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Domingo , 23.09.2018 / 04:37 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Relaciones

Adrián Herrera

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Tengo un primo que escribió el otro día una reflexión que me pareció interesante:

“Mi hijo y yo estamos tumbados en la cama y me doy cuenta de algo: el cien por ciento de mis relaciones han fallado. Como la mayoría de nosotros. No he sido capaz de formar una relación con una mujer y no sé cómo no enseñarle eso a mi hijo. Crecí con mis padres, sólo una pareja llevando una vida sencilla, y honestamente no cambiaría eso por nada. Lo vi (a mi padre) batallar en sus relaciones y siempre me sentía más feliz cuando no estaba relacionado con nadie. Las personas que conozco que están casadas y con hijos parecen llevar vidas complicadas y no parecen felices, más bien noto cierta tortura en ello. No estoy seguro si todavía es posible llevar una vida feliz con una pareja, pero soy humano y a veces me entra duro la soledad. Aun así no soy capaz de establecer una relación duradera y estable; nunca lo he hecho y nunca lo haré. Sólo soy un hombre sencillo en un mundo muy complicado”.

Otro amigo de mi edad vive solo en un apartamento y cada que lo veo tiene una pareja nueva. No parece afectado por eso y más bien le molesta que cada vez que se reúne con amigos o en eventos familiares (imagínese en Navidad) le pregunten que si tiene novia, que cuándo va a formar una familia y así. Debe ser particularmente fastidioso. Y más para las mujeres, a las cuales se les reservan adjetivos sutiles como “quedada”. Peor para una amiga que no pudo llevar a su novia a la cena de Navidad porque la familia no reconoce su homosexualidad y se infartan si la ven sobándose con otra dama.

Por alguna razón absurda seguimos creyendo en postulados y principios anticuados y obsoletos y dejamos que ocurran. Cuestionarlos es algo que depende de filósofos y abogados. Me parece que es momento de observar y revisar nuestras costumbres y más específicamente, el por qué hacemos —o prohibimos— ciertas cosas. Entiendo que no se pueden actualizar las costumbres de una sociedad como si fuera un software pero hay que empezar por lo más álgido, por lo que menos deseamos cuestionar. Pero más importante que todo lo anterior, dejar de fastidiar a las personas sólo porque no viven como a nosotros nos inculcaron o porque una iglesia así lo dispone.

La sociedad funciona en muchos aspectos de manera automática y predecible, por eso es fácil manipular a las masas a través de una bien pensada mercadotecnia, sacerdotes vomitando homilías de culpa y castigos eternos, y políticos prometiendo cambios radicales e imposibles. Nadie se concentra en lo verdaderamente importante y deciden sacarle la vuelta a las cosas que podrían procurar cambios reales y trascendentes y lo hacen por medio del entretenimiento. Es más cómodo hacerse pendejo que ponerse a pensar cómo ser mejores.

Los cambios ocurren lentamente pero de manera segura; se empieza viendo lo de uno y luego hacia afuera. Cuando una persona es consciente de su situación mental, es honesto y la exterioriza, otros siguen el ejemplo y así se genera una catarsis que deviene necesariamente en un cambio.

Y como dice mi primo: vivimos en un mundo muy complicado, y por lo mismo debemos encontrar soluciones sencillas. Suelen ser las primeras y más acertadas.

Volviendo al tema de las relaciones: si el señor o la señorita no quieren tener novio y casarse o prefieren andar solteros, vivir juntos sin contratos civiles o tratos religiosos o ¡peor!, relacionarse física y emocionalmente con personas de su mismo sexo, muy su pedo; deje de estar chingando y ocúpese de lo suyo. Faltaba más.

chefherrera@gmail.com

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