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Jueves , 19.07.2018 / 01:39 Hoy

Pa'no molestar

Espejismos de la realidad

Alejandro Evaristo

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El hombre se acerca y aborda a la mujer. Mientras empieza a articular una serie de frases le recorre visualmente de arriba abajo, de izquierda a derecha y de piernas a senos. Sin vergüenza o pudor alguno su mirada intenta traspasar el grosor de la tela y no le preocupan los terceros en los alrededores. Son las 12:30 y el sol hace de las suyas en cuerpos y paredes y rostros y techados y angustias.

Él también está acompañado por unos 10 o quizá 15 sujetos, todos similares: mal encarados, robustos, con gorra y un morral colgando de los hombros a la espalda. Se encuentran estratégicamente distribuidos en diversos puntos del área que la plaza comercial destinó para el parqueo de las unidades que transportan a sus amados y entrañables clientes.

En su mano derecha lleva hules de diversos tamaños y grosores, en la otra una franela que cubre un teléfono.

“Ándele güerita, verá que se lo voy a dejar bien chido, como nuevo”, dice a la mujer mientras le impide alcanzar la puerta para abordar el vehículo. A lo lejos hay un hombre de esos con chaleco amarillo, silbato y lentes que “ayudan” a unos a estacionarse y a otros a salir del área de aparcar, pero no le da mayor importancia a la escena y ni se inmuta ante la cara de angustia de la señora, que no logra avanzar y ya empieza a exigir al hombre que le dé permiso.

Dos de sus secuaces se empiezan a acercar por los costados, pero se detienen de súbito cuando la mujer grita algo y dos hombres bajan de una camioneta estacionada justo al frente de su vehículo. Enfrentan al tipo y este, visiblemente nervioso, retrocede. Uno de ellos trae una pistola fajada al cinto, en la parte baja de la espalda. La descubrió sin mostrarla, aunque en esos segundos siempre la tuvo a centímetros de su ágil mano derecha. El otro, un grandulón con cara de pocos amigos, le dijo algo y la ahora víctima agacha la cabeza, muestra la palma de sus manos levantadas evidenciando sumisión y se retira sin perderles de vista, pero sin retarlos, a unos metros se da vuelta y camina con prisa a unos metros de sus compinches…

***

Miguel está preocupado. No logra concentrarse y en su afán por ganar unas monedas no se da cuenta y casi provoca un accidente. El conductor de la camioneta le dice que se fije, que no sea wey. No le contesta. Sabe que tiene razón y lo menos que busca ahora es hacerse de otro conflicto más. Observa. Se estacionaron a dos filas y decide moverse del sitio para no encontrarse de frente con esos tipos. Los lentes oscuros les dan un aire gansteril y la falta de placas no es un buen augurio para un vehículo que no es último modelo y además tiene los vidrios polarizados. Cuatro pasillos le corresponden hasta las 5 de la tarde y hasta entonces no se puede dar el lujo de dejar de silbar y pronunciar la frase que a él y a otros con su oficio les ha hecho famosos aquí y en otros cientos de sitios similares del país: “viene, viene”.

Se aleja entonces no sin recordar que cada paso representa segundos y dinero perdidos.

Un auto compacto se acerca. Muestra un sitio libre al chofer, quien atiende la sugerencia y, luego de apagar el motor, desciende. Le pregunta si estará ahí dentro de 40 minutos, cuando regrese, para darle lo del “chesco”. Responde y remata con un “aquí le echo ojo, no se preocupe mi jefe”. El joven gesticula un rápido agradecimiento y camina hacia la entrada a la plaza comercial y, por tratar de guardar las llaves del auto en el bolsillo lateral de la mochila, casi golpea a la guapa señora que se encuentra de frente, con quien se disculpa a la misma velocidad que se ruboriza y aleja. A ella le resulta divertido. Indudablemente sigue dominando al sexo opuesto, no importa el divorcio, ni la edad y tampoco las otras representantes de su mismo género. Se sabe y siente hermosa como la que más, solo que mejor.

Miguel ya ubicó otro vehículo en otro sitio de la misma fila y sigue haciendo cuentas mentales. Apenas tiene unos 120 pesos en la bolsa y hoy necesita juntar al menos 350. El medicamento del pequeño cuesta más o menos eso y lo necesita para controlar esos tremendos ataques que enfrenta un día sí y otro también. En el Seguro Social ya no le quisieron dar la medicina, pero con lo que recibió hace rato en el empeño por las herramientas de albañilería y el anillo de la abuela y esos 350 “la arma”. Ya luego Dios dirá.

Voltea a ver si los tipos ya se bajaron del auto o siguen ahí, pero no puede saberlo porque hay un sujeto con una señora platicando precisamente en esa línea visual. Un auto está por irse. Coloca su herramienta de trabajo entre sus labios y con todo y la fetidez del aliento resopla para evitar el avance a uno más que se acerca por la derecha. Hace señas con las manos y entonces, observa cómo desciende la ventanilla del lado del conductor.

Cuatro pinches pesos, le dieron solo cuatro pinches pesos. Decepcionado, piensa que a este paso va a tener que trabajar doble turno.

Recuerda a la mujer y pese al temor por el sujeto de la camioneta se encamina hacia allá solo para ver cómo el vehículo de la doña se aleja rápidamente por la fila que cuida el pinche del Memo. Solo ve el automotor alejarse y no presta atención ni a los hombres que caminan aprisa en sentido contrario a la circulación ni a los sujetos que vuelven a la camioneta blanca.

¡Carajo! Ahí van al menos otros cuatro pesos…

***

Estaban tomando cerveza en la banqueta del sitio sin que nadie les dijera nada, ellos son los dueños absolutos de ese lado de la colonia y nadie se atreve a cuestionarles, exigirles o amedrentarles. Bueno casi nadie. Alrededor de las 11:00 el celular vibró en el bolsillo de uno de ellos. Cuando vio el número en la pantalla su rostro se transformó y, al contestar, apareció una palidez de esas que asustan aunque no la veas porque sabes que está ahí, la sientes, la hueles, la percibes tan cerca que le permites todo y es cuando la piel pierde su color y aparecen esos temblores involuntarios en los párpados o los sudores en las manos.

Dio un golpe al hombro de su compinche como señal para partir. No colgó hasta que estuvo tras el volante de la camioneta blanca. Mientras conduce, el teléfono móvil emite el pitido clásico de mensaje y se lo pasa a su ahora copiloto para que lo abra. En pantalla aparece el rostro de un joven y una frase: “acaba de salir, va para allá”.

Entran al estacionamiento de la plaza comercial y casi chocan porque el imbécil del “viene-viene” no les vio y le dio salida a un pinche deportivo. “Fíjate cabrón”. El tipo ni los pela y se aleja caminando.

- Si me das chance voy, le pongo dos tres patines y me regreso. Chance y hasta me quedo con su pinche chalequito pitero...

- No pendejito, tú no te mueves de aquí…

Obedece a regañadientes y enciende la radio. Música, comerciales, música… oye, mira, ese cabrón se ve que se quiere almorzar a la ñora. El retrovisor se convierte en una pantalla que proyecta una película sin estrenar. Los actores parecen ser buenos, especialmente ella. Su rostro cambia. La sonrisa desapareció y ahora hay un gesto de hartazgo, ahora de preocupación, ahora de miedo…

- Hay que ayudarla wey, no se vale. Mira, ahí viene otro…

- Y otro por ese lado también… pinches monos… bájate cabrón.

Un grito de exigencia surge de la poderosa garganta femenina. ¡Déjame pasar!

Quihubole paisa qué traes, dice el que la hace de chofer. El hombre mira a uno y otro: de frente el alto y, tras él, la mujer. Un poco más allá se quedó el acompañante, quien mira al andén y a los otros sujetos que pretenden acercarse pero se detienen cuando por instinto lleva su diestra a la espalda.

- Qué pasó carnal, estoy chambeando, no más le quería poner unos hulitos al coche aquí de la güerita, ¿verdad?

- No me dejaba llegar a mi auto…

- Ya váyase m’hija…

- De verdad, carnal…

- Gracias…

Deja de chingar a las viejas cabrón, o qué ¿muy machito?

- No carnal, ya estuvo, ya me voy…

Los hombres se recargan en el medallón de la camioneta.

- Le hubiera soltado un plomazo, ora hasta somos pinches guaruras de ñoras buenotas…

- Cállate cabrón…

***

Respira con dificultad. Maneja entre pasillos y autos a una velocidad mayor de la permitida. Por el espejo retrovisor ve a los dos hombres que le ayudaron y también al tipo que tanto miedo le provocó. Unos se quedan y otro se va. Está nerviosa. Un temblor de esos reales le impide tener control total y absoluto de sus extremidades. Hacía tiempo que no pasaba un episodio así, seguramente la adrenalina y la ansiedad hicieron lo suyo y desencadenaron el ataque. Apenas puede orillarse, abre la bolsa y trata de tomar una de las pastillas, pero el frasco cae al piso interior del vehículo. Hay otro, pero no puede alcanzarlo, ni siquiera intentarlo. Medio cuerpo está en su auto.

El mismo joven con el que tropezó observó la escena mientras compraba un suero hidratante en la isla fuera del gimnasio. Aventó mochila, dinero y bebida y corrió hacia el vehículo de la mujer que ya se contorsionaba entre el piso del auto y el del estacionamiento. Alcanzó el frasco, tomó una pastilla y la colocó como pudo en la boca de la señora junto con su cinturón. Lo importante era evitar que se ahogase con su propia lengua.

Está sentada y es atendida por un paramédico: lo último que vio fue a hombres corriendo, a un muchacho desangrándose por heridas de bala y a otro que recogía cada medicamento y lo guardaba en las bolsas de un chaleco amarillento…

alejandro.evaristo@milenio.com

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