• Regístrate
Estás leyendo: Mito y verdad
Comparte esta noticia
Martes , 16.10.2018 / 16:13 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Mito y verdad

Adrián Herrera

Publicidad
Publicidad

Hace unos días leí el cuento "La Bagheera" de Val Lewton. Trata de un adolescente de un pueblo en el Cáucaso que debe enfrentarse al mito de una mujer que se transforma en una pantera negra. Para lograrlo, el chico debe ser puro y casto, y en el pueblo le confeccionan una espada especial. Un juglar y otros hombres importantes de la aldea le indican el ritual que debe seguir para matar a este monstruo, ya que posee la habilidad de transformarse en una mujer bellísima capaz de seducir a cualquiera, especialmente a un chico virgen de 16 años. Si éste cede a la tentación, muere. Contrario a todos, uno de los cazadores veteranos del pueblo le dice que todo es mentira, que sólo se trata de un leopardo negro y ya. La expedición comienza, el joven se enfrenta al felino y lo mata. Y le parece tan fácil, tan desprovisto de magia y misterio; recuerda entonces que el juglar que los acompañaba había matado a una Bagheera cuando joven y entiende que se había inventado el mito y lo habría propalado por toda la región. Dice el joven para sí mismo: "Cómo se reirán del juglar cuando les cuente lo mentiroso que es; qué gordo y respetado se ha vuelto gracias a una mentira mantenida durante tantos años... si esto es falso, si la Bagheera no es más que un leopardo negro, entonces la historia del Lago Erivan que se formó con las lágrimas de Dios por la crucifixión de su único hijo podría no ser cierta; ¡incluso Dios podría ser una mentira!".

Un hombre ha creado una patraña donde sale victorioso en un encuentro con un animal mítico y así alcanza el estatus de héroe y su relato se transforma en mito. Todo el pueblo termina creyéndolo. Pero el joven se da cuenta que todo ha sido una maquinación fantástica y comienza a cuestionarse cosas y creencias más generales, más amplias y profundas. Entonces se da cuenta que si regresa al pueblo y revela la verdad, tendrá que sacrificar su victoria que de otra manera habría sido visto como algo heroico, y de esa manera obtener el respeto y admiración de la gente, y el amor de una joven que pretende. Al final se decide por esto último. Prefiere no renunciar a la distinción y el reconocimiento, ocultar la verdad y mantener la mentira funcionando. Así, la mentira llegará más lejos, cada vez más cerca de ser institucionalizada.

Hoy esta disyuntiva se nos presenta todos los días, idéntica; viendo —o no queriendo reconocer— estas mentiras bajo las cuales hemos vivido por siglos y ante las cuales hemos conformado nuestras creencias, nuestra cultura. Preferimos mantener su mecanismo funcionando porque la verdad no nos traería los beneficios de un mito, un dogma, una fantasía. Nos asusta lo que la develación de esta verdad podría ocasionarnos, porque perder la fe trae consecuencias graves, incómodas. Pensar siempre será más peligroso y admitir que existe una realidad factible nos pone en una situación de compromiso con la verdad que nadie quiere asumir, porque hay que hacer un esfuerzo por filosofar, por hacer ciencia, por intentar llegar al centro de las cosas, y eso es difícil. Vámonos por lo fácil, pues, y a seguir creyendo en historias fantásticas. Entiendo que el mito posee un valor antropológico, un sentido cultural y una reverberación histórica, pero debe quedarse ahí, donde le corresponde: como parte de una agenda antropológica, histórica y literaria. Cómo dejar de creer en toda esa cantidad de mamadas que nos persiguen desde hace siglos, no lo sé. Pero hay que ponernos a trabajar en una solución.


chefherrera@gmail.com

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.