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Viernes , 22.06.2018 / 21:08 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Dos soles

Adrián Herrera

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A mi hija de seis años le cuento historias y mentiras a cada rato. Y es que si hay algo que a los niños les encanta (y que hacen mejor que nosotros) es inventar cosas y creerlas. Por eso cuando uno les dice cosas imposibles, ellos las aceptan de manera natural. Ése es el mundo que habitan y crean.

Un día íbamos en el carro: -¿Conoces el mundo con dos soles?, -pregunté-, ¿Es una película?, -No, respondí. Se quedó pensando un momento y dijo: -Sí, conozco ese lugar, hace un año estuve ahí; es un mundo con dos soles y dos playas, en uno dices la verdad y en el otro no.

Ella reconoce un mundo que posee dos facciones: una es la que intuye que es real (o sea, la controlada por los adultos y la autoridad que representan y en la cual debemos decir la verdad) y la otra, de cierta manera antagónica, es netamente la que ella, en calidad de niña, imagina y en la que desea vivir, y en ella pueden decirse mentiras (que no son tales, más bien representan realidades alternativas que rompen con la frialdad del mundo con reglas y fórmulas). Porque la imaginación es, ante todo, deseo. Y el deseo corre por encima de cualquier intento de vejación de eso que es lo más sagrado e intocable: el mundo de lo imposible que se vuelve posible con desearlo, imaginarlo, soñarlo. Entiendo que este segundo universo pueda ser más interesante, relajado y prometedor que el dominado por los adultos y su escrutinio histórico, científico y de experiencia acumulada, pero también puede ser un tanto excluyente y aburrido, hay que aceptar eso. En todo caso, ambas facciones poseen características en común: pueden ser mundos tenebrosos, siniestros, violentos, impredecibles y macabros, pero sólo en la realidad catalogada de objetiva es donde estos atributos generan consecuencias contundentes. Por eso, al final cedemos y optamos por vivir en la realidad fantástica. Ahí el dolor y la muerte son sólo atributos relativos y pueden ser fácilmente soslayados.

Yo lo veo así: Pienso que todos tenemos un doctor Jekyll y un señor Hyde. Seguimos viviendo un mundo dual donde en uno nos permitimos ejercer toda suerte de perversiones, digresiones y rarezas mentales, y en otro ejercitamos piadosamente una realidad moderada y correcta. ¿Por qué? Porque es emocionante recibir reglas estrictas y claras y después romperlas. Transgredir estas normas nos lleva a algo fundamental: explorar y descubrir. Es la fórmula que hemos heredado y a la cual nos hemos adaptado. De alguna manera hemos tejido esta estructura donde generamos leyes que consideramos absolutas y eternas sólo para justificar una rebeldía que cargamos dentro de nosotros como una huella genética indeleble e ineludible. Y esta tendencia hace que avancemos de manera constante y consistente y así descubrimos nuevas cosas: permutamos las variables conocidas y generamos posibilidades. ¿Por qué no podemos hacerlo sin la lógica de la prohibición y la censura? No lo sé, pero presiento que tiene que ver con ese elemento lúdico que está por encima de lo racional. Y mientras esto nos lleve a una evolución, reflexión y concientización de nuestra condición y futuro, no hay problema.

Las mayores de nuestras trabas y taras mentales son de origen moral. Debemos aceptar esto.

Un día vamos a entender que el mundo no está conformado por esta dualidad simplista y tonta que nos han enseñado, que esta indoctrinación histórica y social sirve a intereses que nada tienen que ver con la búsqueda de la verdad ni con la expresión de lo que ocurre día con día.

Me pregunto si podemos vivir en una realidad unificada, una que simplifique estas tendencias pueriles en un esquema que tenga sentido práctico, pero también uno que exhiba posibilidades tan energizantes y emocionantes como las que derivan de la fantasía: vivir con la capacidad fantástica de los niños pero con la resolución creativa y práctica de los adultos. Entonces podremos hablar de un futuro congruente dentro de un mundo con un mismo sol.

chefherrera@gmail.com

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