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Columna de Adrián Herrera

Vitaminas

Adrián Herrera

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El otro día fui al súper. Deambulando tontamente por los pasillos fui asaltado por una señorita vestida con uniforme seudoclínico –con su nombre membretado– y con una sonrisa de ortodoncista me ofrece un frasco con vitaminas. Ya me explica las ventajas del producto: –Se va usted a sentir muy bien–, declara. Pasa después a enumerar una serie de beneficios y cambios que voy a experimentar (en caso de iniciar el tratamiento, claro está), y su intoxicante –pero sospechosa– sonrisa refleja la blancura fluorescente de las lámparas que iluminan la sección de farmacia.

Bien, no hay problema: le creo todo lo que me ha dicho. Pero me gustaría hacerle unas preguntas: –¿Cree usted que sufro de avitaminosis? De seguro habrá notado algún signo, de otra manera no me hubiera ofrecido el tratamiento. Y no se altere por lo que le voy a decir, pero quiero suponer que conoce bien mi historia clínica, pero ¿sabe?, yo no vine aquí a consultar. Pasé por esta sección porque me queda de pasada hacia las cajas, y usted me detuvo –insisto en que algo sospechoso vio usted en mí– y me ofreció ese frasco con vitaminas. Permítame seguir con mi discurso, no me interrumpa; usted ya dijo lo suficiente (y quizá demasiado) y yo apenas estoy empezando.

Como le decía, no estoy enfermo. Me checo regularmente y mi médico –un internista– no está preocupado. Y en cuestiones nutricionales no presento ningún padecimiento. Porque, me permito informarle algo que le va a sorprender; en tanto que no soy nutriólogo me considero un tipo de especialista en el tema: resulta que soy cocinero. Ah sí. Y como tal debe usted saber que mi alimentación no solo cumple con los requisitos nutrimentales mínimos requeridos para una persona de mi edad, sino que los excede. Exacto: hay excesos. Dígame dónde no los hay. Podrá usted advertir que tengo un ligero sobrepeso, pero nada que no pueda ser corregido con una dieta adecuada y ejercicio.

Asimismo supongo que ya se habrá dado cuenta que el tema de las vitaminas no está indicado en este cuadro, bajo ninguna óptica. Entonces, hay que resumir esta incómoda situación en las que estamos metidos; yo no necesito vitaminas y usted no es ni médico ni especialista en el tema: es una vendedora. Por tanto, no está capacitada para determinar quién necesita vitaminas. Su trabajo consiste en vender vitaminas no bajo el argumento de que son necesarias, y eso porque nuestra dieta, cuando correcta, no lo requiere, sino porque se trata de un producto como cualquier otro y hay que venderlo a como dé lugar, punto.

Quiero que se dé cuenta de que usted vende algo solo por el afán de venderlo, no porque sea realmente necesario. No; no estoy esperando que termine experimentando una epifanía, una revelación o iluminación. Entiendo que lo hace porque, para usted, es solo un trabajo más y probablemente lo necesita. No tengo problema con eso. Dirá usted que no importa lo que se venda mientras sea legal, pero le informo que bajo ese argumento se venden sustancias como tabaco y alcohol que resultan ser altamente adictivas, y si se consumen por encima de ciertas cantidades y de manera constante son mortales y logran efectivamente destruir a las personas.

Mire, estamos siendo bombardeados por la publicidad. Ella nos indoctrina y nos dice un día que debemos comprar analgésicos porque nos va a doler algo, lo que sea. Otro día se le ocurre que no estamos lo suficientemente bien alimentados y se inventa esto de las vitaminas y los suplementos alimenticios, y después brinca a esta otra idea de que somos personas desganadas y sin motivación, y desarrolla bebidas energéticas, libros de autoayuda y superación, ejercicios yogísticos para acercarnos a nuestro lado espiritual y conectarnos con la energía cósmica y la madre Tierra y por último se da cuenta que puede crear ¡lo que sea!

Por eso no quiero sus pinches vitaminas, porque ni estoy enfermo, ni desganado, ni deprimido, confundido, alienado, ansioso, ni loco. Llévese su fantástica panacea a otro lado e intente convencer a otros de sus propiedades y efectos ilusorios. Yo no quiero que se sienta mal, nada de eso. Creo que todo esto empezó hace siglos y cada vez lo hacemos mejor. Me recuerda a esos vendedores ambulantes del Viejo Oeste, que iban de pueblo en pueblo con su vagón repleto de remedios, ungüentos, jarabes, extractos y pastillas. Y eran buenos actores, porque de médicos o farmacéuticos no tenían nada y lo que le sigue. Ofrecían remedios –que no funcionaban más que como placebos– para curar enfermedades inexistentes.

Sí: seguimos con la misma línea; la charlatanería de vender soluciones a problemas ficticios para crear el deseo de ser sanados. Algo así como lo que hace la religión, sin más. Y ni para qué mencionar a la homeopatía, uno de los grandes engaños de nuestra época. En fin, he dicho lo que tenía que decir. Siga usted con sus cápsulas y yo seguiré con mis rabietas, enojos y remedios fantásticos. También le sugiero que recomiende a sus clientes insertar sus vitaminas por vía anorrectal. Se absorben más rápido.

chefherrera@gmail.com

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