• Regístrate
Estás leyendo: Vecinos
Comparte esta noticia

Columna de Adrián Herrera

Vecinos

Adrián Herrera

Publicidad
Publicidad

En la casa vieja teníamos unos vecinos que siempre reñían. Era una pareja sin hijos pero tenían un perro que habían recogido por ahí y lo tenían viviendo en la cochera en una casita de plástico. El perro no ladraba, husmeaba por aquí y por allá, desaparecía unas horas y luego regresaba a comer y a dormir. Lo tenían allí yo creo por una mezcla de lástima y para no sentirse solos.

Los vecinos pelean con tanta frecuencia; se pegan de gritos, se arrojan objetos, truenan puertas y rompen vidrios. Después de un rato todo queda en silencio y apenas y se escucha un murmullo aquí y un suspiro allá. Semana tras semana, lo mismo.

Les gusta el alcohol. Las peleas ocurren de noche, cuando ya llevan rato bebiendo. Mi mujer y yo hemos formulado una serie de teorías y escenarios probables para explicar estos episodios e intentar entender qué carajo le pasa a esta gente. Creemos que guardan rencores y frustraciones y después de un largo y duro día de trabajo llegan a casa, se relajan, beben y el alcohol termina por reventarlos. Es un evento catártico que libera todos esos espíritus maléficos en un torbellino de gritos y maldiciones. Como no tienen hijos, pensamos que eso podría afectarlos. Pero también cabe pensar que sus caracteres demostraron ser, con el tiempo, incompatibles, o simplemente se volvieron intolerantes y terminaron hastiados uno del otro. He llegado a pensar que están aburridos y recurren a la violencia para romper con ese marasmo y sentir que están vivos. Cierta noche, poniendo atención a una de las habituales peleas, mi mujer propuso que la pareja en cuestión podrían no ser otra cosa que actores. Admito que la idea es interesante, pero no tiene mucho sentido. Aún así dejé que mi mente divagara por tal escenario y fue entretenido, pero después de un rato de estar escuchándolos nos quedó claro: no actúan, son de verdad.

Una cosa nos vino a la mente una tarde mientras disfrutábamos del cóctel en el porche; en todo este tiempo que llevamos escuchando gritos, imprecaciones, amenazas, groserías, objetos estrellándose contra las paredes y ventanas haciéndose añicos nunca logramos escuchar ni enterarnos de lo que decían o hacían en esos momentos, antes y después, de las peleas. Nada de eso puede escucharse, solo rumores, suspiros, palabras apenas audibles, agitadas, temblorosas. No se puede construir la historia de esa casa solo con los gritos y las discusiones: los silencios son igual de importantes. Y no queda más que imaginarlos.

A nosotros nos agarraba la gritadera en una variedad de circunstancias y momentos; una noche aquello comenzó mientras preparaba un cerdo adobado con col salteada y frutos secos para festejar nuestro aniversario. En otra ocasión mi mujer se encontraba enterrando en el jardín a nuestro gato recién atropellado, cuando de pronto estalló el vidrio de una de las ventanas, seguido de los roncos gritos del vecino, que hicieron temblar a todo el vecindario.

Aquello terminó una noche que regresábamos de una fiesta. Serían como las 3 de la madrugada. Carros de policía, una ambulancia, judiciales y lo peor: el servicio médico forense. Sangre, una camilla con un cadáver y la mujer esposada. Está golpeada y bañada en sangre. La noto tranquila. Se la llevan. Me acerco a un policía y comenta: se agarraron a cuchilladas; ella le hundió la hoja en el cuello. Después se trató de suicidar, pero estaba tan alcoholizada que terminó en el suelo de la cocina, atolondrada.

Afuera, en su casita de plástico, el perro se oculta, callado. Los vecinos nunca le pusieron atención; solo le dejaban sus croquetas y le cambiaban el agua. Nunca le permitieron entrar a la casa. Días después nos dimos cuenta que nadie iba a ocuparse de ese animal; mi mujer y yo lo adoptamos. Nunca supimos su nombre, pues jamás escuchamos a los vecinos llamarlo. Decidimos dejarlo sin nombre. Vivió con nosotros 12 años.

chefherrera@gmail.com

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.