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Columna de Adrián Herrera

Serpiente

Adrián Herrera

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El otro día vi un video que me dejó pasmado. Un sujeto –muy probablemente en algún lugar de la India– entretiene a un grupo de personas en la calle; tiene una pitón amarilla alrededor del cuello. Con una mano sostiene la cabeza del reptil, que saca la lengua y sisea, y con la otra hace ademanes, dirigiéndose a la gente. Dice cosas en un idioma que no comprendo, pero le arrojan monedas y él da las gracias. De pronto, la víbora comienza a enrollársele con fuerza en el cuello y el tipo luego de decir algo que me pareció como un clamor, se agacha y luego de mover la mano cae de bruces. Y ahí, con aquel enorme reptil tensándole cada vez más el cuello, yace aquel valiente sobre la banqueta. El video dura un poco más de 4 minutos; la gente, incluyendo al idiota que está filmando el espectáculo, no hace absolutamente nada: miran. Al tiempo se acercan dos personas y le arrojan monedas. Bien ganadas, claro. El tipo está inmóvil pero aún respira. Sigue corriendo el tiempo y las cosas siguen igual; la gente sigue a su alrededor viendo cómo muere asfixiado y el camarógrafo se encarga de hacer una toma con zoom para que podamos ver cómo la pitón sigue comprimiendo el cuello del sujeto. Me deja pensando; o son estúpidos incapaces de ver que un ser humano está muriendo frente a ellos o sencillamente les vale madre. Por otro lado, hay que estar titánicamente pendejo para enrollarse una serpiente constrictora alrededor del cuello. Porque, como su nombre lo indica, estos animales matan por constricción. Cualquier persona con un poco de sentido común puede darse cuenta que una víbora con esas características físicas mata apretando. Y te aprieta con tal fuerza que, en el caso concreto del valiente en cuestión, comprime la tráquea y el paquete vascular del cuello (carótida y yugular) impidiendo la llegada de oxígeno al cerebro y dificultando la respiración. Lo que ocurre es que primero pierdes el sentido y luego te mueres. Y la serpiente no tiene ninguna prisa: se siente cómoda, a gusto con su trabajo reconfortante de apretar y apretar despacio, con serenidad. Y la gente que observa el espectáculo comparte la paciencia de aquel animal, se quedan pasmados, como idos, mesmerizados por la magia exótica de una pitón. Qué belleza. Me acuerdo de un profesional que se dedicaba a amaestrar leones y tigres. Llevaba toda su vida haciéndolo. Pues un día el tigre de Bengala que tenía se levantó con la pata izquierda y se comió al entrenador. Y me acuerdo también de otro individuo que llegó a un programa de televisión con un oso. Dijo que todo estaba bien y que aquel animal era más dócil que un oso de peluche. Sí, tanto, que terminó comiéndose a su dueño, frente a las cámaras.

Me pregunto si la gente no se involucra en hechos así porque tiene miedo, porque piensa que los van a comprometer legalmente en la muerte o porque ignora el procedimiento para retirar a la víbora del cuello de la víctima. Reflexionando sobre el asunto mientras bebía un gran vaso de ginebra, llegué a la conclusión de que a la gente sencillamente le vale madre. Y peor: encuentra divertido el hecho de ver morir al tipo. Hay un sentido del humor muy oscuro y retorcido aquí. No, no es miedo: es placer. Tanto, que hasta dinero le arrojan al tipo inconsciente. Incluso suena sarcástico. En México no nos quedamos atrás; es tan familiar el tumulto que se forma alrededor de un accidentado. Nos gusta observar, regocijarnos en la parte mórbida de lo que acontece. El hechizo de la tragedia, de la violencia, de un quemado, un desmembrado, un teporocho, un epiléptico a mitad de la calle o de un tullido deforme nos envuelve y arrebata.

Esto de tener una serpiente constrictora me confunde. Hay que ser precavidos con esto de seleccionar mascotas. Tener tigres, boas, escorpiones u osos no me parece juicioso. Yo prefiero un loro; vive encerrado en una jaula pegando de gritos y repitiendo todo lo que uno dice y si no le metes el dedo no te lo pellizca. Es la mascota ideal.

chefherrera@gmail.com

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