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Viernes , 25.05.2018 / 23:25 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Turista y viajero

Adrián Herrera

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He viajado por muchas partes, desde hace muchos años y he aprendido mucho; tanto de los lugares en que he estado como de las personas que los habitan. Pero lo que más ha captado mi atención son los turistas; a donde he ido son prácticamente iguales. Hablarán idiomas diferentes, pero se comportan de la misma manera. Hay una diferencia enorme entre un turista y un viajero; para el turista, un sitio representa unas vacaciones, es decir, un viaje consecuente, generado a partir de un derecho, de una ganancia, de un ciclo, una interrupción en su vida cotidiana. Una vez que llega a su destino, su percepción de las cosas ahí es meramente morfológica, no repara ni en el contenido ni el significado de lo que lo rodea, y así todo se reduce a una colección de monumentos, calles, edificios, cascadas y paisajes. El turista se siente a gusto en sitios comunes, o sea lugares que le dan de comer platillos universales (por encima de lo regional), escucha música de elevador, tiene un televisor en su recámara de hotel, cabaña o bungaló con servicio de cable capaz de conectarlo con la realidad que supuestamente ha dejado atrás. Empero, la fotografía es importantísima –sobre todo los selfies– porque capta un momento falso, un momento imposible de recordar, y aunque se vuelva a ver esa imagen, es imposible recordar la experiencia, no posee ningún significado fuera de lo estético, de lo pasajero. ¿Te acuerdas de nuestro viaje a Tahití? Vagamente. ¿Ocurrió algo sobresaliente ahí? Por supuesto que no. Hicimos exactamente lo mismo que hubiéramos hecho en casa, sólo que en un lugar exótico. Hagámoslo más seguido. ¡Es divertido!

El turista espera a que ocurran cosas de acuerdo a su expectativa, en tanto que el viajero está a la expectativa de lo que ocurra independiente de su percepción. El viajero se adapta; escucha, intenta pasar desapercibido, aprende la lengua del lugar, indaga sobre su historia y costumbres, es respetuoso. No pretende que los lugareños se adapten a sus necesidades –o más bien necedades– y sólo espera lo que habrá de ocurrir de manera espontánea. El viajero se involucra con la gente y escucha; el turista es un ciego y mudo, pero habla, y habla mucho, pero no dice nada y nadie lo entiende, ni él mismo. El viajero recuerda, vive y logra que su experiencia trascienda; el turista olvida, contamina, vacaciona de acuerdo a un modelo prefabricado. El viajero es un invitado; el turista, una molestia que genera un impacto ecológico y cultural negativo. El turista se proyecta a sí mismo en los lugares que visita y el viajero se deja impresionar por los mismos y se forma una imagen personal de esos lugares. El turista intenta huir de una realidad, pero se vuelve a topar con ella a donde va, porque se encuentra perpetuamente alienado. En suma: el turista no es más que un monigote inanimado e insensible, una sombra, una presencia intrascendente y posee el mismo valor y cualidades que la basura que genera.

Casi todos los grandes centros turísticos del mundo están diseñados para ser lugares comunes, para otorgar al turista un confort que nada tiene que ver con la cultura del lugar, del país; acaso tengan remansos de ésta, pero la lógica es la de un aeropuerto o un centro comercial: poseen la misma estructura, los mismos satisfactores y estímulos que en todo el mundo. Así, el turismo mundial ha sido estandarizado, globalizado, esterilizado. Leo con nostalgia los viajes antiguos, los de descubrimientos científicos, geográficos y antropológicos de la era victoriana, de las grandes aventuras y después de ver a unos turistas ignorantes y cochinos tomándose selfies y subiéndolos a las redes en la base de una pirámide, en un zoológico o al pie de algún monumento no puedo menos que sentir lástima por una época y actitud que ya no van a volver nunca.

chefherrera@gmail.com

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