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Miércoles , 14.11.2018 / 09:50 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Delusión

Adrián Herrera

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La psiquiatría establece una diferencia básica entre “alucinación” y “delusión”; la alucinación es una experiencia perceptiva que ocurre en las mentes de las personas sin ningún estimulo externo, en tanto que la delusión es una creencia fija en algo que no es susceptible de cambiar frente a una evidencia conflictiva o adversa. En cualquier caso, ambas experiencias son, en mayor o menor grado, efectivamente desórdenes de carácter psicótico.

Cosas como que la Tierra es plana. Por favor. Esa postura va en contra de toda evidencia. Eso es la mejor definición de una delusión. Y no, no se ría: lo que para usted es chistoso y tonto, para otros representa su modelo de la realidad. Y lo van a defender a como se pueda, incluso con violencia. Cuidado.

La delusión, es decir, el esquema bajo el cual uno acepta tácitamente algunas premisas y hechos sin cuestionarlos y sin tomar en cuenta la evidencia en contra de ellas, es característico de nuestra época. Sí: ha existido siempre, pero hoy se ha acuciado por el efecto de las redes sociales. La gente se cree casi cualquier cosa que leen en Facebook, Instagram o Twitter. Basta con leer que “Un reconocido investigador” o “Científicos de varias universidades han encontrado que...”. Nunca se dice qué investigadores o cuáles universidades encontraron o avalan tales afirmaciones. Pero el estilo de decirlo y publicarlo es determinante y así se logra que una gran mayoría caiga en la trampa. Pues estas masas de ignorantes están indoctrinadas en el arte de la decepción, de la banalidad, de la reacción sumisa y sin trasfondo y contenido. A ellas se les puede convencer de lo que sea. No piensan, no reflexionan, no cuestionan: aceptan. Son llevadas a reaccionar en contra o a favor de tales o cuales premisas, y de esta manera se garantiza su lealtad ante ciertas posturas o credos.

Increíble que un gran número de graduados de universidades y gente con maestrías, doctorados y capacitación científica crea ciegamente en mamadas tan grandes y desproporcionadas como la homeopatía, la magia, la cienciología, el movimiento antivacunas y otros disparates así. Sencillamente no lo puedo procesar. Pongan su cerebro a funcionar, coño, y dejen de creer solo porque necesitan hacerlo. Su problema es emocional, no lo mezclen con una realidad científica que nos ha llevado siglos concretar. Ya, por favor. Si tienen datos específicos, pues preséntenlos, pero no estén chingando con delirios que no solo no aportan nada, sino que van en contra de lo que sabemos funciona y que, de hecho, ha logrado que llevemos vidas más sanas y longevas.

Un buen ejemplo es la homeopatía. Después de incontables pruebas a lo largo de décadas, se llegó a la conclusión de que no es más efectiva que un placebo. Y claro, quienes no logran presentar evidencia convincente que justifique sus tratamientos primitivos y mágicos, recurren al argumento falaz de las “conspiraciones”; son las grandes empresas farmacéuticas las que evitan el uso de la medicina alternativa por cuestiones de dinero. Sí, claro. Van tan lejos como para afirmar que ya se encuentra la cura para el cáncer (y otras enfermedades graves), pero estas empresas prefieren ocultar esta información porque no les conviene y prefieren seguir lucrando con sus costosos tratamientos. Hasta el día de hoy no existe ninguna prueba de que esta teoría sea real ni de que existan estas panaceas conciliadas. La única conspiración real que sí le puedo demostrar es la de los que niegan la efectividad de las vacunas y que gracias a sus esfuerzos han logrado crear brotes de enfermedades que ya habían sido efectivamente erradicadas. Bien ahí, idiotas.

En fin. Hay mucho que hacer. Seguir insistiendo en lo peligroso que resulta creer mamadas sin cuestionarlas, vivir inmersos en delusiones y patrañas, y no reconocer el momento crítico en que estas actitudes comienzan a dañarnos de manera profunda y muchas veces irreversible. Hasta ese día.

chefherrera@gmail.com

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