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Martes , 23.10.2018 / 12:30 Hoy

Columna de Adrián Herrera

El Camino

Adrián Herrera

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De niño me decían una sarta de mentiras acerca de El Camino. Afirmaban que quienes se trasladan de un punto a otro lo hacían porque había que llegar, alcanzar una meta y que El Camino sólo servía para tal efecto. Después afirmaron que no era el caso, que lo importante era el trayecto en sí, el proceso, y que llegar era sólo una excusa, un pretexto para recorrer El Camino y gozar la experiencia y aprender de ella. Claro que todo eso resultaron ser enormes y tremendas mamadas. El Camino no está ni predeterminado ni está esperándonos. No está hecho a la medida de lo que somos ni de lo que queremos o esperamos.

El Camino es, de hecho, un lugar peligroso.

Está lleno de seres y cosas oscuras, acechantes y extrañas: sapos embrujados, serpientes susurrantes, pensativas y filosóficas rocas que le cantan a la nada, meditabundos búhos, reptiles temblorosos, gigantescas y bronceadas hormigas, mujeres con barba y tres tetas, árboles momificados con tumoraciones palpitantes, ecos misteriosos que se entremezclan con sombras y gélidas brisas y generan acojonantes fantasmas, oscuras aves con garras de tigre y ojos de lince, bichos radioactivos, topos telepáticos, gusanos electrificados, mariposas de vidrio, impacientes tortugas, cabras esquizoides, leones vegetarianos, paranoicos pulpos, loros sordomudos y místicos cuervos.

El Camino tiene la forma que le place; a veces es recto, tedioso e irremediablemente aburrido. Otras le sale lo juguetón, se hace cosquillas y se pone sinuoso. Pero hay días que se juega lo extraño y luego de locas vueltas por todas partes vuelve a sí mismo y termina donde empezó. También le da por empezar recto y prometedor, pero en un punto comienza a tensarse y hacer muinas hasta que se rompe en cientos de pequeñas, flacas y enloquecidas veredas. A ratos desaparece y al tiempo se vuelve a materializar, pero ya es irreconocible y así uno ya no sabe si seguir, regresar o quedarse ahí. Claro que el problema es que en El Camino uno nunca puede regresar. Quien camina por El Camino –que sólo hay uno: ese– teme ser constantemente engañado, porque El Camino posee un sentido del humor muy variable –impredecible, de hecho– y hace lo que se le pega su regalada gana. Por ejemplo; si un día estás contento, pone las cosas para que te pongas más, mucho más contento; tanto, que ocurren dos cosas: enloqueces o te deprimes. En ambos casos la única salida es el suicidio, y a El Camino le gusta la gente que se mata o que simplemente se muere; no le gustan los vivos y mucho menos los vivos felices; los ridículos, sonrientes y tontos vivos felices.

Dicho todo lo anterior me permito recomendar andar por El Camino con cautela, precaución y probidad. Aunque presiento que tal actitud no sirve de nada, pero como quiera hay que hacerlo porque uno nunca debe perder la esperanza, a riesgo de perder la cordura. Tarde o temprano caeremos víctimas de los erráticos caprichos y oscuros humores de El Camino.

Luego de décadas de deambular por él me he dado cuenta que El Camino esconde, te deja buscar, pero no revela nada, y cuando lo hace, uno no encuentra nada que valga la pena, salvo la realización de que perdimos el tiempo miserablemente. Asimismo, El Camino presenta verdaderos problemas, retos que someten al intelecto a grandes presiones, pero cuando uno cree haber resuelto o alcanzado una trascendente y luminosa verdad, aquello termina siendo una triste falacia, un engaño monumental, una patética imposibilidad.

Me queda claro que El Camino hay que andarlo a ciegas, sin esperar nada y haciendo lo menos posible para no perturbarlo y despertar sus humores bizarros. La verdad es que El Camino es una cosa que se sirve a sí misma y ocurre bajo sus propias e inescrutables reglas y no lleva a ninguna parte ni a nada, y lo mejor es esperar a que se termine lo más pronto posible.

chefherrera@gmail.com

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