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Columna de Adrián Herrera

¡Quéjese!

Adrián Herrera

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¡Es viernes! Y todos locos de contentos porque ya es fin de semana. Haga sus planes, relájese, ¡diviértase! Pero le informo que al terminar el solemne y ceremonioso domingo vendrá, inevitable e insoslayablemente, el lunes de mierda. El problema fundamental con el lunes es que es universal. Ni es bueno ni a nadie le gusta pero hay que sobreponernos, sobrevivirlo. Hace tiempo leí que el lunes era el día favorito de los suicidas. Lo entiendo perfectamente. Lo que le voy a proponer es un ejercicio que tal vez no sea igual de efectivo y contundente que el suicidio pero que puede ayudar a lidiar con los lunes: quejándose. Es lo justo. Entonces, todos los lunes, tempranito, ponga sus quejas en redes sociales. O escríbalas y guárdelas por ahí y léalas todos los días antes de ir a dormir. La pregunta es: ¿quejarse de qué? Pues de lo que más le afecte. Podríamos empezar por quejarnos del clima, deudas, vecinos funestos que hacen ruido, tapan nuestra cochera y permiten que sus perros zurren nuestros jardines, la omnipresente, impertinente y borracha suegra, relaciones catastróficas, el familiar incómodo, políticos corruptos, pesadillas y malos sueños que atraviesan el umbral de lo onírico y permean hacia la realidad vigilante, malas decisiones, modas y tendencias absurdas, celulares rotos y robados, borracheras y sus consecuentes crudas maléficas, amistades tenebrosas, lecturas perniciosas, perder el tiempo sin consecuencia provechosa, sexo mal logrado, no tener sexo, dudas sobre la identidad sexual, órdenes de aprensión pendientes, malestares y dolencias crónicas, afecciones varias, complicaciones iatrogénicas, enfermedades venéreas, malos y recurrentes recuerdos, olvidos, fracasos varios, tuits y posts que no se debieron haber publicado, voces en su cabeza, vicios y malos hábitos, pérdida de la fe, pérdida de la virginidad (en ambas se gana más de lo que se pierde, siempre), crisis existenciales, notables desbalances nutricionales, alopecia y calvicie, omisiones y vergonzosos silencios, bochornos frecuentes, plagios académicos, candidaturas frustradas y elecciones fallidas, traiciones y puñaladas traperas, decepciones amorosas, procrastinaciones añejas, problemas al momento de orinar (porque lo importante no es mear mucho sino hacer espuma; de lo contrario, hay que ver al urólogo), vista borrosa (que no es lo mismo que hacerse el de la vista gorda), chismes de vecindario, adulterios justificados, actitudes sospechosas, paranoia, atención al cliente frustrada, déficit de atención, conductas antisociales, dipsomanía (casi siempre justificada), cansancio y fatiga general, las mentiras y patrañas de todos los días, sueños y vidas arruinadas por el indigestible y excesivo optimismo, indiferencia y valemadrismo habituales casi genéticos, gente que no para de hablar, perros que no paran de ladrar, niños llorones, hipocondriasis, lamentos y sollozos espontáneos y sin explicación, melancolía, estulticia, síndrome de las piernas inquietas, tendencia constante a sufrir el soponcio, el telele, el patatús y el tramafat, histéricos, neuróticos, rabiosos y furibundos, la policía, comida a domicilio que llega tarde –y fría–, basura en la televisión, basura en las calles, basura en los puestos públicos, homeopatía, veganismo, chamanes, curas misteriosas, curas milagrosas, curas pederastas, pastores cristianos millonarios, comida chatarra, llamadas en espera que conducen a la eternidad, verduras enlatadas, chorizo de soya, mecánicos, plomeros y carpinteros incompetentes, abducciones extraterrestres, orquitis permanente, vuelos demorados, los baches, el tráfico, la lluvia, el calor, la gente, la versión apócrifa del Quijote, el calentamiento global, la extinción de la vaquita marina y los tics nerviosos.

Haga su lista la noche del domingo y publíquela tan pronto salga el sol. La Universidad de Harvard reporta dos grandes beneficios para esto de quejarse: nada y pura chingada, pero es catártico y da la sensación de que funciona para algo. Enhorabuena.

chefherrera@gmail.com

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