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Viernes , 21.09.2018 / 07:27 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Muerte prematura

Adrián Herrera

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Aquel día asistí a una conferencia dada por un experto en vinos. El sumiller hablaba de aromas, tipos de vino y así. En un punto mencionó algo que me dejó meditabundo: "...la ciencia médica ha demostrado que beber una copa de vino al día evita la muerte prematura". Dos preguntas: ¿de qué manera podemos saber que beber vino resulta en no morir antes de tiempo? Y ¿qué es la muerte prematura? Habrá que hablarle a uno de esos sabios de la antigüedad que todo sabían para que nos ilumine porque yo no logro explicarme ninguna de las dos cosas. Supongo que cuando alguien se refiere a muerte "prematura" habla de un niño de, digamos, 3 años. Bien puede aplicar el concepto. Yo tengo 46 años; si me muero, ¿será acaso una partida prematura? Para mi mujer y para los que les debo dinero, sí. En el otro extremo, tenemos a un venerable viejito de tiernos 96 años que súbitamente pierde la vida; quiero pensar que eso no representa una muerte prematura, porque de acuerdo al promedio de vida, 96 años han sobrepasado –por mucho– ese número. Entonces deberíamos de ubicar el concepto de prematuro a aquellas personas que mueran considerablemente por debajo de este promedio. ¿Qué tanto? No sé, por eso escribo esto, piénsele. Prematuro hace referencia a que no está maduro; de ahí la etimología. O sea que si usted arranca de un árbol un plátano verde, pues tanto la fruta como el hecho de cortarla fueron actos prematuros. Quiero compararme con un fruto y así creer que el periodo de madurez podría representar un buen punto para definir el asunto, pero viendo los promedios de vida de siglos pasados me asalta el problema de las enfermedades y la guerra; antes la gente se moría mucho más joven que hoy. O sea que no es un asunto netamente biológico: ya está involucrada la cuestión cultural, la social. Otros dicen que si uno se muere de digamos, cáncer de pulmón por fumar mucho, entonces eso es prematuro, porque de no tener el vicio del tabaco habría muerto de otra cosa. El que se muere por fumar o por beber condiciona su vida a esos vicios y lo más probable es que muera por complicaciones derivadas de esos excesos, pero no hay nada prematuro ahí; más bien lo que tenemos es una muerte prefigurada, preparada, ¿de cierta manera anunciada? Igual para los suicidas. Supongo que el concepto de prematuro no es el mismo para la ciencia médica, la filosofía, la industria farmacéutica, los vendedores de seguros o para los que crían pollos y puercos; cada uno tiene sus márgenes y promedios.

Muerte prematura, tardía o justa: no hay semejante cosa. La muerte es lo que es y actúa cuando se le pega su rechingada gana; ese es justamente su trabajo. No la juzguen ni la etiqueten: déjenla ser. Así como nosotros hacemos de nuestras vidas lo que mejor nos place, así ella se toma las libertades que considera pertinentes. He llegado a creer que la muerte es ciega y no se fija en nosotros, aunque a veces pienso que se asoma, traviesa, por el luminoso velo de la vida y luego de observar atentamente, suelta una terrible carcajada y con su aliento nos arrebata la respiración. Ella espera el momento para llevarse absolutamente todo, y le encanta. Para la muerte nosotros no somos individuos ni personas: somos números, estadísticas sin importancia. Así, la vida no tiene más sentido que ese: que se termine, de cualquier manera y en cualquier momento. La muerte no espera ser reconocida ni ignorada; no le importa. No: nunca la vamos a aceptar por lo que es porque nos lo quita todo y contradice lo que somos, lo que deseamos y anhelamos, pero siempre estará ahí, guardada muy dentro de nosotros, esperando, acechando, sonriendo.

chefherrera@gmail.com

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