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Martes , 14.08.2018 / 23:02 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Calidad

Adrián Herrera

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Tengo algunos amigos y conocidos que se fueron a trabajar a Estados Unidos y allá se quedaron. Cuando hablo con ellos tocamos el tema de las diferencias y similitudes entre ambos países y siempre se comenta sobre la manera de trabajar. Todos concuerdan: allá no pueden trabajar de la misma manera en la que estaban acostumbrados. No hay que sacarle la vuelta al asunto: en México somos bien chileros y en el fondo nos vale madre.

No me gusta reducir las cosas de esa manera, pero no estoy equivocado. Primero porque soy mexicano y tengo un poquito de esa actitud y segundo porque tengo negocio y lo veo todos los días.

El mexicano que se va al otro lado a trabajar aprende duramente otra realidad: que hay que chingarse para salir adelante, que las cosas se deben hacer bien o te corren (y demandan) y que todo esto trae no sólo satisfacción, sino dinero.

Mi hermano una vez me platicó una anécdota sobre el carpintero que nos hacía chambitas en casa de mis papás, el maestro Pirucas. Un día el maestro estaba arreglando una puerta que se había caído. Sabiendo que tenía que comprar goznes nuevos y otras cosas, le pareció innecesario ir a la ferretería, decidió improvisar y solucionó el problema con una mexicanada hecha de alambres, clavos y trozos de lámina. El resultado, como ya se podrá imaginar, fue que en cosa de semanas la puerta se volvió a caer. Todo por no hacer las cosas bien desde el principio y por andar pegándole al Mandrake. Mire, vivimos haciendo parches para todo; los mecánicos, plomeros, carpinteros, contadores, en cocina también se llenan huecos con esa misma lógica y he escuchado de más de un médico que hacen arreglos interesantes en sus pacientes. El problema aquí es de base: es una actitud equivocada, una que tiende a tomar un rumbo que le saca la vuelta a las soluciones efectivas por regocijarse en una agenda romántica llena de clichés y supuestos falsos. En muchos restaurantes a los que voy pregunto qué vino o café tienen y casi siempre me contestan cosas vagas y ambiguas como "ese vino está saliendo muy bueno, oiga" o "el café es de muy buena calidad", pero no saben decir por qué son buenos o qué características poseen como para ser recomendados. Se contentan en sacar la chamba por encimita. Surgen preguntas, dudas; ¿por qué tomarse la molestia de hacer las cosas bien, de concentrarse en los detalles, de informarse adecuadamente sobre lo que hacemos o vendemos, de llevar nuestro oficio a nivel de excelencia? ¿Por qué hacerlo cuando podemos simplificarlo y sacrificar calidad, ahorrando tiempo y ganar más dinero? Por esta razón: porque lo que hacemos expresa lo que somos, y ahí se manifiesta nuestra capacidad, intención, la historia que venimos creando, los deseos y el empuje que tenemos. Y cuando actuamos de esa manera logramos crear una pequeña onda de choque que repercute en un entorno que puede ser desde muy cercano e inmediato hasta muy amplio. Si nos vamos a conformar con lo fácil, lo mediocre, las salidas rápidas y las soluciones que sólo se vuelven a transformar en problemas cada vez más difíciles de resolver, entonces no podremos crear esta actitud colectiva de hacer bien las cosas y seguiremos correctamente jodidos. Basta de parches: el trabajo se hace bien desde el principio y con un compromiso con los demás. Las mexicanadas no son chistosas y no presumen nuestra capacidad creativa: explotan el chilerismo que nos identifica. Y andar tapando hoyos con remedos e improvisaciones sólo pospone y complica lo que desde un principio pudo haber sido un trabajo bien hecho, y en última instancia, una vida bien llevada, productiva y trascendente.


chefherrera@gmail.com

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