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Lunes , 18.06.2018 / 16:12 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Usted primero

Adrián Herrera

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Subí al camión y una señora que venía detrás se molestó porque no la dejé pasar primero.

–Desconsiderado–, sentenció, y tomó asiento. Cuando llegó el momento de bajarme, llovía a cántaros. Pedí la parada, se abrió la puerta trasera y gran sorpresa me llevé al ver que la tal señora se bajaba justo ahí. Me asomé y el autobús se fue a parar en un sitio donde corría el agua como un río turbulento. Ella se acercó a la salida, y viendo aquel torrente de agua, se hizo a un lado y esperó a que yo saliera primero. –De ninguna manera –le dije–; usted primero–. Por supuesto que se mojó hasta las rodillas y se fue de ahí lanzándome imprecaciones. Yo me esperé una cuadra más y me bajé en un sitio seco.

Desde niño me enseñaron a comportarme de cierta manera. Cuando íbamos a tal o cual lugar observaba cómo mis papás pedían las cosas amablemente, daban las gracias o cedían el asiento a una dama o un anciano. Crecí con una serie de reglas de etiqueta, muchas de las cuales provenían de un fastidioso, anticuado y venerablemente ridículo libro del siglo XIX: Manual de Urbanidad y de Buenas Maneras, de Manuel Antonio Carreño. Mi papá me inculcó una actitud importante en esto de vivir día a día; la cosa era pensar lo que hacíamos y lo que habríamos de hacer, no sólo seguir reglas o normas de manera automática. Había que cuestionar en términos morales y éticos nuestros actos y las consecuencias probables de éstos. Y no sólo con el afán de tener la conciencia tranquila, sino de tener convicciones y principios que nos llevaran a tener una mejor sociedad, más tolerante y equitativa. Pero las leyes nunca son ni absolutas ni infalibles; conforme evolucionan las sociedades, así también deben revisarse estos acuerdos y actualizar el consenso. Por supuesto que siempre existen necios atrapados en ese romántico pasado que se opondrán a refrescar estos acuerdos, pero son pocos y la gente se ríe de ellos. Y el consenso sólo aplica para una cultura y tiempo particulares. Veamos lo que dice Carreño en el capítulo XIX: "Son también actos groseros... sorber con ruido la sopa y los líquidos calientes, en lugar de atraerlos a la boca suave y silenciosamente". Rebatimos esta regla con una observación pertinente: en algunos países asiáticos sorber y hacer ruidos es parte de la manera habitual de comer, pues se considera que tales ruidos son estimulantes y son parte esencial del acto de comer, que es un fenómeno sociocultural. Otro buen ejemplo es la manera en que el barista cata el café: le da un sorbo rápido y frenético a la taza, oxigenando el líquido para apreciar sus cualidades. Esto claramente contradice la regla del ilustre señor Carreño. Otro punto que demuestra cómo ciertas reglas aplicarían solamente a ambientes sociales restringidos: "(son también actos groseros) arrojar al suelo alguna parte de las comidas o bebidas", dice. Pues le platico que soy de Monterrey y lo nuestro es la carne asada, y arrojar trozos de carne y huesos para los perros es parte de nuestra cultura, porque además los perros de eso viven y así evolucionaron, así que Carreño se puede ir mucho a la punta del carajo con su regla. Otra indicación que leo en dicho manual establece que: "Es una imperdonable grosería el separar del pan una parte de su miga para traerla entre las manos y jugar con ella, y sobre todo el formar pelotillas y arrojarlas a las personas" (Capítulo XXXII). La verdad nunca se me hubiera ocurrido hacer semejante cosa, pero me parece una idea fantástica y espero el momento de poder hacerlo.

Vámonos deshaciendo de prácticas sociales colosalmente obsoletas y pongámonos de acuerdo en cuanto a la forma en que nos habremos de relacionar, pero sin las ridiculeces de antaño. Lo decisivo es cuestionar estos principios y supuestos, y buscar la manera que sean provechosos y benéficos.

chefherrera@gmail.com

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