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Jueves , 13.12.2018 / 22:03 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Español

Adrián Herrera

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Mi hijo acaba de terminar sexto de primaria y ya entra a secundaria. Para pasar de año tuvo dificultades con matemáticas y español, dos asignaturas importantes. Lo de batallar con las matemáticas lo habrá heredado de mí, de seguro, pues yo también tuve muchos problemas con esa materia en su momento. Además, ni las entiendo ni me importan. Pero el español es otra historia; primero porque es el idioma que hablamos y segundo porque me dedico a escribir. La historia es que un día llegué a casa y estaba mi mujer ayudando al niño con una tarea sobre las reglas gramaticales. Estuve un rato escuchando cómo resolvían la tarea y de inmediato me di cuenta de que había algo muy equivocado ahí. Me pareció que la agenda estaba cargada de cuestiones técnicas y poco de lo más importante: apreciación y gozo. Es literatura, coño, no se trata de preparar alumnos de primaria para que se dediquen a corregir textos.

Pienso que la educación va en dirección contraria a donde pregona la literatura. A los niños se le debería enseñar el español de dos maneras: oralmente y leyendo. Que lean, que escuchen, que cuenten y conversen en un ambiente controlado y guiado. No sirve de nada que aprendan las reglas de ortografía si no se ha desarrollado la capacidad de sentir lo leído. Además, las reglas se aprenden más con la lectura, la práctica y algo de sentido común que memorizándolas.

Conversé con una maestra de español de primaria y estuvimos de acuerdo en que la manera de enseñar no es la más eficiente y cae más dentro de la frialdad de lo técnico. Acordamos en que se debería cambiar el nombre de la asignatura a “literatura”. El español se vive, se goza, se entiende a través de un complejo mecanismo que involucra no solo leer, sino desarrollar una conciencia literaria, es decir, un reconocimiento de nuestras emociones y vivencias, y de nuestra historia en lo que leemos. También se requiere llevar a cabo una dinámica donde los niños se sienten alrededor del fuego a contar historias –así comenzó la literatura– para estimular los procesos imaginativos y reforzar los nexos sociales.

Mire, según el grado escolar será el tipo de lectura. Puede uno revisar por ejemplo cuentos populares mexicanos, fábulas clásicas (de Esopo a La Fontaine), fragmentos de los libros de historia

clásicos, como los de Heródoto, versiones simplificadas de poemas épicos, sinopsis de grandes viajes y aventuras, ciencia ficción, mitos clásicos, etcétera. Sencillamente hay mucho. ¡Tanto! Aquí el reto consiste en crear una agenda efectiva que logre cambios reales. No es fácil, pero si se pone uno a trabajar en serio, al tiempo sale con una muy buena y concisa selección de lecturas que a la larga van a cambiar la manera de los niños de percibir la literatura y, con ello, el mundo y ellos mismos.

El problema, como usted ya sabe, es la apatía ante este tipo de necesidades. Nos conformamos con los modelos antiguos –obsoletos, detrimentales– y confiamos que funcionen. Pero eso no va a ocurrir, porque se requiere de una actualización urgente y, como dije, a la gente le vale madre. No podemos enseñar literatura ni anteponiendo reglas técnicas ni pasando por alto que ya no vivimos en siglos pasados, y que hoy existen muchas influencias que han creado una sociedad muy distinta de la de antes. Hemos evolucionado, bien en unas cosas y mal en otras, pero hay que adaptarnos. La literatura necesita eso y de manera urgente. Insisto: hay que enseñarles a los niños a amar la lectura, la conversación, el intercambio de experiencias, dejarlos que imaginen, que sientan. Hay que crear una revolución profunda en ellos, sensibilizarlos. Es la única manera de que un día puedan entender lo que está por debajo de lo que leen. Dejen que se pierdan en la vastedad de las letras, coño. Y dejen las pinches reglas para más tarde. Parece que no queda claro que tenemos un país de iletrados y gente sin imaginación y eso gracias, en parte, a la educación oficial, y por otro ángulo, a la actitud en casa.

chefherrera@gmail.com

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