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Sábado , 23.06.2018 / 19:23 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Hiperrealismo

Adrián Herrera

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Paseando el otro día por el Museo de Arte Contemporáneo recordé la exposición de Ron Mueck de hace unos años. Me impresionó y tuve una serie de reacciones interesantes y luego me senté a pensar en ellas. Mueck trabaja escultura hiperrealista de figura humana en formatos que van desde lo muy pequeño hasta lo casi monumental. Un colega comentó que eso no era arte; declaró que el hiperrealismo no era otra cosa que una falta de imaginación. –Una técnica, sin más–, dijo mientras levantaba los brazos es un raro aspaviento. Es como en cocina; la técnica no puede ser la finalidad: el sabor es lo que cuenta: –Pues no es la técnica la finalidad aquí; la técnica es sólo el recurso para comunicar algo–, contesté. Y es que no soy ni crítico de arte ni mucho menos intelectual (¡horror!) y estoy más interesado en dejarme llevar por las circunstancias y ver qué ocurre después. Me place más contemplar las cosas como se presentan y, primero, permitirme sentir lo que sea que resulte y después, si hay ganas, comentarlo. El punto es que a mi colega le pareció que las emociones que suscitaba la obra eran producto neto de la técnica; es decir, eran efectistas, pero sin tener un trasfondo relevante o un mensaje que fuera más allá de la reacción propiamente. Yo no lo creo; algunas esculturas de Mueck son apabullantes; no importa el tamaño: es el efecto que producen. La desproporción genera justamente esa apreciación; esa es su intención. No somos la medida del universo; no somos la referencia obligada para medir todo y para evaluar las cosas según nuestro único e irrebatible punto de vista. Desde una perspectiva somos universos gigantescos, llenos de maravilla y misterio, pero desde otra no somos más que partículas que no vienen al caso: el tamaño no importa, pues desde las partículas subatómicas hasta los conglomerados de galaxias nos topamos con un abanico de realidad material tan gigante y desproporcionado que el cerebro se descojona cuando intenta visualizarlo. Los pensamientos y las emociones tienen volumen, me queda claro, y pueden ser enormes o mezquinas.

Siempre queremos retratar las cosas tal cual, sin deformaciones, limpias y bien definidas y queremos ver sentido en ellas. Pero, ¿acaso la realidad se presenta de esa manera, pura, equilibrada y sin las deformidades de la conciencia y la percepción? Proyectamos las cosas según nuestra química extraña, nuestra descompostura nerviosa. Pienso que nos gusta más quedarnos cíclicamente en la contemplación de la percepción, es decir: de la manera en que queremos percibir la realidad, más que entenderla de manera objetiva. Eso me lleva a creer que quizá nuestra verdadera vocación sea no resolver problemas, sino plantearlos y regocijarnos eternamente en su deliberación.

El hiperrealismo no sólo cuestiona lo que somos creando una simulación de la realidad (quizá intentando una versión mejorada), sino cómo nos vemos a nosotros mismos, a la naturaleza y, al final, cómo percibimos nuestra relación y existencia con y en esa naturaleza. Pero también cuestiona ese entorno cultural que hemos creado y que de moldearlo, ha pasado a moldearnos. Pienso que la función del hiperrealismo es llevarnos a la revelación de que la realidad esconde mucho más de lo que queremos ver; acaso guarda una faceta delicadamente monstruosa, una tergiversación de lo que creemos son las cosas, pero en el fondo la naturaleza se presenta desprovista de esta supuesta estética que le hemos impreso y que funciona como una sustancia plástica que cambia de forma –y de intención– a cada momento. La realidad es, pues, más una pesadilla que un campo florido de sueños y expectativas. Y los monstruos de esa realidad somos nosotros.

chefherrera@gmail.com

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