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Martes , 18.09.2018 / 10:46 Hoy

Pierda la fe

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¿Cuáles son los factores que llevan a una persona a perder su fe y confianza en una religión? ¿Es algo único en él, un accidente, coincidencia o se trata efectivamente de una tendencia? ¿Es acaso una concamitación de elementos culturales y sociales propios de una época o es algo que siempre ha estado presente en nuestra evolución?

Podremos llamarle crisis, pero yo me acerco más a la idea de que se trata de un hartazgo, de un punto en donde ya no es viable –ni saludable– seguir creyendo a lo pendejo. No abogo por la razón, el pensamiento crítico ni la reflexión: eso está implícito en todo cambio, en todo rechazo a lo establecido, lo supuesto, lo anquilosado. Más bien pregono la tolerancia hacia lo que puede representar un cambio que nos devele y revele alternativas, posibilidades y caminos hacia la exploración intelectual y espiritual. Ello requiere, necesariamente, deshacerse de algunas premisas y dogmas y eso es muy difícil, lo entiendo.

Le explico; una persona que busca un cambio pero que no tiene las herramientas para abordarlo sentirá miedo y angustia, y va a tender a aferrarse a lo que sabe y conoce, pues eso le confiere una sensación de protección, de seguridad. Pero a veces pueden más la curiosidad y las ganas de mandar todo a la chingada, y así se inventa la manera de cambiar de opinión y, mejor aún, de actuar de acuerdo a ello. Se adapta, se descubre, reinventa y procura caminar por una tierra ignota que poco a poco le va siendo familiar y a través de la cual descubre cosas insospechadas unas, esperadas otras.

La mayoría, empero, no pasará por ese camino. Serán seducidos por la duda, las alternativas, las probabilidades de tener otra vida, pero ya sucumben y se entregan –con más enjundia– a los dogmas y creencias acostumbradas. Porque ellas otorgan, además de lo ya comentado (seguridad y protección), identidad. Nos identificamos profundamente con lo que creemos, más que con lo que deducimos, pensamos y cuestionamos.

Invito a dejarse seducir por la rebeldía, la sedición hacia lo que hemos deliberadamente preformado como una norma, una verdad incuestionable. Hay que romperla con el pensamiento, con actitudes, con el arte, la música, la literatura.

Siempre lo hemos hecho, pero hoy se requiere más que nunca, porque hemos caído en el peor de los esquemas de comportamiento: la indiferencia. Y todo mundo lo sabe, pero nadie hace nada al respecto. Vivimos en un mundo perverso, retorcido y francamente absurdo; el pensamiento mágico no puede resolver estos problemas apremiantes. Antes ralentiza su solución, cuando no la obstruye. Insisto en que el tema no es la violencia hacia los dogmas ni las creencias, es solo darles el lugar que les corresponde y no dejar que pasen más allá de sus capacidades, potencias y posibilidades.

Usted no puede, no debe renunciar a la razón ni a la curiosidad. Puede dejar de creer, pero no de forma vacía y estéril; nunca hay que abandonar la actitud honesta de presentar opciones y alternativas hacia cualquier dogma o sistema de creencias, sin importar cuán antiguos o solemnes sean.

Lo invito nuevamente a que, siquiera por un momento, considere la posibilidad de dejar de creer en su religión, en su dios, en sus preceptos absolutos y reglas inviolables, y que ensaye mentalmente lo que podría ocurrir si lo hace. No pasa nada, es solo un experimento. Inténtelo y, si no encuentra nada de emocionante y provechoso, vuelva a sus esquemas de antes. Pero si descubre algo que le cause un prurito juguetón en la garganta que lo haga carraspear o sentir una electrificación sutil en la punta de la lengua, no lo deje ir; va usted por buen camino.

Las sensaciones que despiertan la duda y la rebeldía son tan intensas y esclarecedoras como las inflamaciones de la fe.

chefherrera@gmail.com

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