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Viernes , 25.05.2018 / 19:43 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Emociones

Adrián Herrera

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El otro día navegaba plácidamente por internet cuando de pronto me salió un anuncio de Facebook. Decía algo así como "empoderando la libertad de expresión; comparte cómo te sientes con reacciones". Y luego venían una serie de emoticones y símbolos para lograr tal efecto. A ver, primero que todo: el Facebook no es un órgano de información periodística ni un foro de lucha por la libertad de expresión, así que por favor, no mamen. Segundo: esto es preocupante; nos estamos acostumbrando a expresar estados de ánimo con símbolos y caricaturas. Qué tan jodido puede ser eso. Dos de los grandes problemas del ser humano son no expresar efectivamente sus emociones y no tener una comunicación clara y precisa, y el Facebook es el mejor lugar para ver justamente ese fenómeno.

Yo no sé qué tan catártico o terapéutico pueda ser comunicarse con símbolos y caritas ridículas a través de un monitor de computadora. A veces pienso que la tecnología nos hace retroceder. ¿De veras cree usted que picarle a un botón que genere un emoticon o una manita complaciente de color azul genera un efecto psicológico real? Al paso que vamos a los psiquiatras pronto se les va a terminar la chamba. Recuerdo un conocido que tenía problemas y le recomendaron ver a un psiquiatra dizque muy bueno. El problema, le informaron, es que no vive en Monterrey; está en la Ciudad de México. No hay problema: las consultas se dieron por teléfono. En serio. Pero qué mamada es esa. Y le comento que así estuvo un año pasadito. Yo no me explico cómo funcionan esas terapias. El rostro humano tiene un chingo de músculos capaces de transmitir muchas emociones y estados de ánimo. La cantidad de información que uno puede generar no solo con el rostro sino con la acción conjunta de extremidades superiores y el cuerpo en general es apabullante. Si no me cree pregúntele a un mimo. Pues bien; evolucionamos no solo con el lenguaje hablado, sino con el corporal. De hecho, el lenguaje vino al último. Entonces: no me queda claro cómo carajo puede uno sobrellevar una terapia psicológica por teléfono. Para mí, eso no es más que una platiquita entre gente aburrida. Es intrascendente, inconsecuente y termina por olvidarse pronto. Es más, me atrevo a ir tan lejos como sugerir que las "terapias" telefónicas no son muy distintas a otras estafas que se dan por ese medio.

Luego veo algo todos los días; a alguien se le muere su abuelito o su perro, lo postean bañados en lágrimas y al momento caen carretillas de comentarios de apoyo y resignación. Lo peor es que ya nos hemos acostumbrado a compartir estas cosas y a creer que se genera un sentimiento auténtico de consolación en todo el proceso y que termina en una especie de remedio terapéutico.

A fuerza de no comprenderlas y no saber cómo manejarlas, estamos sintetizando nuestras emociones en paquetes elementales; las arrojamos a una máquina y un mundo virtual que se encarga automáticamente de clasificarlas, procesarlas, distribuirlas y convertirlas en fórmulas y estadísticas.

Sí, podemos crear nuevos y más complejos emoticones, otorgarles características complejas, pero siempre seguirán siendo eso: dibujitos computarizados chistosos y fundamentalmente idiotas.

Le estamos dando a las redes sociales y a los teléfonos celulares poderes y capacidades que no poseen. Demasiada confianza en ellos, creo. No sugiero regresar a la edad de piedra, solo pido mesura, buen juicio y sentido común, coño. Terapias psiquiátricas telefónicas, estados emocionales virtuales; nuestro sistema nervioso no funciona igual que las máquinas que hemos creado, que quede claro. Hay que volver a comportarnos como seres humanos, no como robots. Ya estuvo bueno de caritas felices y manitas con el pulgar levantado. En un futuro, cuando todo eso –presumiblemente– haya desaparecido, se van a reír de nosotros.

A carcajadas.

chefherrera@gmail.com

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