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Viernes , 21.09.2018 / 19:25 Hoy

Sin ataduras

Viaje de un incunable mexicano

Agustín Gutiérrez Canet

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Hace unos días tuve en mis manos un ejemplar de los primeros libros impresos en México, incunable del siglo XVI conservado en la Biblioteca Casanatense, en Roma.

La portada muestra una xilografía a página entera del escudo del arzobispo Alonso de Montúfar, dominico, quien ordenó la publicación de esta obra intitulada Constituciones del arzobispado y provincia de la muy insigne y muy leal ciudad de Tenuxtitlan México de la Nueva España.

El libro salió a la luz en 1556 por el célebre impresor Juan Pablos, nombre españolizado de Giovanni Paoli, nacido en Brescia, Lombardía.

El valioso volúmen proviene del lugar donde está la Casa de la Primera Imprenta en América, situada en la calle de Moneda esquina con Lic. Primo Verdad, a un costado de Palacio Nacional, y a una cuadra de la Catedral Metropolitana de la Ciudad de México.

Después de 462 años, el libro se conserva en la Biblioteca Casanatense, llamada así en honor del cardenal Girolamo Casanate, quien en 1701 donó su acervo bibliográfico a los dominicos del convento de Santa María sopra Minerva de Roma.

Observo que este volumen se encuentra en perfectas condiciones, a excepción del faltante colofón original, sustituido con una copia, que dice:

“Al loor y servicio de Dios mandó el muy ilustre y reverendísimo señor don Fray Alonso de Montúfar, arzobispo de esta dicha santa iglesia de México, imprimir estas Constituciones sinodales, las cuales fueron acabadas e imprimidas por Juan Pablos, lombardo, primer impresor en esta grande, insigne y muy leal ciudad de México, a diez días de febrero, año de la encarnación de nuestro señor Jesucristo de 1556 años”.

Montúfar incorporó a su escudo un nopal con tunas, abierto en dos ramas, colocado al pie del blasón, para denotar el lugar de la antigua Tenochtitlán, imagen tomada del Códice Mendoza, tal como hoy se representa en el escudo nacional.

Leo la divisa del obispo, en latín, que dice “pro xpo legatione fungimur” (tanquam Deo exhortante per nos), adagio que luego averigüé, proviene del libro sagrado II Corintios 5, 20: “Somos, nosotros embajadores de Cristo”, (ya que es Dios quien os exhorta por medio de nosotros).

Así, como embajador de Cristo en la antigua Tenochtitlán, se consideraba el arzobispo dominico, sucesor de Juan de Zumárraga, con el fin de convertir a los indígenas.

En 1555, Montúfar convocó al primer sínodo al que asistieron los cuatro obispos que había: Martín Sarmiento de Hojacastro, de Tlaxcala; Tomás de Casillas, de Chiapas; Vasco de Quiroga, de Michoacán; y Juan López de Zárate, de Antequera (Oaxaca), quien murió antes de concluir la junta.

Como resultado del sínodo, se aprobaron las Constituciones, compuestas por 93 capítulos.

Contiene instrucciones sobre la enseñanza de la doctrina cristiana, la administración de los sacramentos, el respeto a la jurisdicción episcopal, así como la implantación de normas para la formación de los sacerdotes.

Por ejemplo, en el capítulo primero, denominado “De la doctrina cristiana y de lo que deben saber los cristianos”, se ordena entre otras cosas:

“…Otrosí porque tenemos entendido, que en este nuestro arzobispado y provincia, se casan muchas personas, siendo de tierna edad, ejercitándose primero en las cosas de la carne, antes que entiendan y sepan las cosas del espíritu, mandamos que ningún cura ni religioso ni otro clérigo despose ni vele a ninguno, ya sean indios o ya sean españoles, sin que primero sean certificados de cómo saben el Pater Noster, Ave María, Credo, Salve Regina, artículos de la fe, y mandamientos de la iglesia y de la ley divina, so pena de tres pesos de minas aplicados para la iglesia y hospital y denunciados por partes iguales”.

Leer y comentar un libro del siglo XVI como el de las Constituciones, impreso con tipo gótico cursivo, requiere amplios conocimientos no solo de paleografía, semántica y heráldica, sino también de historia, política y religión.

Es necesario no solo conocer abreviaturas por apócope y síncopa, así como letras sobrepuestas y enlazadas, sino también saber sobre asuntos eclesiásticos, cultura indígena, monarquía y el nacimiento de la sociedad novohispana, raíces del México contemporáneo.

Esta joya de la bibliografía mexicana, al parecer no existe en la Biblioteca Nacional de México, pues no se menciona en la Colección de Obras Raras y Curiosas, de la UNAM.

Propongo la realización de una exposición de los primeros incunables mexicanos del siglo XVI, que se encuentran custodiados en diversas bibliotecas de México, Europa y Estados Unidos, y que se exhiban por primera vez en su lugar de origen, en la Casa de la Primera Imprenta de América, a cargo de la UAM.

Posdata

Agradezco a la doctora María del Carmen Durán Domínguez, profesora de la Facultad de Química de la UNAM, sus comentarios a mi anterior columna “Exigimos elecciones limpias”. Al respecto, la académica propone dos acciones, que apoyamos, para generar confianza:

1. Exigir al INE la transparencia de las páginas web y la trayectoria de los webmasters a través de la supervisión del sistema de cómputo durante todo el proceso electoral.

2. Conformar un grupo plural de ingenieros cibernéticos que supervisen la transparencia, provenientes de diversas instituciones como el IPN, la UNAM y la UAM.

@AGutierrezCanet

gutierrez.canet@milenio.com

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