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Viernes , 14.12.2018 / 23:50 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Escalera

Adrián Herrera

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La escalera es, sin duda, uno de los inventos más grandes jamás creados. Muchos albergan esta creencia inconsciente de que la escalera sirve para subir. Sí, pero también sirve para otras cosas. Para bajar, por ejemplo. Y va más allá: en una foto de una expedición al Everest vi cómo usaban una como puente para atravesar una grieta en el hielo. Las escaleras tienen varias formas; unas son rectas, otras son de tijera y otras más, telescópicas. Pero hay unas que me gustan mucho y que son mis favoritas: las de espiral o caracol. Me recuerdan a la molécula de DNA y a esa notable película de Alfred Hitchcock: Vértigo. Las escaleras deben mantener una relación constante entre la profundidad de sus peldaños y la altura de los mismos, de otra manera corremos el riesgo de partirnos la madre.

Una noche vi a un gato subir por una escalera de aluminio; pasó como bólido y desapareció en un techo atrás de un tinaco. En otra ocasión vi una escalera de madera –improvisada, naturalmente–, a la cual le faltaban escalones; estaba en una construcción y los albañiles se las ingeniaban para subir por tal estructura, haciendo toda suerte de acrobacias. Las escaleras telescópicas tienen su encanto; sirven tanto para bajar de unos departamentos como para proyectarlas hacia arriba, como las de los bomberos. Ya no son meras estructuras arquitectónicas o geométricas: son casi máquinas. Hay escaleras chiquitas y grandotas. Las más chicas tienen apenas un escalón, y sirven para alcanzar esos sitios incómodos de la casa, como la alacena y el clóset. Las escaleras grandes, en cambio, nos ayudan a surcar sitios misteriosos, lugares que vemos, pero no conocemos, y cuando uno llega ahí descubre un mundo nuevo con detalles insospechados. Hay otras escaleras que van en ángulos rectos: una parte sube hacia enfrente y la otra hacia el lado contrario, y así se repite hasta el cansancio. Son aburridísimas y tediosas. De hecho, subirlas cansa más que si fueran de caracol, porque el espiral causa expectativa y uno avanza con la idea de que va a descubrir algo. Entonces, la estructura de la escalera es determinante en la manera en que uno percibe la mezcla del espacio y el momento. Si usted sube por una escalera en una pirámide, tendrá la sensación de estar en dos escenarios; el primero, de alcanzar un sitio trascendente, místico, donde habrá de encontrarse con un panteón de dioses antiguos. El segundo, menos afortunado, implica llegar hasta un altar donde le habrán de sacar el corazón para ofrendarlo a esos mismos dioses sanguinarios. Pero bueno, se trata de un ascenso recto, grandioso, monumental. Por su parte, las escaleras que bajan ofrecen un espectáculo muy distinto. He estado en unas grutas que alojaban osamentas antiguas. El descenso es frío, húmedo y cargado de aromas a musgo, minerales y barro. Baja uno cerca de 50 metros y el espiral nos va envolviendo en una mortaja de sonidos apagados y de un aire enrarecido. Hay poca luz y uno imagina el inframundo. Una vez me tocó subir por uns escaleras de concreto en una construcción; los albañiles cometieron un error y al final de las mismas se llegaba a un precipicio. Fue una sensación de angustia como nunca lo había sentido.

Pero también hay escaleras construidas sin ningún propósito: las del jardín surrealista de Edward James en Xilitla. Los caminos ahí siempre terminan en la jungla. Las escaleras pueden ser paradójicas y absurdas; basta con ver los dibujos de Escher para que nuestro cerebro se trastoque averiguando qué sube y qué baja. El problema es que lo que sube se conecta con lo que baja y son estos ciclos imposibles los que ocurren no en el dibujo, sino en nuestra cabeza. Para volverse loco.

Escaleras que suben, que bajan, que se enrollan, que sirven de puente, que se conectan a sí mismas en ciclos eternos, que no llevan a ninguna parte, escaleras microscópicas y telescópicas y escaleras sin terminar: construimos estas vías absurdas en un mundo redondo que da vueltas sin cesar y que nos tiene atrapados en una realidad que nos protege del abismo frío e insondable del cosmos.

Nunca saldremos de aquí.

chefherrera@gmail.com

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