• Regístrate
Estás leyendo: Constitución
Comparte esta noticia

Columna de Adrián Herrera

Constitución

Adrián Herrera

Publicidad
Publicidad

¿De dónde coño vienen las leyes que tenemos? ¿Quién y cómo planteó, diseñó y llevó a cabo un documento tan trascendente para un país como una constitución? ¿Cómo evolucionó (y cómo cambia)? ¿Es esta Carta Magna inamovible, inviolable y siempre confiable? Lo que más me intriga de todo esto es el hecho de que una nación que recién termina por constituirse como independiente requiere plantearse el hecho fundamental de crear leyes para funcionar y la manera en que lo hicieron. Para mí, se puede empezar a comprender este fenómeno a partir de la Constitución de 1857. El libro de Daniel Cosío Villegas, La Constitución de 1857 y sus críticos, me ayuda a esclarecer muchas dudas. Lea:

“El primer problema al que de modo inevitable se enfrenta una colonia que logra separarse de la metrópoli es el de existir, el de ser, el darse una vida y una personalidad propias. Esto exige muchas cosas, digamos organizar su economía para que sirva a los intereses de la nueva nación y no ya los de la antigua metrópoli imperial. Pero, antes que nada, requiere idear la forma como la nueva nación designará a sus autoridades, tarea esta que antes corría por cuenta de esa misma metrópoli. Y no puede idearse otra forma de hacerlo que mediante una ley superior o suprema, es decir, que esté sobre todas las demás leyes. Por eso se llama “constitución”, porque organiza o constituye al país políticamente”.

Y que este cuerpo de leyes debe estar por encima de cualquier facción política o ideológica, es decir, que cualquier diferencia de opinión debe resolverse dentro de los límites de estas leyes. Eso es muy difícil. La esencia de la Constitución es crear un cuerpo de principios fundamentales que garanticen una convivencia ordenada y que logren resolver cuitas y diferencias bajo un esquema de confianza legal que se aleje de todo fanatismo y dogma. Y eso implica insertar un mecanismo que permita que estas leyes puedan ser efectivamente modificadas –incluso revocadas– según la necesidad (urgente, a veces) de los tiempos. Pero nunca para retroceder. Y claro que eso puede ocurrir, y, en algunos casos menores, ha ocurrido. Y ése es justamente el miedo que tengo: que los legisladores comiencen a cambiar las leyes pequeñas para ir poco a poco y con mucha paciencia escalando para cambiar las de arriba. Suena a complot, pero es una realidad. Cuidado. Pero existe otro problema más acuciante y grave, uno que incluso permite que se cambien las leyes: la corrupción y la coerción del narco y de algunos grupos empresariales e individuos malechos han creado ya una especie de cultura de la cual no nos vamos a librar en muchos años. La extorsión y el miedo ya están por encima de las leyes. Entonces me pregunto qué tan protegidos estamos por este cuerpo normativo, y para no ir más lejos, me contesto que vivimos en un país donde la gran mayoría de los problemas legales se resuelven con amigos, sobornos, chanchullos varios y coerción. No entiendo entonces cuál es la ultilidad de una carta magna ni de sus derivaciones menores. ¿Adorno?

Mire, ya en el momento que conocemos la historia de la Iglesia Católica y su notable inquisición, y de tantos regimenes e imperios (de todas épocas y todos los siglos, aun hoy y en el futuro que nos aqueja) que han coartado la libertad, para mí es muy emocionante leer estos dos artículos de la constitución del 57:

“Artículo 6: la manifestación de las ideas no puede ser objeto de ninguna inquisición judicial o administrativa”.

O qué tal lo que establece el artículo siguiente:

“Es inviolable la libertad de escribir y publicar escritos sobre cualquier materia. Ninguna ley ni autoridad puede establecer la previa censura, ni exigir fianza a los autores o impresores, ni coartar la libertad de imprenta, que no tiene más límites que el respeto a la vida privada, a la moral y a la paz pública”.

Pero después recuerdo a todos los periodistas asesinados por incomodar a políticos y gobernantes y se me pasa la emoción.

Por cierto, la Constitución del 57 no funcionó; Porfirio Díaz se la pasó por los huevos y tomó lo que le convenía. Luego tuvimos otro régimen dictatorial disfrazado de partido político y ahora francamente no sé para dónde vamos. Seguiré creyendo que las leyes funcionan y que quienes las soñaron e hicieron confiaron en que iban a evolucionar satisfactoriamente, por encima de intereses personales, partidistas o netamente maléficos. Ya veremos.

chefherrera@gmail.com

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.