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Miércoles , 19.09.2018 / 10:24 Hoy

Pa'no molestar

Al rescate de la tradición textil

Alejandro Evaristo

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Marcelina Mendoza Castro es madre de tres hijos y tuvo que enfrentarse al reto de educarles, mantenerles y proporcionales todo aquello necesario para su desarrollo. Decidió que lo suyo era lo relacionado al ramo textil y se decidió entonces a aprender primero corte y confección después sastrería, bordados y, con el tiempo, se inclinó un poco más por la vestimenta étnica, así que aprendió también el arte de la elaboración de tintes naturales y las técnicas de bordado mazahua.

Con el conocimiento y la experiencia que poco a poco iban adquiriendo, Marcelina e Iraid, una de sus hijas, decidieron montar una pequeña empresa dedicada a compartir las técnicas tradicionales en la elaboración de vestimentas indígenas y, por supuesto, comercializarlas. Así nació Prendarte, una marca debidamente registrada y que incluso cuenta ya con el permiso de uso del logotipo “Hecho en México”.

Las prendas que elaboran son un poco más estilizadas que las tradicionales, pero en todas utilizan las técnicas de elaboración de antes, como telar de cintura, telar de pedal, tintes naturales y los bordados de cada región. Lo interesante del asunto es que, a pesar de ser originarias y elaborar sus productos en el Estado de México, hacen prendas con las técnicas originales de entidades como el “punto de cruz” y algunos tipos de bordado que son usados por otras etnias y en entidades como Michoacán, Guerrero y Oaxaca.

“Los tintes naturales también son usados en otras partes de la República, ya no se ven tanto, por el costo y tiempo que implica el teñir una prenda”, comenta Iraid, quien recuerda que ese curso en particular lo tomó su mamá en un poblado del territorio mexiquense denominado San Felipe Santiago Villa de Allende, pero no fue impartido por alguna mujer mazahua, sino por una japonesa, la maestra Yoshiko Shirata Katto, quien fue enviada al parecer por el Museo Nacional de Antropología e Historia para capacitarles porque es especialista en Química y conoce bien el proceso.

Las señoras de la región, agrega, tenían la leve noción de cómo se hacían los tintes naturales, pero que con el tiempo ya se había perdido ese conocimiento “y aparte no sabían cómo fijarlo al 100 en sus prendas, más en los ruedos de sus enaguas que, si te fijas, a veces las traen corridas del color rojo por no poder fijar bien el tinte de grana cochinilla”. Ella, la maestra japonesa, conocía bien el proceso sobre cómo fijar el tinte al material de lana.

En Prendarte producen un vestido o conjunto o alguna prenda única cada mes. Todo el proceso, como se ha mencionado ya, es artesanal, al igual que sucede con chales, blusones, y otro tipo de tejidos más sencillos, como los tradicionales “quezquemeles” para niñas cuyos costos oscilan entre 50 y 180 pesos y tardan en elaborar alrededor de tres días; los chales de entre 150 a 200 pesos; blusones o huipiles largos y cortos desde 200 a 700 pesos.

Las amigas de Prendarte han expuesto su trabajo en diversas ferias artesanales y en otros puntos del país como Saltillo, Colima, Monterrey, San Luis Potosí, Mérida, Guadalajara y el Distrito Federal gracias al apoyo recibido especialmente del Fondo Nacional para el Fomento de las Artesanías (Fonart) con hospedaje y a veces incluso con alimentos y, en menor medida, el gobierno del Estado de México.

Marcelina Mendoza Castro e Iraid Valdés Mendoza, no desestiman la posibilidad de compartir su trabajo con los amigos de otras latitudes del país, Hidalgo por ejemplo, y por ello ponen a su disposición el correo electrónico viraid@hotmail.com para establecer contacto y concretar incluso acuerdos comerciales.

Solo es un rastro de sangre…

Esa mañana te decidiste por el pantalón de mezclilla, el blusón blanco con rayas azul marino, una coleta hecha con rapidez, pero coquetona, unos tines blancos y las zapatillas de piso que todos confundíamos con zapatos deportivos, aunque no lo eran.

Ya habían pasado seis horas. Viajas con la mirada extraviada a través de la ventanilla del transporte público sin ver u oir nada en particular. Tus ojos están enrojecidos y tu postura indica una severa condición de vulnerabilidad que atrae de inmediato la atención del hombre que, inexplicablemente, ha decidido viajar de pie.

Ocasionalmente observa tu comportamiento y me percato de ello. No hay nada más terrorífico que observar a un depredador disponiendo la caza y acechando a su posible presa. Es un espectáculo sobrecogedor. Se mimetizan con el ambiente y hacen todo y de todo para pasar desapercibidos.

Uno sobre el otro, tus pies buscan la protección que no hallan tus piernas. Tu mano ocasionalmente acomoda el cabello que no ha quedado atrapado entre tu frente y el cristal de la ventana y, por ratos, impide también que las lágrimas recorran el resto de las mejillas.

El sujeto te observa con detenimiento y, mientras lo hace, ha logrado sacar algo de su pantalón que luego colocó en uno de los bolsillos laterales del saco. El transporte hace la parada reglamentaria y, pese a ser evidente que es ahí donde precisamente debe descender, camina hacia la parte trasera del vehículo y se acomoda de tal forma que a su alcance quedan la coleta y el tirante de tu sostén apenas disimulado por la tela. Observa a todos a su alrededor y se asegura que nadie se percate de la pequeña botella de vidrio que, una vez fuera del bolsillo interior, manipula ágilmente con una mano mientras la otra extrae el pañuelo. Una última supervisión para corroborar la seguridad del hecho y el líquido es absorbido con rapidez.

Te apresuras. Tomas la chamarra y caminas hacia la puerta para descender en la próxima parada. Él te observa y en un gesto de buena voluntad recoge la chalina que olvidaste en el asiento. Luego de aspirar el aroma de tu dolor la acerca a ti y justo cuando iba a tocar tu hombro lo sorprendiste. Recibes la prenda y recompensas el gesto con una sonrisa forzada.

Empiezas a caminar y, luego de la señora con el niño en brazos, el oficinista del portafolios roto y la pareja de jóvenes estudiantes, el tipo desciende finalmente y avanza hacia ti con paso decidido. El alumbrado público es insuficiente para mostrar la decepción, el desamor y el llanto que cabalga en el rostro eludiendo viento y asimilando lluvia. Se beben, se confunden, se conjugan en esos extraños verbos que nadie disfruta conjugar.

Avanzas sin prisa. No te preocupa que, por la humedad, el pantalón de mezclilla se ciña aún más a esas hermosas piernas; ni que los senos y los pezones erguidos ganen la batalla al blusón y, mucho menos que la chamarra continúe en tus manos sin mayor uso que el de estar ahí, en tus manos.

No hay sonido de pasos, no hay sombras, no hay prisa. Él sabe que estás tan sola como este tramo de la avenida. Saca la tela del bolsillo, la acomoda perfecto en la palma de la mano y acelera el caminar. Una sonrisa de triunfo empieza a dibujarse en el rostro cuando observa que te derrumbas ante el sentimiento y apenas permaneces en pie gracias a una pared y un poste...

El depredador está listo. Se ha decidido. Deja de parpadear y ha ubicado el olor de la presa. Le rodea, le ausculta a la distancia y determina los posibles peligros a enfrentar. Se acerca. Su respiración es imperceptible incluso para él y gracias a la lluvia no debe cuidar el ruido de su avance. Todo está a punto... ella no se ha dado cuenta. Él salta y le atrapa, le desgarra, le arrebata esa maldita vida… la bebe, la traga.

Quiere dejar de llorar y no puede hacerlo. Se siente herida, lastimada… manipulada. Apenas puede respirar y se detiene ante la posibilidad de un grito. Poco a poco recupera el control de su cuerpo y la compostura. Me observa sin miedo. Le pregunto si se encuentra bien, si puedo ayudarle en algo. Me reconoce y recuerda la vecindad. Ella en el edificio de departamentos y yo en la casa del portón negro. Apenas dos cuadras nos separan. Pregunta mi nombre. Se decide. No desea estar sola y me pide que le acompañe a comprar un café.

Caminamos juntos. Compramos el café y nos sentamos en la banca de la parada del camión. Habla del amor que le tenía a su pareja, de cómo deseaba que vivieran juntos y de lo afortunada que fue al darse cuenta: solo era utilizada y una de sus compañeras en el trabajo era el verdadero objetivo de Juan, el mesero enamorado de ella y de la otra y de la otra también.

Empieza a llorar nuevamente y derrama el café sobre los zapatos deportivos que no lo son. Le ofrezco un pañuelo para que los limpie, no le sorprende el ocre que desprende, pero sí el olor que emana del pedazo de tela.

Nunca preguntó por la sangre que manchaba mi camisa…

La recomendación

Había leído sobre las pizzas del Perro Negro y algunos incluso me las habían recomendado. Tuve la oportunidad de visitar la sucursal que se encuentra en la colonia Roma, en el Distrito Federal y, créame, valió la pena. El servicio es excelente, la comida buenísima y el ambiente es tantito más que agradable. La presentación de sus platillos es única y bastante original, las cervezas de la casa son inmejorables y el sazón es exquisito. Sin mayor problema le recomiendo que visite el sitio y pruebe la “caníbal” y, especialmente, la “ranchera”… regresaré. Seguro…

EMPATÍA

La habilidad de ser algo que no quieres descubrir…

@aldoalejandro

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