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Miércoles , 26.09.2018 / 08:05 Hoy

Pa'no molestar

¿Cuál es la mejor época para morir?

Alejandro Evaristo

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Los diarios se han acumulado en esa habitación. Una pila aquí y otra allá. Podría decirse que están a disposición de quienes gustan y disfrutan engaño y olvido. Empolvados. En algunos casos el papel ha adquirido un tono amarillento muy similar a los de algunas de sus primeras notas y fotografías.

Como puede logra acercarse. Ya no le interesan porque en su momento los leyó y hoy son solo hojas mugrientas llenas de mentiras con promesas y candidatos falsos, discursos de políticos ajenos a la verdad y fotografías para el recuerdo de unos que fueron antes algo y hoy siguen siendo pero con otros nombres, características y apelativos: en libertad, amparados o escondidos, todos son similares cuando se les aprieta la cola. Chillan. Desde siempre han sido unas malditas ratas chillonas.

Toma alguno. Deshace las páginas que una máquina empató en el pasado. Las dobla y rasga por la mitad en al menos tres ocasiones y las va colocando una sobre otra. No se da cuenta, pero es una edición de 1981.

Destrozó la mitad al rostro del héroe. Un mexicano amado por los norteamericanos en octubre de ese año. En cuatro series, Fernando Valenzuela había concretado la hombrada de vencer a los favoritos de la serie mundial. La huelga había quedado atrás y el sonorense se alzaba con el que quizá fue el triunfo más importante en su carrera al aplastar a los eternos y odiados yankees. Los Ángeles prevaleció sobre Nueva York como había sucedido en 1963 y el compatriota fue nombrado novato del año.

Otro de los pedazos daba cuenta de la posibilidad de que el premio Nobel de Literatura se entregara (como finalmente sucedió el 10 de diciembre de ese año) a Elías Canetti, cuyos escritos “estaban marcados por una visión amplia, una gran cantidad de ideas y una fuerza artística”. En otro párrafo de ese mismo recorte se informaba que el premio Príncipe de Asturias a la Cooperación Internacional era para el flamante presidente mexicano José Guillermo Abel López Portillo y Pacheco. Qué curioso, el premio -decían-, se entregaba “a la persona, personas o institución cuya labor haya contribuido de forma ejemplar y relevante al mutuo conocimiento, al progreso o a la fraternidad entre los pueblos”.

El último pedazo de hoja cortado se convirtió, literalmente, en el primero del montón…

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Anda despacio. El alcoholismo de años le ha pasado la factura: ha perdido casi en su totalidad la capacidad de concentración y ni hablar del autocontrol; ha aprendido a “vivir” con un constante, permanente y molesto dolor de cabeza, ocasionales náuseas y vómitos y, por supuesto, su aparato digestivo está en las peores condiciones; suda ante el menor impulso y enfrenta algo así como arritmias cardíacas. Sus relaciones interpersonales y familiares son casi un recuerdo y su vida sexual se ha reducido a nada.

A veces tiene sus temporadas de lucidez y busca a su antiguo mejor amigo, hoy convertido en benefactor. Le ayuda lavando sus autos, llevando y trayendo papeles y realizando toda suerte de encargos a cambio de algo, comida, ropa, dinero, lo que fuese.

Qué buena decisión haber ayudado al joven aquella noche en la fiesta de los alumnos de preparatoria recién egresados. Aunque no sabía bien a bien por qué se había involucrado, el gesto le redituaba ahora a pesar de todo. Ni uno ni otro recordaban y aquel no podía dejar de ayudarle, aunque ignoraba si era mera gratitud o lástima. No importa.

A veces le encuentra afuera y fuman. No son sus cigarros, pero más tarde la cajetilla sin terminar quedará en su poder (como siempre) y entonces regresará al cuarto y preparará un poco del café que él también le regaló hace días. No le entiende cuando platica. Le habla de números y cuentas y firmas y proyectos de bancos ubicados en quién sabe dónde. No pregunta, a la larga no entendería de todos modos. Solo escucha y espera nuevas indicaciones para otro día.

“Renta” un cuarto en una vecindad que no sabe si es propiedad del amigo. Está cerca de la terminal de autobuses porque juraba y perjuraba que el día que estuviera “curado” saldría derechito a la capital para tratar de rehacer algo, lo que sea. Lo cierto es que esa habitación era la bodega de alguien y ahí le permitían tener sus cosas: algo de ropa, una parrilla vieja, algunos implementos de cocina y un colchón manchado de vicios, olvido y soledad…

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¿Cuál es la mejor época para morir? Algunos dirán que el otoño acumula tristezas del mismo color de las penas, suyas y nuestras, por eso es la mejor temporada. La vegetación desecha el vestido verde y también los colores que la primavera y el verano portaron orgullosos por algunos meses: caen, enturbian caminos y sendas y diques y campos con tonalidades más que dispuestas a las sombras.

Otros dicen que no se trata de temporalidades, sino de horas. Por eso sugieren el anochecer y al amparo de susurros de vida. Nadie debe enterarse, nadie debe saber. Después de todo es así: la falta de valor no debe ser reconocida por ojos ajenos, ni minimizada por quienes creen saber y tener las respuestas de todas las preguntas aún sin plantear. Es la decisión personal más importante y no merece la pena compartirla.

Lo ha pensado. Lo pensamos. Creemos que lo mejor sería una noche fría de luna creciente, casi al amanecer y en algún sitio fuera de este alcance y sus manos. Apenas un poco de luz, la suficiente para descubrir la clase de basura en que nos hemos convertido y confirmar que el destino es una gran mentira; sin oportunidad para atisbar un grado ínfimo de reflexión y con las puertas abiertas a la mentalidad enloquecida de todos los que somos y habitamos aquí. Apenas de madrugada para dejar al rocío descubrir los pies desnudos y lavar los hongos en las uñas y humedecer los ojos secos y limpiar el nombre de la piel y los errores del alma. Apenas sin alguien y con la seguridad de poder trascender sin gritos, llantos y reflexiones a propósito de todo alrededor nuestro.

No falta el creativo que opina sin solicitud mediante: “el deceso debe ser entre las 9 y 11 de la mañana en un sitio a oscuras para que la luz del sol no lastime las pupilas y el arrepentimiento se pierda en algún rincón lejos de la necedad. Así uno asegura la posibilidad al cuerpo y su posterior descubrimiento, disposición y entrega. Es sencillo y no hay mucho por pensar”.

Increíble. El momento crucial para la vida es un dije que cuelga en el collar de un perro abandonado…

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Despierta. El dolor es indescriptible en el pecho y no es mejor al interior de la cabeza, justo aquí. Hay una sequedad nauseabunda en la boca, la garganta arde y duele por el esfuerzo de la noche pasada. Los ojos no terminan de acoplarse y los sonidos desgarran despacio y tallan los huesos desde el interior del cráneo.

Los músculos no funcionan correctamente. Están debilitados, aturdidos.

Las bolsas están más vacías que nunca y la conciencia ha desaparecido.

Apenas puede incorporarse. Nada tienen que ver los 29, casi 30 kilómetros por segundo en que avanza el planeta describiendo una elipse alrededor del sol; nada tiene que ver tampoco la fuerza de gravedad y su imponente control sobre nuestro cuerpo y mucho menos la presencia de la luna a poco más de 384 mil kilómetros de distancia de la tierra.

La culpa de tal condición fue la ingesta de bebidas “espirituosas” y así lo explican los que saben: “al principio, el alcohol produce una ligera estimulación y cierta sensación de euforia, alivia la tensión y produce cierta desinhibición. Este efecto ocurre solamente con niveles bajos de alcohol. Si sigues bebiendo, empiezan a aparecer sus efectos depresores. Afecta el centro de equilibrio del cerebro, por lo que tienes problemas de coordinación”.

A estas alturas del auto-reconocimiento, es evidente la incapacidad de hacer, decir o pensar cualquier cosa. Solo sabe que tiene que beber lo mismo de su última ingesta porque “así se regularizan las funciones corporales”.

La estúpida frase no solo ha sido su gran mentira, también el mejor pretexto para continuar y buscar un vaso y un trago y hielos y seguir y seguir...

***

Hace frío. Son las 4 de la mañana y sobre la mesa un cuchillo. Empieza a temblar, aunque no sabe si es a consecuencia de las bajas temperaturas, la ansiedad, o la necesidad de más. No reconoce la chamarra en la silla y se arrastra como puede hasta la otra habitación, ahí donde guarda todos los papeles que ha cortado.

Atraviesa el colchón y avienta las cobijas porque tiene frío y necesita cubrirse con algo. En su estado recuerda el papel. Estira la mano y empieza a coger hojas que con desesperación empieza a colocar entre el sudor de la piel y la delgadez de su ropa. Cubre el pecho, las piernas, el abdomen y como puede va acercando el material y metiéndolo en la espalda.

Cuando hallaron el cuerpo, tenía en sus manos un recorte de periódico. Un artículo sobre el alcoholismo y sus riesgos…

Ansiedad, irritabilidad, temblores, pesadillas, frecuencia cardiaca alta y pupilas agrandadas son algunos de los síntomas que puede presentar… Si los niveles de alcohol siguen aumentando, puedes entrar en estado de estupor y perder la conciencia. Durante esta pérdida de conciencia los patrones de sueño se ven alterados. Se produce un riesgo de coma inducido por el alcohol, con depresión de las funciones vitales, como la respiración, lo cual puede llegar a producir la muerte…

alejandro.evaristo@milenio.com

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