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Columna de Adrián Herrera

Traducción

Adrián Herrera

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Se dice que traducir es reescribir, interpretar. No hay manera de traducir sin perder algo, sin tergiversar, sin perturbar. Pero también se descubre. Porque quien escribe algo nunca lo dice todo, y en el proceso de traducción se revela algo insospechado. Una vez escuché a un escritor, luego de leer su obra traducida, declarar: “¡No sabía que había dicho eso!”.

Traducir es también un ensayo crítico, generador de perspectivas. Hay quien quiere ver en la traducción un proceso de violación. Nada de eso: violar es forzar, es hacer algo en contra de la santidad e integridad de algo. La traducción entra por puertas y huecos que fueron deliberadamente abiertos para ensayar supuestos y posibilidades, para cuestionar, despertar dudas. Sí: traducir es de cierta forma una travesura, pero una en donde no se rompe nada, solo se ponen a prueba la solidez y estructura de un texto.

Mucho se discute sobre cuáles deben ser los límites de una traducción. Porque, y en esto todos estamos de acuerdo, traducir no es interpretar. Podrá tener algunos elementos del mismo, pero solo eso. Traducir es, ante todo, entender lo que ha sido escrito con la mayor claridad, precisión y justicia. Pero no siempre ocurre así. Por ejemplo; Las Flores del Mal, de Baudelaire. Fui a comprar una copia y grande fue mi sorpresa y confusión cuando vi tantas traducciones. Entonces seleccioné un poema específico y lo leí en todas las versiones que allí había. Quedé perplejo; como no hablo francés no tenía una base sobre la cual comparar, así que después de leer varias versiones no tuve más que irme por la que me procuró una sensación contundente. Había traducciones confusas y otras muy simplonas, muy técnicas. Y tratándose de poesía, la correcta selección de palabras lo es todo. El problema es que los traductores suelen creer que efectivamente penetraron en el alma de los autores y suponen que su versión es inmaculada y tiene la potencia estética e intelectual del original y terminan creyendo que lo hacen ¡hasta mejor que el original! Lo he escuchado. ¿Quiere decir esto que Las Flores del Mal son intraducibles? Por supuesto que no. Especialmente tratándose de un idioma con el cual tenemos tanto en común. Solo quiere decir que el proceso de traducción cae en un juego inevitable de mover las fichas de tal manera que terminen diciendo algunas cosas de otra forma y que, como ya dije, revelen facetas ocultas. Y también hay que tomar en cuenta que todas las lenguas son distintas y que hay palabras que en una existen y en otra no y que una misma frase o palabra puede tener una connotación distinta.

Por otro lado, es fácil caer en la tentación de interpretar. A mí me pasó con un texto que traduje de Chesterton. Pero ésa es una libertad que uno no debe tomarse. Sobre todo cuando uno se encuentra frente a textos escritos en lenguas tan alejadas de la nuestra, tanto en estructura como en el tiempo en que se escribieron, y así la tarea se vuelve considerablemente más complicada y el resultado será extraño. Tomemos el ejemplo de la traducción de Sendas de Oku, de Octavio Paz. En el prólogo se advierte que “Los traductores se han acercado con respeto y amor al original, aunque sin hacerse efusivas ilusiones sobre la posibilidad de trasplantar al español un texto que es elusivo aún en japonés”. Queda claro así que no existe algo como una traducción fiel.

Traducir es luchar. Es un proceso egoísta donde queremos asir, a fuerza de lo que sea, el texto original. Pero ya sabemos que no hay manera de lograrlo con limpieza ni claridad.

La traducción también cambia con el tiempo; está culturalmente condicionada por la época, la sociedad, los tiempos en los que se realiza; un traductor suele verse afectado por su estado anímico al momento de hacer su trabajo, cuanto más será influenciado por un ambiente, una época o un suceso relevante. Pero lo que a mi gusto es el valor más importante de la traducción es su capacidad de conectar al mundo a través de la lengua. 

chefherrera@gmail.com

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