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Domingo , 23.09.2018 / 17:38 Hoy

Pa'no molestar

Ellos no son “nuestros” indígenas…

Alejandro Evaristo

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Zzâna Ndâhji es una pequeñita de 6 años con nombre mágico. Ella y su familia viven muy cerca del lugar donde está la gran cueva; evidentemente eso es solo un decir. Deben caminar casi una hora sobre veredas de terracería para llegar al sitio en el que han encontrado un medio para poder hacerse de algo de dinero y poder comprar lo básico, comida especialmente.

Su padre y su hermano, apenas tres años mayor que ella, ayudan como pueden haciendo lo que se les permite: limpiando autos, recogiendo basura, ayudando al turismo a cargar cosas a sus vehículos, labores por las que a veces reciben monedas, a veces comida y quizá ocasionalmente un gracias... en un “buen día” pueden obtener hasta 150 pesos.

Ella ayuda a su madre en la venta de diversas y coloridas artesanías, algunas son bordadas, otras cocidas en barro y las más laboriosas son tejidas con palma, paja de trigo o incluso con tule. Desde hace casi tres años está conociendo y aprendiendo sobre la importancia de la tierra, el sol, el agua y el viento, elementos que no solo son esenciales para la vida, sino para su propia cultura, una de las 68 que existen todavía en México, de acuerdo con los datos de las instancias oficiales, y con las que comparten el culto a dioses de diferentes nombres.

Su nombre es hermoso, como su mirada de ojos infantiles y la sonrisa morena que está ahí para quien guste tomarla y devolver el gesto. Zzâna significa “luna” y Ndâhji “viento”, en otomí; “viento de luna”, en español.

A veces es la muñequita que otras manos visten para que ojos ajenos a los de su pueblo puedan determinar si algún implemento es realmente bello, si el color es el deseado, si los abalorios son en el uso tan bellos como en la exhibición sobre la tela. Ella disfruta ayudando a los potenciales compradores y siempre trata de convencerles para que se animen y lleven algo, no importa qué, pero algo, siempre bajo la mirada vigilante de su madre y su hermana mayor.

La familia no está de acuerdo en esperar las migajas que ocasionalmente entregan los que mandan a la gente como ellos. Forman parte de un pueblo lleno de orgullo por su pasado y tradiciones que muchos han venido a conocer y han plasmado en libros y documentales. Son parte de los pueblos originarios de esta tierra que un día fue suya y les fue arrebatada con engaños, en el mejor de los casos. Por eso trabajan cada día, excepto los martes, que es cuando el lugar se mantiene cerrado para dar mantenimiento a la estructura, revisar las medidas de seguridad, limpiar y demás.

Le divierte cuando le preguntan su nombre y ella les responde: “soy Zzâna Ndâhji”. Los demás no saben pronunciar lengua y su madre les tiene que explicar a los otros que no son su pueblo que su nombre es bello porque significa “viento de luna…”

***

Nos gusta recordar. Todas las noches los hacemos porque debemos tener presentes las experiencias de vida para no repetir errores, otros lo hacemos por nostalgia y muy pocos porque sabemos que así mantenemos viva la amistad, el cariño y hasta el sonido de todas las que dejaron de ser cercanas para quedarse junto al alma y cada tanto asomar por los ojos que no son nuestros.

Por eso ellas disfrutan en las noches y hacen de esas horas su mejor espacio. A veces escuchamos un poco de música tradicional y gustamos de leer las historias que otros contaron porque nos lleva al oleaje nocturno de una mar embravecida, al susurro del viento entre las hojas de los árboles y a las llamaradas de fuegos pasados y hogueras que ya no arden ni calientan.

Una de las historias que disfrutamos es la de Nicte Ha, una jovencita que estaba terminando su carrera como enfermera en una de las capitales peninsulares del hermoso sureste mexicano y con quien hubo oportunidad de charlar solo en dos ocasiones. En la primera, después de la obligada presentación, le pregunté qué significaba su nombre. “Sol de agua”, me dijo con rapidez porque ya habían llegado sus padres a buscarle al domicilio de su revisor de tesis.

A los tres días la volví a encontrar. Fue casi al anochecer. Yo salía del mismo inmueble luego de una severa discusión con quien a la postre no se convirtió en mi empleador y ella lo hacía para dirigirse a casa, a unas cuantas cuadras del sitio, sobre el malecón. Sugerí caminar y platicar para conocer más de su pueblo y sus costumbres. Ella no hablaba maya, apenas conocía unas cuantas palabras, pero sí sabía muchas cosas de la historia y la leyenda y las tradiciones de su gente. Ahí me contó la de su nombre.

“En las tierras del Mayab vivía en la ciudad de Nan Chan un príncipe que se llamaba Chacdziedzib que significa ‘Pájaro Carpintero’, quien estaba destinado para casarse con una princesa de tierras lejanas a la que un día conocería; así tenía que ser porque un día él sería rey. Al menos así estaba escrito.

“Pero el príncipe se enamoró de la hermosa Nicté-Ha, que era hija del guardián del Cenote Sagrado. Sus padres ignoraban el amor que se tenían y que se reunían en secreto todas las noches junto al espejo de agua. El príncipe siempre con su túnica roja le cantaba y le leía hermosos poemas y canciones y ambos, así, eran muy felices.

“Un día, el Gran Sacerdote los descubrió y por envidia sentenció que una plebeya jamás se convertirá en reina de Nan Chan y empezó a hacer planes para evitar que los enamorados siguieran juntos.

“El plan del Gran Sacerdote partía de la premisa de que Nicté-Ha debía desaparecer para siempre, pero sin que nadie supiera que él era el responsable. Entonces, la nana del príncipe se dio cuenta de lo que tramaba el sujeto y advirtió a su señor, por lo que Chacdziedzib la envió a buscar a Nicte Ha para que la trajera a palacio y poder hacerla su esposa en secreto. Pero el infortunio quiso que el Gran Sacerdote se entrara y asesinó a la nana, cuya ausencia obligó al joven monarca a salir y traer a Nicte Ha, quien le esperaba como todas las noches sentada junto al cenote.

“Ella se contemplaba en las aguas, que con trabajos y esfuerzos sobrenaturales podían apenas replicar toda su belleza, cuando Chacdziedzib llegó y la vio y la estrechó entre sus brazos. Pero el envidioso sacerdote esperaba en la oscuridad ocultó junto a un espantoso chechen (un árbol venenoso de por aquellas tierras). Preparó su arco con flechas envenenadas y disparó y una de ellas atravesó el corazón de la doncella, quien por el golpe resbaló y cayó dentro del Cenote Sagrado, hundiéndose rápidamente, desapareciendo así de la vista de su amado. Al poco rato solo flotaba en el agua su blanco huipil.

El príncipe lloraba y lanzaba gritos lastimeros:

-¡Oh, Dioses! ¡Por qué permitieron este cruel final para nuestro amor! ¡Tengan piedad de mí! ¡Tengan compasión de este enamorado! ¡No quiero perderla! ¡escúchenme! ¡Quiero estar con mi amada, quiero estar con ella para siempre! Rogaba el joven príncipe entre sollozos desgarradores y elevando sus negros ojos al cielo.

“Y así fue. El blanco huipil se fue convirtiendo en una hermosa y aromática flor y Wayon, el dios de los pájaros, convirtió al príncipe en un pájaro rojo: el pájaro cardenal.

Así es como desde entonces todas las mañanas se puede ver al pájaro cardenal bajar a los cenotes y posarse cerca de los lirios. Dicen que bajo ese aspecto él sigue cantando y recitando poemas de amor a la flor, a la bella flor que flota en el agua, a la hermosa Nicté-Ha, la flor acuática”.

Es una hermosa leyenda, dije a Nicte Ha. Lo es, respondió. Se despidió de mí con un beso en la mejilla y se fue a casa. No la volví a ver porque ella se fue a hacer su internado a un hospital cerca de la frontera con Belice y yo conseguí empleos que me absorbieron completamente hasta mi regreso al centro del país, un año después.

Hemos acordado que Nicte Ha es, fue efectivamente, un sol de agua. Su leyenda es hermosa y la historia de su pueblo, fantástica…

***

Realmente disfruto interactuar con las personas cuando sé que algo aprenderé de ellas o su historia. Por eso es que los primeros sitios a visitar en los nuevos lugares son los mercados, los parques y las plazuelas, espacios en los que trato siempre de hablar con los mayores, porque son quienes tienen la verdad a flor de piel y desean contarla porque a sus herederos de sangre, los que quedan, les apena ser parte de ese pueblo que es nuestra raíz y prefieren mantener oculto su conocimiento de la “lengua” y todas sus tradiciones.

Algunos adultos desconfían porque otros han llegado a decirles palabras de engaño y envolverles con mentiras y promesas que nunca cumplen. Algunos no desean platicar y se burlan de quienes desconocemos la cosmogonía del suyo y otros pueblos como ellos. En esta tierra que ellos conocieron y quisieron antes de que la revolución y su partido enviaran a uno a pedir su voto, ellos ya eran parte de los elementos y del universo. Les utilizan, solo les han utilizado desde hace décadas.

Una vez en casa se analiza la jornada y se tratan de recordar los nombres y las historias, los rostros no cuentan porque son el mismo: el de un México que está oculto la mayor parte del tiempo y que espera la oportunidad de compartir con el otro México, el de los vehículos motorizados y teléfonos móviles y harta verborrea sin sentido.

Ellas dicen que ellos no son “nuestros” indígenas, como pretenden llamarles.

Ellos son mexicanos con un conocimiento invaluable y un idioma cuyos sonidos concatenan estrellas que susurran al tiempo nombres como el de Zzâna Ndâhji y Nicte Ha…

alejandro.evaristo@milenio.com

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