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Columna de Adrián Herrera

Mensaje en la botella

Adrián Herrera

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Puama´u, islas Marquesas. Sacando fotos en la playa llega de pronto una botella con un mensaje adentro. El mar la arroja envuelta en una ola y queda, inquieta, sobre una cama de arena, conchas rotas, algas y pequeños trozos de madera. Me emocioné cuando la vi porque siempre había creído que los mensajes en las botellas eran cosa –casi– exclusiva de la literatura y del cine, por eso al verla sentí que estaba frente a una situación muy especial. Por supuesto que al abrirla me encontré con algo muy decepcionante:

“¡Hola! Me llamo Jake. vivo en Gold Coast, en Australia. Estaba bebiendo y haciéndole el amor a mi novia, escuchando ‘Message in a bottle’, de The Police, y se me ocurrió esta pendejada de mandar un mensaje en la botella que justo hemos vaciado. Si llegas a leer esto, ¡eres un perfecto estúpido! Hasta nunca”. Ahí lo tiene. Por eso entenderá usted la sospecha que me envuelve para esto de las botellas que contienen papelitos y que aparecen en la playa de manera espontánea.

Tendría como 9 o 10 años. Nos subimos a un crucero hacia el Caribe. Luego de varios días paramos en una isla donde te bajas a divertirte y a comprar souvenirs. En una tiendita di con el típico barco pirata dentro de una botella de ron. –La quiero–, le dije a mi papá, y no vaciló en comprármelo. Cuando llegué a casa hice a un lado mi réplica del Enterprise –la nave de Star Trek– y coloqué ahí de manera solemne el barco. Pasé horas imaginando aventuras a bordo de esa balandra. Soñaba que era un pirata sobre la cubierta, con mis dos pistolas en la carrillera, un sable y un catalejo para buscar un barco español cargado de maderas finas, un cofre repleto de reales de a ocho y joyas, ron y tabaco. Creo que en otra vida fui pirata, en el Caribe, el Océano Índico o un vikingo en el siglo X.

15 años. Los cumplí a bordo del Hatteras que mi papá acababa de comprarle a un capitán alcohólico, veterano y decrépito en Cayo Hueso. El festejo fue sencillo y breve; whisky, ron, pescado fresco, carne de coco, pan y salsa picosa. Esa noche me fui a la cubierta de proa a escuchar en un radio de onda corta una estación cubana. Así conocí a Silvio Rodríguez, a Pablo Milanés, Noel Nicola y al grupo Irakere, entre otros. Oír a los locutores cubanos me hacía sentir que estábamos muy cerca de la isla y mi imaginación se inflamaba llevándome a creer que en cualquier momento vería un galeón español o algún barco pirata de una época pasada.

Navegábamos hacia el Banco Chinchorro; habíamos pasado ya el Cayo Culebra. El mar estaba calmo y soplaba una brisa cálida y ahumada. Encima la luna llena nos permite ver la costa con claridad. Estoy en la proa, mi papá se acerca: –¿Traes tu barco pirata en la botella?–, pregunta. –Sí–. –Ve por él–, ordena. Saqué con cuidado la botella de su caja y subí: –A ver, dame esa botella–, dijo. Y tan pronto se la entregué tomó un martillo y la hizo pedazos. Se me fue la voz al momento que quise protestar. –Cuidado con los vidrios–, advirtió y tomando cuidadosamente el barquito entre sus manos fuimos a la borda, me lo entregó y con el rostro encendido por la luna resplandeciente dijo: –Déjalo ir–. Me recliné sobre la borda y coloqué la balandra sobre el agua y pronto el oleaje y la brisa se la llevaron.

Seychelles, Océano Índico. –¿Sabías que Madagascar es el único sitio en la Tierra que tiene un cementerio de piratas?–, dijo mi mujer, y luego le dio un trago largo y profundo a su frío vaso de ginebra. Bebemos frente a la playa, escuchando las olas romperse frente a nosotros, sintiendo la brisa especiada que llega con el ocaso. Me levanté y fui a caminar hacia el agua. Y en ese momento donde el sol está por ocultarse e irradia con sus colores más anaranjados fue cuando vi aquella botella con un mensaje. Cubierta de arena y algas, medio escondida entre un coco y un pedazo de madera, refleja un hilillo de aquel sol que ya se va, pero que se aferra lo suficiente en un pequeño y efímero brillo, una incandescencia brevísima, inquietante.

Cogí la botella y la sostuve en las manos, viendo el papelillo enrollado y entumecido, pensando en el mensaje que podría tener. Quizá fuera una notificación auténtica, de esas que envían los náufragos en su más honda desesperanza, o tal vez algún escrito hecho por la mano de una víctima de algún pirata en siglos anteriores pidiendo auxilio, o tal vez solo sea un pedazo de papel inerte, sin nada escrito, enrollado y metido ahí por alguien que no tenía nada que decir. Estuve un rato contemplándola cuando de pronto sentí que no había necesidad de abrirla. Entonces la arrojé al agua.

Con el ocaso cerré los ojos y a medida que la botella se alejaba una vez más en su viaje sin sentido y sin tiempo, creí ver dentro de aquel envase, por un momento que me parecieron años, una balandra de piratas y mercenarios surcando los mares del mundo en busca de aventuras. Aquella visión se fue disolviendo lentamente con el sol que, ondulante y ebrio, se ocultaba entre las olas del mar, tragándose la botella.

chefherrera@gmail.com

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