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Sábado , 26.05.2018 / 17:37 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Chipinque

Adrián Herrera

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Chipinque es un parque que se encuentra en una meseta en la Sierra Madre Oriental, y da a la ciudad. Se llega por una carretera sinuosa que corta a través de estratos de roca caliza y un bosque increíble. Es lugar de esparcimiento para la gente de Monterrey y es, de hecho, uno de sus parques más antiguos y emblemáticos. Hay un hotel; es discreto, tiene alberca y se come bien. Esa tarde estábamos en la alberca, tumbados en los camastros viendo la montaña. Sobre la superficie del agua flotan varios insectos muertos y hojas. Hay poca gente y se escuchan cantos y chiflidos de aves. Frente a nosotros se levanta la pared de la sierra; desde la meseta se forma una ladera pronunciada con varios riscos monolíticos y que termina en una pared vertical de roca gris. La Tierra gira hacia el este y el Sol se oculta en el oeste; los rayos se hacen cada vez más perpendiculares a la sierra, que corre de oriente a poniente y comienza a soplar un viento cada vez más fresco. Los peñascos se ocultan entre los pinos dejando entrever secciones de roca blancas mezcladas con tonos de gris y verde. El sol saca tonos cálidos al bosque y la roca allá arriba refleja colores ocres y naranjas muy vívidos. Es la mejor parte del día, donde la iluminación parece como artificial. Pero pronto la luz irá disminuyendo y los verdes del follaje se transformarán en alientos cada vez más fríos y la roca pasará a mostrar su esqueleto gris oscuro. El cielo, azul pastel, con algunas nubes erráticas, desbaratándose.

Hay que saber estarse quieto y callado, y dejar que el planeta dé vuelta y dejar que sus cosas ocurran; entonces nos revela cosas antes insospechadas. Un mismo punto cambia muchísimo según el momento del día; la iluminación muestra, oculta, modifica: engaña. Un peñasco de forma cilíndrica con pinos alrededor de su base y en la cumbre aparece inerte, sin volumen. Su cuerpo estratificado solo enseña una pátina que va desde un gris aburrido hasta un ocre suave mezclado con verde olivo y manchones de café oscuro. Pero una vez que le pegan los rayos del atardecer su cara se ilumina y de pronto aparecen naranjas y amarillos. Los estratos parecen vetas de oro y plata y toda la estructura ha cobrado profundidad y vida.

En las paredes más altas de la montaña aparecen, por virtud del ángulo de los rayos solares, fracturas alargadas y profundas de donde salen pequeños arbustos y agaves. Los troncos de los pinos resplandecen en un tono casi blanco.

Ha caído la oscurana, la ladera muestra progresivamente colores más parcos que se van entremezclando, homogeneizándose, ensombreciéndose. Las paredes se alzan ya frías pero en el reborde de su cumbre destella apenas el sol en un resplandor muy breve que contrasta con el azul grisáceo de la atmósfera.

Murciélagos pasan sobre nosotros con su vuelo espasmódico y nervioso. Muy arriba un jet va dejando una estela de vapor de agua. ¿Qué hace el avión en mi paisaje? Siendo tan común –ya parte del paisaje, de hecho– siento como si se tratara de un intruso, una especie de violación.

Hay un tipo de magia en el escenario del cielo; en un momento no hay nada, solo el azul pastel, difuminado e inexpresivo. Luego aparece de la nada una nube solitaria, deshilándose. Más tarde hay un cambio en la temperatura y se materializan una secuencia de nubes aborregadas, entonces se desvanecen y aparecen finísimos hilos calentados por el sol y que al tiempo se rompen para dejar, una vez más, al cielo con su aburrido tono de siempre.

Se ha ido la luz y el cielo es ahora una gran bóveda oscura y en contra de la cual se aprecia el contorno de la sierra, solo una línea rugosa y fría apenas dibujada en la oscuridad.

Se encienden las luces de la alberca y comienza otro juego, otra realidad: la de la imaginación.

En la profundidad del bosque rebota en ecos el graznido de un cuervo.

chefherrera@gmail.com

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