• Regístrate
Estás leyendo: Chaleco
Comparte esta noticia
Sábado , 21.07.2018 / 13:19 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Chaleco

Adrián Herrera

Publicidad
Publicidad

La sobrecargo ejecuta su rutina de seguridad; cómo abrocharse el tonto cinturón, la aterradora situación donde caen las mascarillas de oxígeno anaranjadas del panel superior, las salidas de emergencia y, al final, el chaleco salvavidas. Este interesante objeto está guardado debajo de los asientos y, como su nombre lo indica, salva vidas. Sí. Pero sólo puede salvar vidas a mitad del océano. O más bien, puede ayudar a evitar que nos ahoguemos. Lo que no puede hacer es salvarle la vida curando un cáncer o enfermedad terminal. Tampoco posee la capacidad de salvarle a usted de una herida de bala, del impacto de un objeto contundente sobre su cráneo, de la punción mortal de un arma punzocortante o llevar a cabo una resucitación cardiopulmonar. Tampoco es capaz de salvarnos del pecado y presentarnos ante la gloria de Dios. Su funcionalidad queda relegada al agua. Y aún así, el hecho de que el chaleco sea un auxiliar en la preservación de la vida en una situación de flotación es relativa y merece reflexión; ahora le explico. Si la aeronave cae a mitad de alguna de las extensas masas de agua de este nuestro planeta, y suponiendo que se dé el remoto y milagroso hecho de sobrevivir al accidente, la probabilidad de que alguien nos recoja antes de morir de sed, insolación, locura o de que nos coman los tiburones es mínima. Entonces, el chaleco, por lo menos para esta circunstancia, sirve para una contundente chingada. Empero, hay que ser optimistas; si la aeronave acuatiza cerca de una costa, en un lago o río, la probabilidad aumenta. Caso concreto: un jet cuyas turbinas comieron una excesiva cantidad de patos tuvo que acuatizar en el río Hudson; aplauso al piloto y al chaleco: nadie se ahogó. Pero esto fue algo tan raro que hasta película le están haciendo.

Estadísticamente, el chaleco salvavidas no es más que un placebo. No es mágico y no posee la capacidad de transformarse en una balsa con motor, agua potable, provisiones y combustible suficiente como para alcanzar un sitio seguro. No estoy sugiriendo retirarlo de los aviones porque, como ya se ha podido constatar, sí funciona. Si el chaleco salvavidas logra salvar vidas en el proceso de un accidente, ¿por qué cuestionar su funcionalidad, su misma existencia? No puedo responder a eso. Supongo que el chaleco es un artefacto importante —quizá trascendente— y ciertamente útil. De lo que no puede jactarse es de poseer un valor estético; lucirlo no nos llevará a una pasarela de modas. Claro, habrá quien lo encuentre atractivo. Como disfraz de Halloween quedaría fantástico; llegar disfrazado de accidente aéreo, con el chaleco y la mascarilla de oxígeno anaranjada, el rostro blanco de terror y con una sobrecargo con un altavoz pidiendo conservar la calma y asumir la posición de impacto sería épico.

En el fondo habría que preguntarnos si el tonto chaleco salvavidas no sea en realidad una metáfora sobre nuestra existencia y la angustia de desaparecer por completo después de morir. No me ha tocado ponerme uno encima pero sospecho que el día que lo haga se desataría un proceso de introspección y de análisis filosófico que podría llevarme a estados de claridad mental o de locura extrema. En realidad no tengo idea de lo que quiero decir pero lo estoy diciendo de todas maneras. Lo mejor es dejar el dichoso chaleco abajo del asiento y seguir disfrutando de este maravilloso vuelo en primera clase y de la copiosa cantidad de ron que me sirve la sobrecargo y sólo esperar que el avión no se caiga para averiguar si todo lo que dije tenía sentido (sospecho que no). Lo cierto es que no pienso llegar sobrio a mi destino.


chefherrera@gmail.com

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.