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Sábado , 23.06.2018 / 15:35 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Felicidad

Adrián Herrera

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Papá, ¿somos felices?–, preguntó la niña; –No estoy seguro –le contesté–, pero desdichados no somos. Me dejó pensando un buen rato porque nunca me había planteado el tema. Y esto porque no siento que mi vida sea ni estresante ni accidentada, ni siento frustración. Creo que tanto yo como mi familia llevamos vidas relativamente relajadas y nuestro tiempo discurre con calma y con cierta armonía y nuestros niveles de ansiedad son bajos. La apreciación de la felicidad tiene que ver, desde mi nunca humilde punto de vista, con una actitud correcta. Le explico. Hace unos meses estaba en el aeropuerto de la Ciudad de México con un amigo; veníamos de ver un negocio. Y fue una de esas veces en que todo sale mal: –¿Bueno, pero qué chingados estamos haciendo aquí?–, preguntó desesperado porque el avión venía súper retrasado y no había hora para salir. Apenas y le puse atención; en cuanto escuché por el altavoz que el mal clima, la pésima administración y planeación de la aerolínea y el exceso de tráfico en el aeropuerto iban a crear un escenario de pesadilla, cambié mi actitud y me entregué a la lectura, a escribir, a escuchar música, a conversar con un conocido que me encontré deambulando por la terminal y a beberme un Martini en un barecillo. El amigo con el cual viajaba tomó una actitud distinta; se cabreó, le gritó a los empleados de la aerolínea, se estresó (y estresó a los que estaban en su entorno inmediato) e hizo enojar a mucha gente con su actitud. Al final no resolvió nada y perdió su tiempo. La cosa no terminó ahí. En el bar se quejó del servicio, de que su coctel no estaba bien hecho y de que la silla era incómoda. Luego se hizo de palabras con la vendedora de una tienda de souvenirs por un precio mal etiquetado y terminó casi dándose de golpes con un pasajero que accidentalmente lo golpeó con una mochila. Lo vi sentado en una butaca jalándose los pelos y apretando los dientes. Al final me dijo que pensaba que la realidad conspiraba en su contra. Mi caso fue distinto: aproveché mi tiempo al máximo, me adapté a la situación y modifiqué la realidad de mi alrededor para que funcionase de acuerdo a mis necesidades e intereses. Mire, hay muchas maneras de interactuar con el ambiente y las circunstancias que provee; resolver problemas es parte de lo que tenemos que hacer todos los días; algunas situaciones exigen solución inmediata mientras que otras son de largo plazo. La manera en que abordamos estas circunstancias determinará nuestro estado físico y mental. No se puede vivir al día nada más: hay que proyectar a futuro.

Tampoco se trata de descubrir el hilo negro y simplificar la vida; no, no existe semejante cosa como el "secreto de la felicidad": esas son mamadas. Tampoco digo que uno deba estar en perfecta armonía con el entorno porque tampoco se puede. Lo que sí recomiendo es no hacerla de pedo, tomar las cosas juiciosamente y con calma, no perder el tiempo y aprovechar las situaciones al máximo. Vivir no se trata de fastidiar al próximo (aunque algunas veces pueda ser divertido), pero tampoco que lo fastidien a uno. Hay que aprender a reconocer qué nos molesta y ver la forma de resolverlo sin lamentarse ni quejarse constantemente. Me queda claro que en cualquier situación la actitud es lo que cuenta: no precipitarse a una reacción atrabancada, observar, ensayar soluciones y hacer lo que creemos fue lo correcto o lo que más se le acerque, y después evaluar lo ocurrido para lograr una recapitulación y un aprendizaje. Observación y paciencia son la clave para reflexionar de manera precisa y tomar decisiones acertadas. Y eso podría ser un buen fundamento para comenzar a construir una definición de felicidad.

chefherrera@gmail.com

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