestos de los organismos internacionales, desde la secretaria de un regidor hasta el presidente de alguna República. Todos mienten y quien diga lo contrario está mintiendo. Así de sencillo y así de real.

Ahí está el caso de Richard Nixon (presidente de los Estados Unidos de América entre 1969 y 1974) y el famoso Watergate, él mintió para encubrir al Ejecutivo en el asunto de un robo (que no salió bien) a la sede del Partido Demócrata y tuvo que renunciar para evitar el juicio político, por supuesto recordamos también al ojoalegre de Bill Clinton con su pasante Monica Lewinsky.

En México, decía mi profesor, hay que ser un buen mentiroso para “entrar a la polaca”. Durante algún tiempo pensé que exageraba…

***

Lo que puntualicé y el alcance de la indicación que di fue, precisamente, para que se diera curso a las denuncias que han presentado algunos activistas sobre este supuesto espionaje. Que se pueda deslindar quiénes si caben, y si tienen sustento estas afirmaciones, que realmente, con apego a la legalidad, se encuentre a los responsables, estén dentro del ámbito público o dentro de otro ámbito.

Una vez le dije que no me interesaba leer las cosas que otros habían escrito hacía tanto tiempo y le importunaba con preguntas tan absurdas como el clásico “¿y eso para qué me va a servir?”. Él me miraba y sin mayor viso de asombro empezaba a enumerar los incontables beneficios que la lectura ofrece: te vuelve astuto; estimula tu cerebro, lo obliga a pensar y razonar; te ayuda a tener una mejor comprensión de tu entorno; mejoran tus habilidades de expresión y enriquece tu lenguaje; te obliga a desarrollar la concentración, y agudiza tu capacidad de análisis, entre otras muchas cosas.

Y vaya que tenía razón.

Nunca tuve oportunidad de agradecer a mi maestro todas esas horas dedicadas a los libros. Gracias a su necedad y a un orgullo entonces mal encausado por mi parte, he navegado aguas desconocidas y disfrutado el aroma de flores tan inverosímiles como hermosas; luché junto a Barba Negra y bebí el mismo té que disfrutó Dorothy, también aprendí a cuidarme en las noches de luna llena y a reconocer el sabor de un vals. Escuché conciertos dentro de catacumbas y oí gritos a lo largo de una campiña inexistente. He viajado sobre el lomo de un enorme dragón blanco y también he sentido el frío del Everest y he visto la belleza del Kilimanjaro. Aprendí a conducir porque ansiaba entonces trabajar para ahorrar y poder comprar un Plymouth Fury 1958 y preparar en casa todas las versiones de mole negro descritas por la abuela. Asistí a varias intervenciones quirúrgicas y escuche disertaciones medio extrañas sobre la ética y la política. También he recorrido los corredores de algunas de las más famosas edificaciones humanas y viajé a la Cuba de Fidel y a la selva de Zyanya.

Todas las palabras que hoy deseo expresar a mi profesor son apenas un esbozo de cuan agradecido estoy por haberme presentado a Bécquer y obligarme a tratar de entender cómo carajos un hombre puede convertirse en una cucaracha u otro descender al infierno y describir todos los infiernos que hay sin necesidad de un caballo, un molino y la ilusión sobre una bella dama o la piel de un león protegiendo la espalda de la leyenda y todos los hombres que pelearon por el reino de Arturo y los conjuros de Merlín.

Si pudiera recordar todos los títulos y autores e historias sería dichoso; desafortunada o afortunadamente, todas las locuras tienen un límite. El mío llegó al momento de escribir estas líneas porque recuerdo en algún lugar haber dejado las novelas de Tom Clancy especialmente una que se llama Operación Arcoiris que es muy buena. Afortunadamente es solo ciencia ficción, aunque el arcoíris es de verdad…

***

No lleven a que diga lo que no he señalado. ¿Por qué habría de tener alguna acción en contra de la libertad de expresión? Todo lo contrario, estamos para generar mejores condiciones para la libertad de expresión.

Hubo una clase que recuerdo particularmente. El profesor estaba un tanto molesto porque el grupo no se había esmerado en aprender la poesía coral con la que habríamos de representar al turno vespertino en el concurso, así que decidió cancelarlo y nos obligó a permanecer sentados en el aula, sin derecho a descanso durante los siguientes dos meses.

El castigo no fue tan importante. Ideamos mil y un formas de pasar el tiempo y poco a poco la bonhomía alcanzó al estricto académico, quien una tarde de regocijo decidió que todos debíamos hablar sobre algún tema que nos gustara o inquietara.

La primera en pasar al frente fue Vero. Era la jefa de grupo y tenía los cachetitos así como de tambor, el amigo peludo de Bambi. Ella platicó de sus sueños en un laboratorio porque le gustaba la ciencia, pero no sabía decidirse por la biología, la química o algo similar.

Luego Adriana, la mejor amiga y acérrima rival de nuestra curiosa lideresa y representante, hizo uso de la palabra y manifestar su deseo por ser médico, idea que desechó de inmediato frente a toda la clase porque recordó el asco que le provocaba la sangre. De inmediato se decidió por la astronomía, pero luego también lo rechazó porque debía estar sola trabajando y a ella le gustaba estar siempre con alguien, regresó a su asiento sonrojada y en medio de burlas ante su divertida indecisión.

Todos pasaron los días siguientes, el ejercicio tomó al menos tres clases completas y mi turno llegó en la última. Bien valiente me planté frente a todos y dije que quería ser biólogo marino, carrera que por supuesto existía solo en un sitio bastante alejado y a un costo mucho más elevado. Recuerdo las preguntas del maestro ¿por qué?, ¿eres bueno en biología o ciencias naturales?, ¿dónde trabajarías?, ¿con quién?, ¿sabes cuánto ganan?, ¿a dónde te irás a vivir?, ¿trabajarías en el mar o en un acuario o quizá solo enseñarías? La andanada de preguntas continuó y algunos compañeros se unieron al chisme: que si viviría solo, que si podría trabajar también con animales terrestres…

Lo peor de todo es que está anécdota irremediablemente me lleva al poema que no nos aprendimos, específicamente dos estrofas de Tlaltelolco 68, del maestro Jaime Sabines:

… Habría que lavar no solo el piso; la memoria.

Habría que quitarles los ojos a los que vimos,

asesinar también a los deudos,

que nadie llore, que no haya más testigos.

Pero la sangre echa raíces

y crece como un árbol en el tiempo.

La sangre en el cemento, en las paredes,

en una enredadera: nos salpica,

nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.

Las bocas de los muertos nos escupen

una perpetua sangre quieta…

alejandro.evaristo@milenio.com

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