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Lunes , 24.09.2018 / 14:46 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Sócrates

Adrián Herrera

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Preparatoria. Tenía 15 años. La clase de matemáticas era una de mis pesadillas y ese día no estaba de humor para escuchar al profesor dar su demostración de números, fórmulas y jeroglíficos. Entonces me puse a leer los Diálogos de Platón. Una de mis piezas favoritas es la apología de Sócrates; lo acusan de pervertir a la juventud y de negar la existencia de los dioses, cargos muy probablemente inventados. Es sentenciado, lo encuentran culpable, tiene una oportunidad para salvarse pero prefiere acatar la ley y muere envenenado. La ironía socrática es bien conocida y bien pudo haber influido en la decisión de los jueces para revertir la sentencia. La edición que tenía –y que aún conservo– es la de la serie “Sepan cuántos”, de la editorial Porrúa. En aquel tiempo el texto lo publicaban a dos columnas, odiosa costumbre que dificultaba la lectura. Por fortuna esta práctica nociva ya ha sido abolida. El caso es que estaba leyendo dicha obra a mitad de la clase y el profesor se fue acercando a mi pupitre. No me di cuenta; no porque el maestro fuera sigiloso, sino porque estaba muy metido en la lectura. Me tocó el hombro y dijo -¿Qué está leyendo? Ese no parece ser el texto de matemáticas de esta clase. -No, -respondí-, son los diálogos de Platón. -Ah, -contestó-, pues fíjese que Platón, a diferencia de usted, sí sabía matemáticas. Acto seguido me corrió del salón con todo y libro. Lo bueno es que de ahí me fui a un lugar silencioso y tranquilo a continuar mi lectura. No olvido la emoción que sentí al leer ese texto. Hay una parte donde Sócrates, dirigiéndose a sus acusadores, dice:

“No hablaré de manera elocuente, pomposa ni rebuscada, sino con el lenguaje común, aquel que he usado siempre en los lugares públicos”.

Sugiere así que su defensa no se basa en los artilugios del lenguaje sino en la honestidad de los hechos, de las intenciones, representados por el lenguaje claro y directo. O sea: hay que decir las cosas como son, de otra manera se pueden (se suelen) crear ideas e impresiones equivocadas. El lenguaje manipula, tergiversa.

A Sócrates se le veía como al hombre más sabio de su época. Un amigo suyo fue a consultar al oráculo de Delfos y preguntó si había un hombre más sabio que él; “no hay hombre más sabio que Sócrates”, declaró la Pitia. Pienso que la sabiduría no es tanto un acumulo de conocimientos como una actitud, una concordancia entre lo que pensamos y hacemos, producto de la inteligencia, la experiencia, el conocimiento y el buen juicio. ¿Ser sabio no es tener ética y actuar correctamente?

El mismo Sócrates advierte:

“Me conduciría de una manera singular y extraña si después de haber guardado fielmente todos los puestos que me han destinado nuestros generales en Potidea, en Anfipolis y en Delio y de haber expuesto mi vida tantas veces, ahora que el dios me ha ordenado pasar mis días en el estudio de la filosofía, estudiándome a mí mismo y estudiando a los demás, abandonase este puesto por miedo a la muerte o a cualquier otro peligro. Verdaderamente esta sería una deserción criminal y me haría acreedor a que se me citara ante este tribunal como un impío que no cree en los dioses, que desobedece al oráculo, que teme a la muerte y que se cree sabio y que no lo es”.

Me gustaría saber cuántas personas se cuestionan lo que realmente creen y defienden y si actúan de acuerdo a esos principios. Me parece que la mayoría reacciona en lugar de reflexionar, y actuarán de manera incorrecta o incluso llegarán a cometer atrocidades en nombre de creencias que no están dispuestos a revisar. Lo bueno es que con la filosofía no podemos hacernos pendejos, porque siempre está ahí para cuestionar todo lo que hacemos y pensamos. Por lo pronto tengo algo que confesar; reprobé matemáticas y tuve que sobornar al maestro para pasar la materia. Estoy seguro que Sócrates me hubiera dosificado –justamente– la cicuta por tal acción. Bien merecida. Nomás díganme dónde venden esa chingadera, porque en la farmacia ya no la manejan.

chefherrera@gmail.com

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