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Columna de Adrián Herrera

Si Dios quiere

Adrián Herrera

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"Si Dios quiere”, dijo el chofer cuando le pregunté si llegaríamos a la cita, pues el tráfico era terrible. Pregunté: ¿cómo podemos saber si Dios quiere o no que lleguemos a tiempo? Se quedó pensando un rato y se encogió de hombros. Exacto: no es posible saber qué piensa o quiere ese ser que, en principio, lo más seguro es que no exista. Quizá la frase se refiere a que las cosas que no comprendemos dependen de los designios misteriosos de este ente omnipotente, pero entonces no hay por qué suponer que existe un ser del cual no podemos saber nada. Un amigo declaró que la única actividad de Dios era la de controlar y dirigir el comportamiento de los hormigueros; ¿de qué otra manera se explican el orden y la organización perfectas de estas sociedades? Porque cuando uno las compara con las sociedades humanas, nos damos cuenta de que somos un desastre. Yo por mi lado pienso que, de existir, Dios es un viejo amargado y alcohólico que gasta las horas enjuagándose las pelotas y viendo pasar los cometas.

Muchas personas prefieren echarle la culpa a la suerte, Dios o al karma (aunque no tengan idea de lo que es eso) que a procesos que pueden explicarse por medio de la estadística, a la ciencia o a la intervención humana. “Las cosas ocurren por algo”, dice otra frase. Pues claro, ocurren porque un pendejo metió la mano donde no debía y desencadenó un proceso nefasto de hechos que culminaron en tragedia. Lo cual es típico. Las cosas no ocurren porque exista una fuerza misteriosa que intenta equilibrar el mundo, castigar o premiar a las personas por alguna noción de justicia que nunca queda clara, porque en estos temas de ética y moral siempre nos topamos con claroscuros difíciles de resolver. Pasa lo mismo cuando a alguien que consideramos malo le ocurre algún infortunio; “lo castigó Dios”, pensamos. O cuando menos creemos firmemente que “algo” le hizo justicia a ese patán. En realidad, estamos contentos porque fue castigado, pero no por alguna deidad o fuerza consciente, lo que ocurrió fue que simplemente le tocó vivir una situación adversa que a cualquiera le hubiera caído; mire: si esto mismo le ha ocurrido a alguna alma piadosa, no pensamos que Dios lo castigó, más bien que se le ha puesto una prueba, misma que ha superado o por lo menos le ha servido para alcanzar un estado moral superior. Mamadas.

Dejémoslo en claro: Dios no existe, y si existe, no importa: somos nosotros quienes debemos responder y reaccionar ante las cosas que ocurren y la explicación de por qué ocurren, cuando no se tiene una respuesta convincente, objetiva o estadísticamente viable, no debe caer en el ámbito de la magia, la especulación fantástica o la solución metafísica simplista de una deidad desconocida que todo lo arregla o lo desmadra según su estado de ánimo o sus oscuros designios. No hay que ser pasivos y entregarse a la noción de que todo está predeterminado y que no debemos interferir con esa fuerza, con esa decisión; uno debe actuar de acuerdo a lo que piensa, siente y cree, pero sin caer en absurdos y esquemas irracionales. Insisto: debemos empujar la realidad hacia un sentido más individual, y con ello quiero decir que esa conciencia va enfocada a explotar las capacidades inmediatas, no las limitantes a las que estamos acostumbrados de manera histórica y con las cuales crecimos. La actitud de entregarle nuestra inmediatez a un dios o predeterminación es una mala excusa para no tomar control de nuestras decisiones.

Basta de actitudes pasivas, sosas, condescendientes: a Dios le importan una chingada los asuntos y diligencias de los hombres; gran parte de lo que nos pasa depende de nosotros, y cuando de plano no podemos hacer nada, pues lo mejor es aguantarse y ver que todo salga lo mejor posible. Y si de plano insiste, pues entonces imagínese que su fracaso se debe a que “Dios no quiso” y suicídese. Faltaba más.

chefherrera@gmail.com

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