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Columna de Adrián Herrera

Gente muerta

Adrián Herrera

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En la película clásica de terror de M. Night Shyamalan, El sexto sentido, hay una escena hoy emblemática: el actor Haley Joel Osment le dice a Bruce Willis algo escalofriante: “veo gente muerta”. En efecto; lo que el niño percibe es una serie de personajes de la vida cotidiana que han fallecido, pero ellos no saben que están muertos: son fantasmas.

Un pariente ve gente muerta. Los aprecia como personas como de cristal, inexpresivos y robóticos. En veces se le quedan viendo pero no hacen nada, pero en otras pasan rápidamente frente a él, como una voluta de fuego. Hace poco tuvo una visión pasmosa: esta gente comenzó a apilarse a su alrededor y sintió una gran pesadumbre. Rezó para que aquello terminara cuanto antes.

En una exposición sobre fotografía de gente muerta, veo una foto de finales del siglo XIX donde salen la mamá, el papá, dos hermanitos –gemelos– y una hermana un poco mayor que los gemelos. Todo parece normal... espere: en esa foto alguien está muerto. En efecto, la hermana mayor está bien tiesa. Lo que hicieron –práctica común en esos días– fue pegarle los párpados para que pareciera que estaba viva. Macabro, ¿no le parece? Tal vez. A mí me encantaría poder hacer eso ahora. El problema no es el cadáver, son las personas vivas que se han prestado para hacer semejante espectáculo. Pero, como digo, cosa normal para la época.

Todos los años, el 4 de febrero un poco después de la medianoche, comienza a rechinar la mecedora de la veranda. Y así se mueve como una hora, a veces más. Es la silla de don Abe, que murió hace más de 20 años. Y todos los años, en el día de su cumpleaños, la silla recobra su vaivén, y la familia no hace más que escuchar, crispados, desde sus recámaras y esperar a que aquello termine. Don Abe nunca se fue, solo avisa que anda por ahí ese día, para que no lo olviden.

Yo no creo en fantasmas. Me encantaría poder ver uno, de veras. He escuchado tanto relato, tanta anécdota y leyenda como para escribir un libro, pero en mi puta vida he visto nada que se acerque a un fantasma, un fallecido, demonio, o lo que usted guste de toda esa fauna sobrenatural que todo mundo dice ver. Yo no he visto nada, absolutamente nada. Y me apena, porque ha de ser una experiencia increíble.

Pienso que hay otro tipo de muertos con los cuales convivimos día con día. Sí: esos fallecidos de espíritu, de intención, de inteligencia y de pasión. Son tantos. Y pueden ser tan aterradores –o más– que ésos que mueren de verdad y que luego regresan. Y no, no hablo de los melancólicos, los deprimidos, los alucinados o los alterados. Ésos pertenecen a otra realidad. Me refiero a toda esa gente condescendiente, aburrida, despreciable y liquidada. Vivimos rodeados de estos espectros y apariciones de lo mediocre, lo mal logrado, lo trunco y lo derrotado. Ellos no solo viven entre nosotros: nos emboscan.

¿Habrá algo muerto en nosotros, algo latente que nos oprime, nos lleva por este camino de solitud y desencanto por una vida que no comprendemos y sobre la cual nos dejamos llevar como hojas muertas por un riachuelo? Puede ser. Es posible que haya algo dentro de nosotros que nos empuje a eso, a no hacer un esfuerzo por vivir gozosamente la vida. No me preocupan los extremos; el suicida tiene sus razones, su ímpetu irrefrenable y sus intenciones claras y declaradas. El histérico, el alterado, el alucinado, el tembloroso, el curioso atrapado en lo mórbido, el nervioso que se persigue a sí mismo, el tenebroso que se oculta de las fuerzas ocultas que lo acechan desde lo más oculto de él mismo, el raro, el desubicado, el extraño, el loco, el encerrado, el espasmódico que no tolera la luz, el tarántulo que camina sobre las frágiles conciencias, el sigiloso que repta por entre la gente para extraerles su esencia y el tipo espeluznante que se mete en los sueños de las personas para robarles su quietud, su descanso: todos ellos son mucho, mucho más que el Más o Menos, el Quiero Pero No Puedo, el No La Hagas De Pedo, el Ya Vámonos, el Qué Van a Decir, el Discúlpate, el Qué Dirán, el ¿Qué Te Pasa?, el tranquilo y el buena onda. A la mierda con ellos. Cadáveres. Cuerpos inermes recién indoctrinados con la liturgia del formol, el maquillaje perfecto y el traje nuevo, preparados para la resurrección imposible deambulando con sonrisa forzada y ojos brillantes, como si estuvieran auténticamente vivos. Un suicida vale más que ustedes, manga de bultos aberrantes y oscuros, pesadumbre acechante.

Prefiero ver fantasmas de verdad, temblar y orinarme de miedo a tener que convivir día a día con estos reductos humanos, aterradoras presencias de lo inmediato, lo recurrente, lo predecible, lo esperable, profetas de lo supuesto, anhelantes ilusiones; muertos vivientes, casacas animadas, flotantes, tremolantes; sombras ominosas, presencias escalofriantes, visiones pavorosas, lamentos susurrantes, espasmos, claroscuros, gente que nunca será y que no deja que otros sean. A la mierda con ésos. Muertos están. Vivamos los otros.

chefherrera@gmail.com

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