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Domingo , 21.10.2018 / 01:24 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Estupidez

Adrián Herrera

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Ese día, y como todas las tardes, la enfermera sacó al anciano a tomar el sol en el jardincito de la casa. El médico había limitado las salidas a no más de 20 minutos, porque era invierno y el aire venía bien frío y punzante. El viejo ya no podía moverse; una operación de columna mal ejecutada lo había dejado en silla de ruedas. Además, tenía senilidad avanzada. Esa tarde la enfermera bebía. Después de sacarlo al jardín se entregó de lleno al trago y después de vaciar la botella cayó dormida. El frente frío que anunciaban llegó y la temperatura bajó a menos cero. El viejo pegaba de gritos, pero la enfermera dormía. Amaneció congelado, con la boca abierta y los párpados abiertos. La enfermera fue cuestionada por la Policía e inventó una historia poco convincente, pero al final terminó diciendo la verdad. —Como quiera ya estaba loco el señor—, declaró después. Causa de muerte: hipotermia por negligencia.

En otra ocasión escuché una historia de un sujeto que fue arrollado por su propio auto, escuché esto: al tipo se le descompuso el carro y se bajó a revisar el motor, pero olvidó poner el freno de mano. Como estaba en una calle con pendiente pronunciada, los cambios cedieron y el vehículo fue arrastrado por la gravedad. La persona corrió cuesta abajo e intentó detenerlo, pero la velocidad que había alcanzado era tal que ya no hubo manera de hacer nada; el carro le pasó por encima. En el hospital le dijeron que sólo tenía contusiones, magulladuras y contracturas, nada serio. Nada serio para él, pero no para la señora que paseaba a su perro un poco más abajo y que terminó prensada contra una pared. La señora terminó —de por vida— en una silla de ruedas, y del perro para qué le cuento.

¿Por qué somos capaces de construir un cohete y enviar hombres a la Luna y al mismo tiempo dejar que nos atropelle nuestro propio auto? Es una pregunta que me hago con frecuencia. La estupidez debe ser una especie de humilde recordatorio de que venimos del mismo ancestro que un gusano y una cucaracha. Me pregunto cuál es el valor de la inteligencia y hacia dónde nos lleva; ya hemos visto grandes ejemplos de cómo desarrollamos tecnologías y sustancias para mejorar nuestras vidas, pero a la larga terminan dándonos cáncer y fastidiando el ambiente. Acaso la estupidez sea una virtud que mantenga a raya al incontenible e incontrolable ímpetu de la inteligencia. No lo sé. Hay otro punto al que debemos prestarle atención: hay quienes se regocijan en su propia estupidez. En efecto, no atendiendo al hecho de que ello pueda ser nocivo y traer infelicidad y tribulaciones innecesarias, la ejecutan y practican en un ejercicio lúdico que al verlo causa risa y lástima. Inexplicable.

Si la inteligencia pareciera no tener límites, la estupidez —gravemente lo digo— tampoco. Cada día intentamos ser más estúpidos. Recuerdo la película Jackass, donde un grupo de tarados busca nuevas y exóticas maneras de hacer estupideces. Luego están Dumb & Dumber y, por supuesto, Beavis & Butthead. El culto a la estupidez alcanza niveles de proyección masiva. Insisto: nos gusta y nos divierte horrores, aunque sea detrimental. Y ante este escenario, la inteligencia no tiene nada que hacer, quizá porque no hemos buscado la manera de que sea divertido. En fin, sigamos dejando que ancianos se congelen y que nos atropellen nuestros propios vehículos: lo pendejo no se nos va a quitar nunca.


chefherrera@gmail.com

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