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Jueves , 20.09.2018 / 04:22 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Sobadora

Adrián Herrera

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Tomé el tren desde Creel para bajar la sierra en el Chepe (el tren Chihuahua-Pacífico). Es una cosa de admirar, de veras. Va pasando uno por valles llenos de pinos con rocas de formas caprichosas, peñascos, cañadas con caídas de agua, despeñaderos, y en un punto se ve esa escena que sale en todas las fotos: la majestuosidad de las Barrancas del Cobre. Y así va el venerable tren, bajando lentamente por aquellas gargantas de roca tan profundas y escarpadas, en donde se aprecian los estratos de roca.

A medida que bajas la vegetación va cambiando; de pinos pasamos a un bosque de encinos, donde se ven también huizaches y, entre más baja uno, una exuberancia de plantas tropicales, así como una variedad de cactáceas. Iba yo muy emocionado caminando de un lado a otro de los vagones; el bamboleo, más el ruido de la locomotora, el traqueteo de las ruedas sobre las vías, el viento cargado de aromas a pino y mineral (¡y a diésel!) entrando por la ventana mientras va uno contemplando el paisaje, que es algo inolvidable.

El problema es que luego de unas buenas horas corriendo de un lado a otro inspeccionando los vagones, te empieza a doler el cuerpo. Porque los músculos hacen un esfuerzo extraordinario para mantener el equilibrio: el tren va culebreando en los bordes de los cañones y caminar es difícil. Y son como ocho horas de viaje. Después viene una parte donde ya se ven solo matorrales desérticos y otras plantas propias de ese ecosistema y, claro, hace un calor de su puta madre. En ese punto ya entramos en el estado de Sinaloa, y el viaje termina ahí en Los Mochis.

A la salida de la estación de tren hay un par de señoras que siempre andan por ahí. Una trabaja en el tren, la otra es sobadora. Me senté en la banquita que está al lado de la entrada a esperar un taxi. La señora que trabaja en el tren habla por celular. Está conmocionada; se lleva la mano a la frente, luego a la boca, asiente, hace muecas. Cuelga.

Le pregunto qué pasa: –El hijo de una amiga festejaba su graduación de sexto de primaria en un rancho. Se estaba bañando en una pileta y a un lado había una caja eléctrica con cables; uno hizo contacto con el agua y el niño se electrocutó. Lo subieron a una pick up, pero llegó muerto al hospital. Tenía 11 años–, dijo. Luego de escuchar aquello sentí una compresión en el pecho, pues yo también tengo un hijo que se acaba de graduar de sexto; no puedo imaginarlo muerto, es terrible.

La otra señora se acerca. Le pregunto qué hace. –Soy sobadora. Cuando murió mi madre le pregunté a mi Dios cómo me iba a mantener, y en un sueño me dijo: “Tú vas a curar gente sobándola”, y así me fui enseñando–, dijo. Entonces se me ocurrió que como venía tan jodido por el zangoloteo del Chepe le pedí me interviniera. –Tírate ahí sobre la banca–, me dijo. –¿Cuánto cobra?–, le pregunté. –No cobro; ahí lo que me quieran dar. Ese es el trato a que llegué con mi Dios–, me responde.

Y bueno, ya empieza a jalarme las piernas, los dedos, a zarandearme la cadera, a rotarme el cuello. –Yo le compongo el nervio ciático. Pero luego vienen unos pidiendo que les arregle el nervio asiático: ese también se lo compongo, pero le sale más caro –bromea–. Mire, yo le trueno todo; a unos se les oye tanto que parecen matraca. ¡No te muevas, chico! –espeta mientras me jala las piernas y los brazos–. ¡No te pongas duro! ¡aflójate! –grita–. ¡Qué hombre tan miedoso y desconfiado!–, expresa.

Luego de un rato termina. Siento como si me hubieran agarrado a palos. –Pero al rato vas a ver cómo te sientes mejor–, declara. Otras personas estaban ahí, viendo todo. Y pues uno ya quiere también que le den su tratamiento, y otra muchacha se acerca y pide su terapia. Así, a uno le arregla la espalda, a otra el cuello y a otro más le endereza las rodillas.

Ya llega mi taxi. Me despido, le dejo su propina y me encamino al carro. Y así me voy, con el calorcito de Los Mochis, el temblor de las potentes máquinas de las locomotoras, el chiflido del tren, las imágenes de aquel recorrido maravilloso y recordando, con la espalda y las piernas todavía adoloridas, a ese niño electrocutado que recién se graduaba de sexto de primaria.

chefherrera@gmail.com

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