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Jueves , 21.06.2018 / 02:01 Hoy

Sin ataduras

Mi amigo René Avilés Fabila

Agustín Gutiérrez Canet

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En 1973 conocí al escritor René Avilés Fabila, gracias al reportero Marco Aurelio Carballo, entonces compañero del diario Excélsior, quien nos invitó a comer a un restaurante de Polanco, en la Ciudad de México.

René era famoso novelista, coetáneo de José Agustín y de Parménides García Saldaña. Yo había leído su obra El gran solitario de Palacio.

Desde entonces, René me impresionó por su vitalidad, sentido del humor y fina ironía. Conversar con él era un gozo, alegre, inteligente y culto.

En los últimos años René y yo estrechamos la amistad, unidos por convicciones, a pesar de divergencias políticas. Pero ambos coincidimos en que la amistad está por encima de la política. Y ser amigo de René fue un privilegio.

Creímos en un México más justo, sin tanta pobreza de muchos, ni con tanta riqueza de pocos.

Venimos de una generación, la del 68, que fue muy idealista. Con angustia, ahora vemos al país ir por derroteros de corrupción y violencia que antes no hubiéramos imaginado. Sentimos hoy que el futuro de México es incierto.

Mi amistad con René perduró 43 años, hasta un día antes de su muerte, cuando charlamos y comimos, junto con su esposa, Rosario Casco, y con nuestro amigo Javier Esteinou. Lo vi jovial y de buen aspecto. Conversamos de política, literatura y diplomacia.

Hablamos sobre el proyecto del Museo del Escritor, iniciativa que tanto apasionó a René, y que tanto lo frustró por la apatía del gobierno federal. Sugerí encontrar algún mecenas ilustrado, alguna fundación cultural, que auspicie una sede adecuada para alojar la rica colección de libros autografiados, plumas, máquinas de escribir, medallas y demás objetos pertenecientes a notables escritores mexicanos y latinoamericanos.

Desde esta columna enviamos la atenta invitación a la nueva Secretaría de Cultura, sensible al proyecto, a sofisticados empresarios y a fundaciones culturales, a patrocinar un recinto digno de tal acervo literario. Éste sería el mejor reconocimiento a los hombres de letras y el mejor homenaje póstumo al novelista.

Al día siguiente de la comida, Rosario, devastada pero con entereza, me llamó temprano por la mañana para darme la fatal noticia. Le di mis sentidas condolencias. No lo podíamos creer. René había sufrido un infarto fulminante cuando se encontraba en la sauna de su casa.

Mujer de convicciones y lealtades, Rosario siempre estuvo al lado de René. Desde jóvenes, en las filas de la izquierda, hasta adultos, en la dirección de la revista El Búho y en la Fundación René Avilés Fabila.

El notable escritor, homenajeado en vida por el INBA y por varias universidades del país, estudió la carrera de relaciones internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.

Si bien el escritor nunca fue miembro del Servicio Exterior Mexicano, tuvo atractivas oportunidades para representar a México. De sólida preparación universitaria, poseía las cualidades personales del buen diplomático, educado, afable, hablaba francés e inglés, e incluso tenía el refinado gusto del buen vestir.

Era disciplinado y sociable, serio en sus juicios, sin dejar de ser simpático, el escritor hubiera sido un excelente diplomático. Además, René acostumbraba la puntualidad, considerada en México como una virtud menor, incluso despreciada, pero práctica obligada en la diplomacia.

Si bien nuestro país ha perdido a un talentoso escritor, orgullo de las letras nacionales, estoy convencido de que René hubiera sido también un estupendo embajador de México.

A sus 79 años, René seguía siendo infatigable, jovial, inteligente. No cabe duda que René Avilés Fabila supo vivir la vida intensamente, hasta el último día. Descanse en paz.

Posdata

Deseo expresar mi solidaridad al Ejército mexicano con motivo del cobarde atentado sufrido recientemente en Sinaloa por un grupo de militares.

Ante estos execrables hechos, no se debe regatear el reconocimiento a las fuerzas armadas, de tierra, mar y aire. No tiene la culpa toda una institución por algunos elementos corruptos o violadores de derechos humanos, quienes deben ser castigados conforme a la ley.

El Ejército no hace más que suplir, se supone de manera temporal, la responsabilidad de los civiles, incapaces de afrontar eficazmente el problema, desde Felipe Calderón hasta Enrique Peña Nieto. Urge al gobierno federal asumir su responsabilidad de entrenar y mejorar la capacidad de las fuerzas policiacas y regresar al Ejército a los cuarteles.

También es hora de que el Congreso apruebe una ley que dé certeza jurídica a la participación del Ejército en el combate al narcotráfico y al crimen organizado para no dejar desprotegidos a los soldados, infantes de Marina y pilotos aéreos. México está en deuda con los militares honestos y profesionales.

@AGutierrezCanet

gutierrez.canet@milenio.com

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