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Martes , 23.10.2018 / 10:10 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Golpes y gritos

Adrián Herrera

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Mi mujer posteó en Facebook una anécdota que ahora comparto; la tituló "Lo que en la calle sucede". Lea:

"Iba hoy por Díaz Ordaz (que vale la pena mencionar que tiene 2 o 3 carriles en construcción), a dejar niños a la escuela. Un cochecito rojo le pide paso a uno gris. Éste no se lo da y el rojo se enoja y sigue intentándole. Así después de varios minutos de darse picones con los coches, se paran a darse de golpes en pleno tráfico. Se baja un trailero, los separa y los mete a sus respectivos coches gritándoles: –Ya basta; ¡todos queremos llegar! Y así terminó la disputa. El tráfico en Monterrey ha rebasado su capacidad y con arreglos y construcciones está peor. Gente, les recomiendo salir con tiempo, gasolina y mucha paciencia. Este trailero quizá le salvó la vida a estos muchachos llenos de testosterona; cualquiera los pudo haber atropellado. La cosa es que quizá por llegar a tiempo a sus respectivos trabajos (que casi de seguro ni les gusta), pudieron haber no llegado". Otra amiga posteó, ese mismo día, la siguiente experiencia:

"Hoy al recoger a mi hijo del colegio, una mujer salió de su casa y me comenzó a gritar horrible porque estaba pasando con el coche en ralentí frente a su cochera; yo sólo seguía las instrucciones de fila del colegio. Esta mujer a toda voz pasó blasfemando del colegio frente a los autos de todos los padres/madres de familia que esperábamos la salida de nuestros críos. Se enfrascó a gritos con el profesor del altavoz que facilita la salida y luego con la directora de la escuela. ¿Hasta dónde puede llegar la frustración de una mujer que ante un evento cotidiano y pasajero como recoger a los críos del colegio, tiene que salir de su casa a marcar territorio a gritos? ¿Qué tipo de alma aprisionada está contenida en ese cuerpo envejecido? Que la diosa nos salve de envejecer en la frustración, la fealdad interior y el odio al prójimo".

Historias cotidianas como estas hablan de una cosa en particular: perder la paciencia. Y fíjese que eso de la paciencia lo aprendí a la fuerza en mi estancia en Bogotá, Colombia. Allá existe un fenómeno nefasto llamado "trancón", que no es otra cosa que un enorme y ominoso embotellamiento que aqueja a toda la ciudad casi todo el tiempo. Es horrendo. Todos los días pasábamos mucho tiempo encima del carro; al principio pegaba de gritos, me exasperaba y maldecía, porque soy muy acelerado y no estoy acostumbrado a ese tipo de fenómenos. Con los días me adapté y aproveché mi tiempo: unos días leía, otros escribía, otros más escuchaba música y algunos, de plano, dormía. Ahí aprendí una importante lección: es mi tiempo (valioso) y no voy a resolver absolutamente nada pegando de alaridos.

La paciencia ya la hemos perdido, junto con la cordura. La ciudad está saturada y la gente reacciona de acuerdo a esa presión. Y cada día es más difícil conservar la calma y el buen juicio. Es todo un reto vivir –en veces sobrevivir– estas gigantescas urbes en las que vivimos. Aquí la culpa ya no es de nadie: ni de las autoridades, incapaces de resolver el problema del tráfico y la pésima planeación urbana, ni de la gente, que ya ha perdido el control de sí misma; es culpa de todos los errores que se acumularon y que hoy son prácticamente irreversibles. La única solución, en mi nunca humilde opinión, es que la gente fume mariguana todo el día para que todo parezca que es bello, organizado y con sentido. Cualquier otra cosa no va a funcionar. Un día de estos me voy a vivir a un puto pueblo. Mientras, habrá que seguir pegando de gritos y dándonos de golpes a mitad de la calle, para no perder la costumbre.


chefherrera@gmail.com

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