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Martes , 14.08.2018 / 02:35 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Origen

Adrián Herrera

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De todos los mitos creacionistas, hay uno que es mi favorito y viene de la sierra del estado de Oaxaca. En días pasados fui allá a cocinar en un festival y en un restaurante conversé con un mesero zapoteco que era de un pueblo de la sierra. Compartió, además de un par de recetas de su familia, un relato sobre cómo se hicieron el mundo y los zapotecos. “En el verano, durante los meses de lluvia hay veces que llueve de manera constante durante 15 y hasta 20 días”; “uno no puede trabajar así, entonces nos la pasamos abrigados, tomando café y escuchando historias”. Y una historia que escucha con frecuencia es sobre cómo se hizo el mundo: “Mi abuelo dice que siempre que sigamos existiendo contaremos la historia —que es nuestra—, porque a cada pueblo lo hicieron de manera distinta y cada uno en su tiempo, por eso cada pueblo cuenta una historia diferente”. “El cielo comienza a taparse y a hacer sus ruidos, como cuando se apretujan las nubes y así sueltan como quejidos graves. Luego empieza a llover, ligerito, como el rocío de la mañana, y al tiempo se intensifica y se queda como una cortina constante de agua. De pronto aparece el gúzio (trueno), que es un señor que va rodando por el cielo y cuando termina de tronar suelta el yúz (rayo)”. ¿Cómo comenzó todo?, pregunté. “Cuentan los viejos de un tiempo donde no habían ni luz ni oscuridad y donde todo era silencio. Pero un día aparecieron el gúzio y el yúz y así surgieron el sonido y la luz. Durante mucho tiempo siguió esta tronadera con su luz hasta que se apaciguó; entonces surgió la palabra, que se propagó por toda la tierra. Después de eso aparecieron los ben ‘zaa (los zapotecos) y gradualmente el resto de las cosas que pueblan hoy el mundo”.

La palabra es consecuencia de la luz y el sonido, sus dos atributos principales. Existe como un espíritu o fuerza independiente de nosotros, los humanos. A nosotros se nos otorgó el derecho de usarlo, pero no lo inventamos.

Sin lenguaje no podemos describir al mundo, no podemos entenderlo. El lenguaje es una fuerza expansiva que llena todos los huecos de la tierra, abraza las hojas de los árboles, viaja entre la arena y el viento y se disuelve en el agua de ríos, lagos y mares. Es la palabra, la razón por la cual existe el universo, pues sin ésta no sabríamos diferenciar las cosas que lo componen, y estaríamos en un mundo de oscuridad, en un mundo confuso de claroscuros y brumas. La palabra esconde significados y descripciones; aguarda el momento de ser invocada y convocada para manifestarse y aclarar las cosas. Cada que descubrimos algo nuevo inventamos una palabra para nombrarlo; la lengua es nuestra conexión más íntima con la creación porque aun ciegos, sordos y mudos, la palabra se genera muy dentro de nosotros y así podemos imaginar y crear en un grito potente y energético dentro de nuestros cerebros. La palabra cambia según nuestro propio devenir y a las palabras viejas que no usamos las metemos en mamotretos y las dejamos ahí, para que vuelvan a su letargo de años, de siglos. Pero como los venerables cometas, se pierden en su viaje elíptico hacia una oscuridad fría y distante, pero un día vuelven a iluminarnos. La palabra es un ciclo que renueva.

El misterio del universo está resuelto: vive en una maraña de palabras calladas que circundan al Sistema Solar como un gran halo de rocas, de pensamientos dormidos, preparados para encenderse en cualquier momento y darle luz y sonido a un pedazo de realidad momentánea. En ese lugar se generó la lengua y ahí está su final. Todo viene de ahí y ahí termina.

chefherrera@gmail.com

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