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Lunes , 24.09.2018 / 09:49 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Trinidad siniestra

Adrián Herrera

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Los tres elementos que más seducen y enferman al hombre son la fama, el dinero y el poder. Pocos aspiran a cultivar la virtud, el conocimiento y la sabiduría. La mayoría de las personas quieren reconocimiento, poder y fortuna. Lo entiendo. Pero es peligroso y banal. Vamos a empezar por el bendito dinero. Es un tema complicado, oh, tan complicado. Cuando llega en abundancia a quienes nunca lo han tenido, se chiflan. Simplemente no saben cómo reaccionar. Los que ya han probado las mieles del dinero y les cae una fortuna comienzan a tener delirios; unos se vuelven extravagantes, estrambóticos, excéntricos y pluripotenciales. Sienten que han llegado a la cúspide de la evolución y se suponen capaces de transformarse en artistas, críticos de lo que sea, gourmands, literatos, poetas, ¡chefs!, arquitectos, diseñadores, ¡comediantes! (cuando no payasos), profetas, agiotistas de clóset, mecenas, sabios, gente de mundo, embajadores del glamur, asesores multidisciplinarios y expertos en todo. Pendejos, pues. Pocos se preocupan en mejorar su calidad de vida educándose, aprendiendo a comer –y beber– mejor, a viajar. La cosa es gastar y poseer. ¿Para qué? Sepa la madre. El dinero tiene la capacidad de generar deseos absurdos y estériles.

En cuanto a la fama –y yo se lo puedo decir de primera mano porque salgo en un programa en la tele– debe usted evitar caer en la tentación. Si se vuelve famoso se hará mamón, soberbio, arrogante y creído. Disfrute su ratito de ilusión, pues pronto se dará cuenta que es pura llamarada de petate. Si lo que necesita es atención, revise sus relaciones familiares y con sus amigos o de plano vaya con un psiquiatra. Insisto: a menos que sea usted el licenciado Benito Juárez, Jimmi Hendrix o Charles Darwin, su ridículo momentito frente a las cámaras y en redes sociales no es más que una breve alucinación y no vale más que un momento de autoerotización. Mi conclusión en cuanto a lo de la fama es esta: sirve para dos cosas importantísimas: nada y pura chingada. Hágame caso.

Ahora vamos a ver el asunto del poder. Lo dejé al final porque es el más pernicioso de todos. Es una cosa verdaderamente peligrosa, en serio. Porque con el dinero uno se chifla, con la fama alucinas, pero con el poder uno se vuelve auténticamente un demente capaz de cualquier cosa. No hay manera de abordar este apartado con humor porque el poder es tan oscuro y siniestro que no admite relajación. Es capaz de absorber cualquier muestra de empatía, bondad y justicia. El poder está por encima de todo; pero no es, como muchos piensan, la base de la locura. No. Esa es solo una consecuencia lógica. El poder es el fundamento del terror mismo, de la maldad más depurada. Pocos, muy pocos han experimentado el poder y se han alejado discretamente dejándolo como lo que es, una cosa intranquila, nerviosa, delicada y volátil. El poder se consume a sí mismo, no requiere justificación ni tiene sentido y no repara en consecuencias. ¿Ejemplos? Cuántos quiere. No hay papel suficiente para escribir todos los abusos que hemos hecho con el poder en toda nuestra historia.

Una vez estaba tomando whisky con mi papá y me dijo que muchos de los políticos que había conocido eran mentirosos e hipócritas –porque la naturaleza de la política es la ambigüedad y hacer que la gente olvide–, pero lo peor es que eran peligrosos. ¿Por qué?, pregunté. Porque pueden, contestó. Tienen poder y se van a regocijar abusando de él. Así de sencillo.

Llevar vidas serenas y virtuosas ya no es tan fácil ni la gente lo busca. Las redes sociales nos vendieron la ilusión de ser reconocidos, requeridos, necesitados. Justo lo que la fama quiere. El sistema de consumo nos vende la idea de querer tener más, de creer que necesitamos más. Y el poder, bueno, ese es el impulso más oscuro que tenemos guardado. Con ese no se metan.

Y a usted, ¿cuál de estas tres tentaciones le seduce más? Yo nomás le digo que tenemos la idea equivocada de cómo llevar esta civilización.

chefherrera@gmail.com

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