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Miércoles , 15.08.2018 / 03:01 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Conocimiento

Adrián Herrera

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Entré a la pequeña librería y no encontré más que al encargado y a la cajera. Me dieron las buenas tardes y ansioso comencé a pasearme por los estantes, a merodear entre las secciones de aquel lugar a ver qué títulos brincaban.

Acostumbro este ejercicio de pasar un buen rato mirando hasta que veo algo que me gusta y así salieron tres libritos; dos de Byung-Chul Han y otro de Martha Nussbaum.

Caminando hacia la caja me le acerqué al encargado y le dije: –Mucha gente no entiende que nos llevó centurias tener un sitio como este, lleno de libros impresos con todos los temas imaginados, y además tener la capacidad de comprarlos a buen precio y más que todo lo anterior, de poder leerlos.

En el fondo me molestó ver una librería vacía. Me pareció una falta de respeto ignorar un lugar así, porque una librería –y la biblioteca– no sólo son cúmulos de textos, son una efectiva consolidación de sabiduría, gozo y, más importante, de libertad.

¿Para qué queremos aprender? ¿Qué función cumple el conocimiento? Estas son preguntas muy importantes y se supone que no deberíamos, a estas alturas, cuestionar ni la validez ni la utilidad del conocimiento, pero la ignorancia nos gana terreno y debemos, una vez más, como tantas en la historia, de revisar el tema (es urgente) porque la situación lo amerita.

Ocurre que el conocimiento hoy se centra en lo práctico, haciendo a un lado lo especulativo, lo reflexivo y lo artístico. Fernando Savater, en su libro figuraciones mías aboga por "la importancia de seguir tutelando en escuelas y universidades ese afán de saber y de indagar sin objeto inmediato en el que tradicionalmente se ha basado la dignitas hominis".

El conocimiento, si no se le ve una aplicación inmediata y práctica, es rechazado y tachado de inútil. El mismo autor señala que "se nos quiere encerrar en una fórmula reductiva de lo práctico, ignorante de que existen tareas intelectuales sumamente provechosas, aunque no sean rentables".

Me queda claro que todo se ha vuelto obsesivamente práctico. El peligro es que hemos hecho a un lado valores intelectuales que antes fueran la fundación de muchas de nuestras instituciones.

Savater, citando a Martha Nussbaum sobre los niños en la India: "La mayoría de ellos fueron criados con la idea de que conseguir un buen trabajo es el objetivo principal de la educación. El concepto de que las personas deben aprender cosas que las preparen para ejercer su ciudadanía de manera activa y reflexiva es una idea que jamás se les cruzó por el camino".

La búsqueda del conocimiento ocurre de manera natural en nosotros; la curiosidad innata nos empuja irremediablemente a observar, a preguntar, a clasificar, a urdir en cada hueco, en cada fenómeno y en cada punto luminoso que aparece durante la noche en la bóveda celeste. Pero tener conocimiento estructurado y acumulado nos ha costado mucho tiempo y sangre, y sólo es justo reconocer que se trata de un lujo, de una herramienta valiosísima que sólo puede propiciar una mejor civilización.

Lo que aprendemos, lo que conjeturamos, sirve para mucho más que esa utilidad práctica e inmediata; funciona para crear en nosotros esquemas de reflexión y cuestionamiento que nos lleven a mejorar el funcionamiento de nuestras instituciones y de nuestras vidas cotidianas, y sirve para evitar abusos por parte de quienes administran esas instituciones.

De no hacerlo, sólo podemos esperar un futuro retrógrada y de pesadilla donde estén efectivamente suprimidos de manera oficial la curiosidad, la búsqueda de la verdad y el ejercicio de la libertad tanto individual como social, porque estaremos bajo la sombra ominosa del totalitarismo y el fanatismo.

Salgo, camino por la calle y la librería queda atrás como un mausoleo habitado por fantasmas y ecos, un sitio muerto y silencioso que un día lamentaremos haber perdido.

chefherrera@gmail.com

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