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Columna de Adrián Herrera

Mi casa

Adrián Herrera

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Vivo en una casa de madera de dos pisos. Afuera extendimos el espacio y construimos una veranda (más bien un soportal), y ahí instalé un proyector para ver películas de terror y thrillers psicológicos. A un lado existe un pequeño espacio que funciona como jardín y un día se me ocurrió poner un gazebo que compré en Home Depot, y déjeme decirle que quedó perfecto. Dentro coloqué una banca y se pasa uno la tarde muy a gusto bebiendo café o whisky, pensando en la muerte (que puede llegar en cualquier momento) y contemplando la montaña, que siempre ha estado ahí. El gazebo está metido en un bosquecillo de Hoja Santa y los aromas anisados te envuelven y arrebatan. La casa por dentro es como cualquier otra; entrando a la izquierda, una salita. A la derecha, el comedor, y después la cocina. De ahí sigue la despensa y una puerta que da al patio de atrás, donde se ubica la lavandería y un espacio enigmático que aún no sabemos para qué sirve pero que el perro interpreta como su casa. Y hablando del perro, hay que decir que es una especie de boston terrier (no lo es del todo), es atrabancado, un poco tonto, huele mal y su ladrido es apagado y rasposo. Además, está medio gordo, y eso porque no lo sacamos a pasear con la frecuencia que deberíamos, y no lo hacemos porque tiene una extraña enfermedad en la piel que parece contagiosa y no queremos exponernos. Le arrojamos huesos y desperdicios y escuchamos cómo los tritura con sus dientes deformes al tiempo que hace sonidos repugnantes. Sigamos con el recorrido. El comedor es una mesa ancha y alta y siempre está llena de cosas; una impresora, libros, cajas vacías, un teléfono, servilletas, gafas para leer, una veladora aromática, un peluche, medicinas caducas, una bolsa de plástico oscura que nadie ha abierto en mucho tiempo, una laptop, cámaras de rollo, más libros, papeles, notas, objetos pequeños que se van acumulando y nadie sabe ni qué son, a quién pertenecen ni para qué sirven y lo peor es que nadie sabe qué hacer con ellos y, para terminar, un envoltorio de golosina de chocolate con hongos. Después de la sala hay dos opciones; la primera es una puerta que conduce a mi estudio, que es de dos pisos conectados por una escalera de caracol. Ahí tengo todos mis preciados libros y ahí se ubica efectivamente mi oficina. También guardo mis instrumentos musicales (vibrantes cordófonos todos ellos), granadas de mano, latas de gas mostaza, instrumentos de tortura del medievo, armas de destrucción masiva, una soga para suicidio, un cráneo de plástico que siempre sonríe, una mascota disecada y quieta, un cuchillo ensangrentado (no sé cómo llegó ahí, lo juro), un teléfono de los años ochenta que no funciona pero cuando lo contesto escucho voces, un globo terráqueo con civilizaciones que ya no existen, un crucifijo volteado y un muñeco de cerámica que tiembla y hace muecas cada que entro. Si subimos por las escaleras damos con el área de recámaras, y no hay nada más que eso. La nuestra, que es la más amplia; la de la niña, llena de peluches macabros, y la del niño, que tiene un hámster obeso que no hace más que comer y dormir y un cuyo asustadizo de color blanco que se le está cayendo el pelo y chifla cuando tiene hambre. Los gatos de la casa esperan, salivantes, a que el niño deje la puerta abierta para comerse a los roedores. Y hablando de los gatos, hay dos: la gata Blinky y el gato Juan Pardo. Así se llaman. Ambos vienen de la calle. Los dos acojonan a los perros que viven dentro, Ema y Lucio, este último un chihuahueño poseído por un demonio mesopotámico. Entonces, tenemos tres perros, dos gatos y dos roedores. Y una mascota disecada. Siento que nos faltan un loro y un reptil.

Vivo en una privada (que a veces es más pública que privada) y así que me doy el lujo de celebrar carnes asadas en la banqueta, sin temor a que los vecinos me denuncien. Primero porque el de al lado es mi compadre y, encima, es cocinero, y del resto no se sabe mucho; uno es amistoso (celebra sus propias fiestas con música, gritos y alcohol, como todos) y la otra es una loca amargada que no se aguanta a sí misma y rara vez se aparece. También tronamos cohetes en Año Nuevo, aunque los perros se acojonen y aterroricen al grado del patatús.

Otra cosa, que no había querido mencionar: mi casa tiene fantasmas. Es verídico. Los niños se van a la cama aterrados, sabiendo que tendrán sueños terribles que los atormentarán por siempre. Por la mañana se levantan cansados y con el recuerdo inquietante de pesadillas inenarrables, y así se van a la escuela, temblorosos y sin desayunar. Regresan sin haber aprendido absolutamente nada y con ganas de terminar su vida. ¿Qué sería una casa sin espectros, ruidos, apariciones, suspiros, rechinidos misteriosos y destellos extraños? Un montón de bloques, madera, vidrio y metal, no más. A veces pienso que la casa misma es un gran fantasma esperando pacientemente a engullirnos una noche que estemos dormidos y así vamos a amanecer todos muertos.

Un día lo hará.

chefherrera@gmail.com

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