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Viernes , 22.06.2018 / 00:48 Hoy

Feliz Navidad

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Todos los años ocurre más o menos lo mismo. Tenemos esta tendencia irrefrenable para la tragedia. Este año no iba a ser la excepción.

Una familia festeja en el patio de la casa, que da directo a la calle. Comen pasta, carne de res, frituras y beben sidra y cerveza. Niños golpean la piñata, una bocina marca la pauta con música popular y los adultos se sientan a beber. Entre el humo del asador, risas y canturreos se presiente algo. La atmósfera acumula tensión. De pronto una pickup con dos borrachos encima pierde el control, se sube a la banqueta, rompe la escuálida bardita de ladrillo y atropella a todos. Cuerpos regados por todas partes, muertos, heridos graves, shock y confusión. Nochebuena y Navidad transcurren en el hospital, la morgue, las capillas y finalmente en el cementerio.

Un anciano dormita en la sala de su casa. Su familia apenas y lo visita; sufre demencia y una sobrina lo cuida. Pero es Navidad y ha decidido pasarla en la casa de su novio. Deja al tío fuertemente medicado y se marcha. En la madrugada, un cortocircuito; arde el pino. El viejo está tan drogado que no reacciona y amanece carbonizado. La familia lleva los restos a una cripta; ya no es necesario el servicio de cremación.

Un hombre tiene un historial psiquiátrico; sufre de paranoia y alucinaciones. Entra y sale del psiquiátrico pero esta vez lo han dejado salir a casa, donde su esposa se compromete a supervisarlo y darle sus medicamentos. Las cosas van bien; salen a comprar los regalos de los niños, van al súper, él le ayuda a ella a cocinar la cena, bromean, ríen; ¡son felices! Después de todo lo que hemos pasado, ¿puedes creerlo? Esta será una Navidad inolvidable, como nunca la hemos tenido. Y que no quepa duda de eso; sentados a la mesa la familia festeja, come, bebe, conversa, hacen planes. Ahora, a dormir, ¡mañana llega Santa Claus! Pero en la mañana los regalos siguen bajo el árbol y nadie los va a abrir; la mamá y los niños están tirados en el comedor, envenenados. Papá cuelga de un cordel en las escaleras.

-Papacito, ¡ya no tomes! -dice su mujer-, te pones muy mal y es Navidad. Le pide que piense en sus hijos, en su mamá que está malita, pero él no escucha. Intoxicado, rabioso, le da un trago profundo al destilado y la abofetea. Le vuelve a dar. La familia detiene el festejo, las miradas caen sobre ellos. Su cuñado está del otro lado de la sala y lo ve todo. Va acumulando tensión, rabia. Se levanta del sofá, atraviesa la sala, entra al comedor y, enajenado, le clava la vista. Las miradas preocupantes de la familia caen sobre ellos como granizo sobre el ambiente. El hombre deja a la mujer en el suelo y, retador, saca una navaja. Su cuñado toma el cuchillo del pavo y se le deja ir encima. Gritos, alboroto. Nadie se acerca; los fierros vuelan rasgando el aire. El cuchillo del pavo le alcanza el cuello y un chorro de sangre arterial, de un rojo morado profundo y espeso salpica todo. Cae. El cuñado se reclina sobre él y lo remata, hundiendo la hoja en el corazón. El pavo yace inerte sobre la mesa, bañado en sangre.

Se apresura a dejar su escritorio limpio y en orden. Hoy han dejado salir temprano a la gente en la oficina y queda el tiempo justo para ir a casa de la tía a recoger el arroz y el turrón para la cena. Sube al taxi y recuerda que debe hablarle a su hermana para que lleve los regalos. El auto gira en un callejón; por ahí no es. Avanza. Oiga, se fue mal, era por allá. No contesta; sus ojos son como pedazos fríos de vidrio. Acelera. Ella marca en el celular, él se da cuenta. Detiene el taxi en una privada oscura, abre la puerta y se le echa encima. Manosea, babea sobre ella, golpea, penetra. Ella se defiende, grita, araña. Finalmente la asfixia. En el celular, su hermana grita y espera respuesta.

Bueno. Espero la haya pasado bien, que el niñito Jesús haya nacido en sus corazones y que los niños estén contentos con los regalos que les trajo Santa. ¡Hasta el próximo año, amigos!

chefherrera@gmail.com

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