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Sábado , 22.09.2018 / 00:41 Hoy

Pa'no molestar

El “chemo” quita el hambre y el “chupe” el dolor…

Alejandro Evaristo

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Se trata de pegamento, cemento de zapatero, pvc, thíner o gasolina. Cualquiera de esos elementos empapando a discreción un trozo de trapo, estopa o hasta papel, cambia sus propiedades y se convierte en el bien más preciado para algunos: una codiciada “mona”, un buen golpe de “activo”… una oportunidad para salir de aquí.

***

¿Salir? No. La frase también es válida para verbos como evadir, huir, escapar, alejar u olvidar, y estos podrían conjugarse en diversos tiempos alrededor de ciertas personas, lugares y entornos.

Yo solo no quiero recordar que tengo hambre y que el dolor dentro de la panza es exigente y por eso las entrañas se enfrentan cuando caigo en la cuenta de una innegable necesidad de ingerir algo de alimento. No me gusta sentirme así y tampoco me gusta estar solo porque la habitación es demasiado espaciosa y cómoda para mí. Por eso hago un esfuerzo y alcanzo un trozo de pan que recogí ayer no sé dónde y lo llevo a mi boca de labios resecos y lo parto con mi dentadura medio entera y medio muerta para hallar tres mitades que no lo son y dejarlas ahí para cuando lleguen y no me pidan porque no quiero que sepan que también tengo hambre y ellos no tienen pan y sus dientes no son como los míos. Por eso no quiero recordar.

Hay más.

La recámara ya no puede estar vacía porque entonces entra el aire y cuando no hay vida el frío hace de las suyas y sale y entra por los resquicios de ventanas y puertas. Por eso hago tres mitades de pan duro, porque cuando lleguen podré decirles que pasen y se cobijen con cada retazo de tela que encuentren alrededor de esta enorme cama de mullidas sensaciones y vacíos. También hay un poco de agua, pero esa es mala y mejor se la dejamos a las plantas, ellas sí la aprovechan y nos bendicen y nos aman y convierten todo lo que sacamos en el aire que podemos respirar sin riesgo.

¿Sabes? Un día voy a despertar y me voy a encontrar con mis hijos y me preguntarán cosas. Por eso estoy guardando todas las respuestas en este cofre sin cerraduras para no tener que buscar las llaves si las pierdo y poder decirles que ahora sí puedo invitarles un helado y que soy alguien que ha guardado respuestas a fuerza de preguntar siempre por ellas y saber dónde están...

¿Quieres verlas? Asómate, ahí están todas juntas, pero no las uses. No son para ti…

***

En la barra hay un hombre solo. Lleva ahí más de tres cubas y cada una le dura cuatro tragos.

Solo una vez dijo lo que quería al cantinero: “un vaso, tres hielos, ron, agua mineral y un poco de refresco de cola”, después de esas palabras solo le hemos escuchado decir “otra igual”.

Ocasionalmente ve la pantalla de la televisión en lo alto pero no le presta atención, tampoco la música parece generar algún tipo de efecto en él. Juguetea con un lápiz, lo desliza por la superficie de una hoja con sellos y firmas oficiales, garabatea algo imperceptible y luego es el vaso que va de la madera a su boca.

Su mirada se pierde en el eterno de dos espejos que escudriña a conciencia, pero sin real interés. El respaldo del banco contiguo se ha convertido en su guardarropa, literal. Colocó ahí la enorme chamarra negra y junto a ésta el avejentado portafolio de piel. No hay anillos en sus dedos ni collares alrededor de su cuello. Usaba reloj, ahora no lo trae.

Otra igual…

Un vendedor de lotería trata de convencerle para que se quede con el número 5 “no ha caído desde hace tres semanas y media en ninguno de los concursos, jefe; ande, quédeselo, verá que hasta me va a buscar para regalarme algo por haberlo hecho millonario…”.

El hombre ni se inmuta con la ocurrencia. No voltea para ver al vendedor de frente y solo gesticula: no quiere comprar, no quiere hablar, no quiere ser millonario y no le regalará nada. El boletero no se da por vencido aun cuando el cantinero le pide amablemente que deje en paz al hombre que, una vez más, expresa claramente sus deseos: Otra igual…

***

Admiramos y respetamos a los que saben y comparten su conocimiento. A uno de los que soy le cuesta trabajo entender muchas cosas porque nunca tuvo la facilidad por aprender y solo repite incesante lo que lee y escucha, es un replicante pues. Otro disfruta del análisis, del argumento lógico y sustentado y siempre está a la expectativa en torno al “y qué pasaría si…”, frase que por cierto le (nos) ha acarreado enormes conflictos que, por ahora, seguirán ocultos entre el cajón de la experiencia y el archivero del olvido.

Recientemente nos encontramos un cuaderno de notas, de esos que sirven para iniciar algo. En una de las páginas que aun podían leerse estaba un subrayado en rojo sobre una sola palabra encerrada a su vez en tinta negra: “solipsismo”.

Curiosos como somos recurrimos a la computadora y su cada vez más importante conexión global, “para algo debía servir, después de todo”.

El solipsismo consiste en la sorprendente creencia de que todo lo que hay es la propia conciencia y todo aquello a lo que llamamos “la realidad” son contenidos de la propia conciencia. Dado que el resto de seres con conciencia son, desde este punto de vista, contenidos de mi propia conciencia, postular la existencia de estos es un atrevimiento teórico sin fundamento. El solipsismo es un producto de la filosofía moderna, la cual fue iniciada por Descartes.

Descartes y el idealismo epistemológico. Un buen día Descartes escribió que nuestro conocimiento era conocimiento de ideas. Y así nació el idealismo epistemológico. Resulta que cuando que mi conocimiento acerca de la forma, tamaño y color de mi ordenador, no es, en realidad, conocimiento de mi ordenador, sino de la idea de mi ordenador, la cual se ha formado en mi conciencia a partir de lo que percibo. Así que el contenido de mi conocimiento son las ideas de mi conciencia.

Entonces ¿mi entorno “existe” a partir de mi experiencia con mis propias ideas e imágenes formadas a partir de mi propia imaginación?

- No, no es imaginación, es conciencia.

- ¿Cómo puedo tener conciencia sobre algo que desconozco?

- Es solo una corriente filosófica, master, no te claves…

- ¿Cómo puedo hablar contigo o conmigo de algo que desconocemos?

- Yo que sé, pregúntale a un filósofo…

- ¿Y cómo hago para tener conciencia de un filósofo?

***

“Los inhalantes son sustancias químicas tóxicas y volátiles, se usan inhalados por la nariz o aspirados por la boca y afecta la salud mental y física. Existen más de mil artículos comerciales disponibles en tiendas, ferreterías, supermercados y farmacias. Los niños y jóvenes abusan de estas sustancias en parte por la facilidad de obtenerlas, ya que se utilizan comúnmente en el hogar, la escuela y el trabajo. Su uso crónico representa uno de los más grandes problemas de adicción en nuestro país”.

Esa, en resumen, es la explicación hallada en línea sobre los diferentes productos que “ponen”.

¿Será?

En lo particular, hay algunos aromas que me resultan francamente asquerosos y otros que podría oler durante horas, como el del barniz para uñas. Realmente es riquísimo, aunque no sé si hacerlo podría generar algún tipo de dependencia. Por eso no uso ningún trapo, ni estopa ni papel ni nada que me permita manipularlo libremente. Aunque tuve que comprar uno de color negro que no usaré para pintarme las uñas porque no me gusta maquillar nada de mi cuerpo.

Está junto a la máquina que me permite lanzar ideas, juntar palabras y tumbar teclas. El sello intacto espera desde hace algunos meses que tome una decisión y por fin confirme que tengo la fuerza de voluntad suficiente como para oler ocasionalmente un poco de ese hermoso color negro que llama y atrae.

¿Y si no puedo?, ¿y si me decido y lo abro y lo huelo y me doy cuenta de que realmente quiero alcanzar un estado especial a partir de uno de mis sentidos más amados?, ¿y si mejor me sirvo otra cuba otra vez y me quedo con las ganas de averiguar y saber?

***

No puedo estar más ebrio. Apenas puedo caminar y no quiero rodear toda esta última manzana para llegar a casa, así que saco un poco de fuerzas de mis embotados sentidos y me armo de valor y decido atravesar el callejón, total, ¿quién se atrevería a hacerme algo a las 12 del día frente a toda esta gente?

Un paso primero y un paso después. Hay que repetir la operación lentamente y mantener las manos atentas por si hay necesidad de evitar que el suelo dañe este rostro envejecido de horas y horas de pretextos para seguir bebiendo.

Je, prefiero cuidarme de objetos inanimados y despreocuparme de los vivos, como todos esos muchachos metidos en cajas de cartón que llaman casas, ahí no cabemos todos, además, ¿para qué me invitan? Yo ni le hago a su cochino vicio.

Pobrecitos, prefieren ponerse todos locos con la porquería esa…

alejandro.evaristo@milenio.com

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