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Domingo , 23.09.2018 / 10:22 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Figura pública

Adrián Herrera

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Como usted sabe, salgo en un programa de televisión. Llevo 5 temporadas al aire y pues mucha gente lo ve. El otro día alguien escribió en mi muro de Facebook: “Debería ser más cuidadoso con lo que escribe, usa muchas groserías y dice cosas inapropiadas. Como figura pública tiene una responsabilidad”. Me dejó pensando. Quiero entender algunas cosas sobre esto de la “figura pública”. ¿A partir de cuántos likes y seguidores en redes sociales se vuelve uno figura pública? También cabe preguntar si para tal efecto ser figura pública conlleva responsabilidades especiales o normas de comportamiento específicas. Yo digo que no. A menos que usted trabaje en algún puesto público ya sea político o religioso, entonces ahí la cosa cambia. Pero en general, si con “figura pública” entendemos a alguien que es conocido por una cierta cantidad de personas y posee alguna influencia sobre ellos, entonces sus condicionantes deberían quedarse en no engañar, hacer daño o incitar a otros a hacerlo. Pero no creo que deba decir ciertas cosas u omitir otras bajo el argumento de que su influencia lo exige.

Al momento de salir a la calle e interactuar en redes sociales uno se convierte, en mayor o menor medida, en figura pública. Antes, este fenómeno estaba muy limitado, pues no teníamos estos aparatos personalizados con capacidades satelitales que nos descubren al mundo entero. Éramos más reservados y la falta de esa tecnología contenía efectivamente nuestra estupidez y egolatría. Y esa observación es del finado Umberto Eco, por cierto. Las cosas han cambiado. Hoy cualquiera llama la atención: todos son estrellas. Bueno, por lo menos aspiran a serlo. Lo que la gente quiere es ser observada, notada; lo cual no es malo, pero las razones son las equivocadas, porque antes uno quería figurar por alguna habilidad o potencia y en estos tiempos solo se busca la exposición sin contenido, sentido o trascendencia. Y lo que es peor: figurar aunque sea por ignorante o pendejo.

Aún no me queda claro esta ambigua y no muy clara distinción de lo que es o debe ser una figura pública. Los que constantemente publican en mi muro e insisten en que debo contener mis impulsos, revisar mis comentarios y autocensurarme (o permitir que otros lo hagan), pues le comento que no soy portavoz de alguna asociación de valores familiares, de la arquidiócesis o de la organización de damas piadosas, bienaventuradas, místicamente arrebatadas y sexualmente comprimidas: digo lo que me sale del forro de las pelotas y en el momento más inesperado. Seré cuidadoso y diplomático, tendré tacto y ejerceré mi derecho a contestar o a ignorar a quien me confronte, esos efectos me corresponden a mí y el tono y contenido de lo que digo es de mi exclusiva acción y poder.

El que no me quiera ver, leer o escuchar pues que me ignore y ya. Y el que se alborote y escandalice pues que se apresure y vaya a darse baños de pureza y golpes de pecho y después (atento a la indicación siguiente) sea pronto en prender un cirio, rezar un novenario, pedir la extremaunción, encomendarse al santo de su devoción y pasar amable y desinteresadamente a chingar a su madre. Y siempre haciéndolo con clase y convicción.

Esto de salir en un programa de televisión es cosa netamente pasajera. Cuando se termine, la fama se va a consumir tan rápido que pronto la atención pasará y yo pasaré al más cómodo y reconfortante olvido. Así funciona esto. No le presto mucha atención al asunto porque todo es solo una ilusión, un acto de magia.

Bueno pues en mi nunca humilde opinión las únicas figuras públicas perfectas son las estatuas. Acérquese a ellas, sóbelas, hábleles, coménteles su preocupación, sus angustias, sus puntos de vista y exíjales que hagan algo al respecto. De ahí vaya al templo y récele a su santo predilecto, a ver quien le responde primero.

Pase usted un relajado y bucólico fin de semana y nos leemos la próxima semana.

chefherrera@gmail.com

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