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Martes , 11.12.2018 / 10:59 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Muerte niña

Adrián Herrera

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Recuerdo que hace muchos años fui a una exposición que me dejó marcado: La muerte niña. Se trata de un fenómeno muy peculiar e inquietante que se dio a finales del siglo XIX y principios del XX en donde las familias fotografiaban a sus hijos muertos parados, y muchas veces con los párpados pegados para que aparecieran como vivos. Al chile eso está muy pinche macabro y culero. Pero esa era la costumbre. Sospecho que lo hacían por dos razones: primero porque la fotografía les permitía hacer esta clase de experimentos siniestros y segundo porque en el fondo negaban la muerte: conservar la última imagen del niño muerto como si estuviera vivo. Porque los ojos cerrados son eso: cerrar la vista a la luz, a la vida. Hoy ningún padre o madre quiere fotografiar a sus hijos muertos, como si fuera nota roja.

Hace tiempo compré un libro de la editorial Gredos: Epigramas funerarios griegos. La obra se divide en secciones tales como los caídos en combate, causas de muerte, el elogio del difunto, asuntos familiares y sociales y así. Un capítulo captó mi atención: “Muerte prematura”. Allí encontré un texto particularmente perturbador, encontrado en una estela del siglo II D.C. Lo comparto:

“Paula, niña mía, me consumo entre lágrimas mientras te llamo y gimo por ti, hijita, cual la hembra del Alción. Mis lamentos resuenan en la muda losa y en la odiada tumba, que han apagado el sol de mis entrañas. Semejante a Níobe, incesante y pétreo llanto soy a los ojos de todos, porque solo me quedan aflicción y duelo. ¡Oh sepulcro!, ¡divinidad!, deja que mi niña Paula se acerque un momento a la luz!, ¡concédeme verla de nuevo! Ningún reproche te va a hacer por ello Perséfone, Hades, si despiertas a mi hija aunque solo sea en sueños. Adiós, Paula, niña buena”.

Tengo dos hijos y no pasan de los 12 años y este texto me perturbó mucho. No quisiera tener que experimentar la muerte de mis hijos y vivir con ese duelo tan terrible, porque me ha tocado verlo en otros y es algo que no hay manera de soslayarlo, ni confrontarlo, ni resolverlo: si te ocurre te llena de una melancolía profunda y eventualmente te mata. No quiero ni pensar en ello.

Y no es lo mismo que perder a una criatura en el vientre; yo mismo he pasado por eso y déjeme decirle que a quien verdaderamente le afecta es a la madre; a mí me pareció una cosa netamente macabra y espeluznante, pero el caso de las mujeres es otro muy distinto. No estoy de humor para hablar de eso hoy.

Hace años leí la historia de un hombre quien durante la Segunda Guerra Mundial recibió la noticia de que su hijo de apenas 17 años había muerto en combate: “Los padres no deberían enterrar a sus hijos”, declaró. Me acuerdo también de una canción de Eric Clapton, “Tears in heaven”, de 1991; es de una melancolía y tristeza insondables, pues habla de la muerte de su hijo de cuatro años en un accidente cuando cayó de un edificio. Él usó la canción como terapia, pues no veía otra manera de lidiar con este hecho traumático.

Mire, este artículo comencé a escribirlo hace más de un año y en todo ese tiempo no había podido terminarlo. La razón, creo yo, es por un temor irracional, una creencia absurda en que si uno siquiera considera la posibilidad de que alguno de nuestros hijos muera, podría ocurrir. Esto por virtud de algún mecanismo oscuro y perverso que se desate solo porque sí. La realidad es que estamos a merced de una serie de circunstancias y factores imposibles de controlar, prever o evitar, y solo podemos esperar lo peor, en cualquier lugar y momento. La nuestra es una existencia envuelta en pesadumbre, angustia y desesperanza, por más que los profetas de la felicidad y los alucinados de la alegría lo nieguen y presenten escenarios histéricos y desbordantes de optimismo y bullicio ridículo desmesurado.

El asunto es que si me llego a morir –cosa que sospecho va a ocurrir–, les pido que me peguen los párpados con Kola Loka, para aparecer con los ojos pelados, sentado y con un vaso de whisky en la mano, como si nada hubiera pasado.

chefherrera@gmail.com

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