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Lunes , 22.10.2018 / 01:41 Hoy

Pa'no molestar

¿Hasta los insectos tienen el derecho a seguir vivos?

Alejandro Evaristo

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El doctor recomendó no mencionarlo y decide callar y evadir la pregunta. Lo que puede o no ver en el suelo es asunto suyo y de nadie más. De hecho hasta duda incluso en seguir abriendo la boca con el especialista porque le provoca cierto grado de desconfianza la cantidad de papeles que cuelgan enmarcados en las paredes del consultorio.

No puede explicarlo, pero desde su perspectiva le parece bastante presuntuoso recibir a sus posibles clientes con todos esos documentos enmarcados: como si un papel pudiese acreditar el profesionalismo, capacidad, conocimiento y experiencia de alguien, ¿o no?, sé de personas que dicen ser abogados o doctores o tener alguna profesión y no saben ni leer y ya andan de diputados o presidentes municipales, o hasta de gobernadores o presidentes.

El punto es que, en la pared, los cuadros están divididos entre diplomas, reconocimientos y constancias; algunos con líneas doradas y otros con enormes e ininteligibles firmas; de todos tamaños y en colores claros. Algunos son de instituciones, escuelas y organismos nacionales, excepto los que están a su espalda. Esos resaltan por varias situaciones: hay dos pequeñas lámparas en el techo, de esas cuya luz se puede dirigir a un sitio particular y estas iluminan los 11 cuadros desde los costados, lo que produce un efecto de profundidad y obliga a fijar la vista precisamente en ellos.

Podrían ser de madroño, por la evidente coloración rojiza que contrasta con el tono de los documentos, pero eso es solo especulación y no está dispuesto a ofrecer un tema de conversación al sujeto de quien quiere desprenderse de una vez.

Quizá no debería importarle tanto. Todos sabemos lo que algunos químicos, en las medidas y combinaciones correctas, pueden ocasionar a una inimaginable cantidad de materiales...

***

La semana pasada estaba en el parque, en la banca más cercana a la fuente de los cántaros blancos, la más grande. Dice que le gusta sentarse ahí porque puede ver la vida y hay un enorme bote para basura donde arrojar los desechos que encuentra durante su trayecto desde la esquina de casa hasta aquí. Tres cuadras al parecer.

Lo he visto. Siempre llega con dos bolsas y una va directo al basurero. En la otra lleva las migajas de pan de la noche anterior o incluso del desayuno o ambas; un cuaderno con un bolígrafo o un lápiz; un emparedado de queso panela con mayonesa y mostaza (su favorito), y un libro que nunca acaba de empezar, pero algún día lo hará. No me dejó verlo, pero dice que se trata de Fronteras de Cristal, de Carlos Fuentes.

Recuerdo. La primera vez me llamó la atención porque estaba totalmente absorto contemplando el arrebatado andar de las ardillas, las palomas y sus archienemigas en estas lides de la alimentación gratuita en tierra, las hormigas (increíbles insectos por cierto). Parecía verlas, pero la realidad es que no era así: observaba la grieta de donde salía ese pequeño ejército de poderosos combatientes dispuestos a todo para conseguir comida para el invierno (como dice la fábula aquella en que la otra protagonista es una cigarra cantadora, despreocupada y desidiosa).

Días después nos encontramos nuevamente. No, más bien lo volví a ver -dudo mucho que él hubiese puesto algún ínfimo grado de atención en mi persona-. Estaba de pie mirando fijamente el encendido azul y el rojo y el blanco y el amarrillo de la torreta de una patrulla que estaba al otro lado de la calle atendiendo un incidente. Al parecer alguno de los taxistas ahí reunidos había atropellado a un joven en bicicleta (a la postre me enteré que no fue “un”, sino “una”; que no fue atropellamiento, sino un aventón involuntario por un neumático ponchado, y que los policías no atendían el incidente, estaban ahí para dar celeridad al paso de los otros vehículos circulando por la zona). Permaneció así, como perdido entre el color varios minutos. Solo las palomas lo arrancaban de tal grado de contemplación con su aletear y escandaloso zureo. Él arrojaba un poco más de pan al piso y de inmediato regresaba su atención a las diferentes tonalidades brillantes. Me habría gustado seguir observándole, pero debía llegar a un lugar y no tenía tiempo… nunca tengo tiempo.

***

Escribe cosas por todos lados porque necesita recordar, por eso hay etiquetas pegadas en diversos sitios de casa. Es un buen método para saber qué es esto, cómo se usa aquello o cuáles son las actividades por cumplimentar a lo largo de cada jornada dependiendo el día. Las medicinas son las más importantes. Las ha separado por color bajo un esquema parecido al vial para evitar algún incidente grave por si otra vez olvida: las que están en el pastillero verde no representan mayor riesgo, sabe que debe tomar dos cada 48 horas porque así está escrito en el trozo de papel, pero hay otras, las rojas, que le obligan a revisar las anotaciones hechas en el cuadernillo que está al lado porque son peligrosas. Si, ya sé que suena absurdo, pero el hombre recuerda algunas cosas a veces y otras también, desafortunadamente no en el grado de importancia que deberían tener.

Cada día se le deben explicar las razones por las que hay una enfermera cerca. Bastan 10 o 15 minutos para comprender, pero siempre termina diciendo que aún puede valerse por sí mismo y es capaz hasta de hacer su famoso mole de olla si se lo pide la familia, con sus trozos de papa, zanahoria, elote y calabaza; su caldillo de chile ancho y pasilla; su muy particular combinación de especies y sus buenos trozos de chambarete o chamorro o espinazo, depende lo que haya conseguido para este día don Pedro, su carnicero de toda la vida.

En este punto empieza la faena: debe enterarse de la muerte de su amigo e incluso la desaparición del negocio; se le debe recordar que no puede comer picante y, especialmente, nada de carnes rojas. La sonrisa se va y casi siempre se deja abrazar por los reposa brazos metálicos de la silla de ruedas. Entristece porque se da cuenta de la realidad… su familia le abandonó hace mucho, mucho tiempo…

***

Le inquiere. Debe decirle cómo se ha sentido y platicarle todo lo visto desde el anterior encuentro.

El continúa ignorándole. Trata de leer las palabras y frases en los papeles enmarcados, lo cual le resulta difícil no por la distancia o el tamaño de algunas letras, sino porque desconoce los idiomas en que están escritos casi todos. Los de inglés son cosa fácil y no tiene problemas con ello, de algo le ha servido su gusto por las series cómicas norteamericanas, especialmente las de antaño, y la música. No un género en especial. Él disfruta los tonos que pueden alcanzar algunas mujeres, especialmente las de voz ronquita; los sonidos, dice, pueden resultar bastante sensuales y ricos para el escuchante y esa es una cualidad que no cualquiera puede provocar, aunque hay algunas cuyo timbre tienen un color, volumen, espesor, mordiente y vibrato muy particulares, los que saben de música lo dicen bien bonito, pero nosotros apenas entendemos algunas cosas. Fíjate, estoy leyendo el libro este del viaje del Conde Drácula de Inglaterra hasta Estados Unidos y no entiendo todavía cómo llegó el barco si ya todos habían sido la comida del no muerto y quién carambas iba a decirle cómo navegar o dirigir la nave en medio de la nada.

- Oiga, necesito que me conteste para saber cuánto hemos avanzado y calcular en qué fecha podría por fin darle de alta y…

¿Los vampiros se enferman?

***

Una tarde estaba en “su” banca y él llegó a sentarse al lado. Respondí a su saludo y permanecimos en silencio varios minutos. Luego extendió su mano. ¿Quieres darles de comer? Asentí y tomé un poco de migajas y las dejé caer cerca. Algunos pedacitos fueron a dar muy cerca del zapato izquierdo, a unos centímetros de la punta. No se movió, pero empezó a seguir con la mirada una hormiga negra, es la mayor de todas. Ella no carga, las guía al alimento y las escolta de regreso al hoyo del que provienen, pero no sé dónde está, nunca logro aventurarme más allá de la visión porque yo creo que todos los seres vivos tienen su propio derecho a algo de acuerdo con la organización de su especie. Por ejemplo, mírala. Ahí está toda grande y toda fuerte y no hace nada por ayudar porque tal vez su función es otra. ¿Qué pasaría si intento quitarles ese trozo de pan? Seguramente se me vendría encima, trataría de aprisionar la carne de mis dedos entre sus tenazas y seguro estoy que eso puede doler y mucho. Por eso les respeto y por eso ellas caminan conmigo y vienen aquí cuando llego y se van con su comida de regreso al sitio de donde salieron, pero no sé dónde es porque prefiero verlas. ¿Tú también crees que hasta los insectos tienen el derecho a seguir vivos? Mírala es la más fuerte y grande de todas. Si meto la mano segurito me pica y me va a arder y mejor seguimos así, esperándome para que les aviente algunas migajas de pan y luego van y vuelven conmigo a la cocina y al patio, pero prefiero verlas, como ahora, especialmente a esa negra, la más grande, la que no carga…

***

En el historial que alguien olvidó sobre el camastro hay una nota. Explica la condición del individuo y recomienda su inmediata reclusión en un sitio más apacible y tranquilo. Sugiere un sitio con áreas verdes, sin acceso a herramientas o instrumentos de ningún tipo para evitar que se lastime. Las medicinas son importantes. Y, por favor, no olviden cambiar la silla de ruedas, ofrecerle algo mucho más cómodo.

No le teman. Sigue alucinando con insectos, pero es un buen paciente…

alejandro.evaristo@milenio.com

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