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Lunes , 15.10.2018 / 17:16 Hoy

Columna de Adrián Herrera

Apocalipsis

Adrián Herrera

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"Y vi a los siete ángeles que estaban delante de Dios; y les fueron dadas siete trompetas, Y los siete ángeles que tenían las siete trompetas se dispusieron a tocarlas".
San Juan.


El vuelo sale a las 8 AM y me siento a tomar un café en espera del abordaje. Hago fila para ordenar mi bebida; atrás de mí viene una señora vivaracha, despierta, como de 60 años y con los pelos enloquecidos. Recibo mi café –malísimo– y ocupo la única mesita que queda. A la señora le dan el suyo, toma azúcar y servilletas y voltea por todo el comedor en busca de un asiento. Siento una extraña curiosidad por saber quién es, qué hace; imagino que se trata de una profesora de historia, una investigadora de ciencias biológicas o una escritora de ficción. Extiendo la mano ofreciéndole la silla de mi mesa, asiente, agradece el gesto, coloca el café sobre la mesa y se sienta. Ella va a Chicago. Vino a Monterrey al funeral de un pariente; le pone dos sobrecitos de azúcar al café y revuelve: —hace 40 años que no venía para acá, –declara– la ciudad ha cambiado mucho, es muy grande. —¿Qué haces? –pregunto, intrigado–. Nada, responde ella con una naturalidad tan fresca y armoniosa. Mi semblante cambia. —Bueno, –agrega– estoy con la iglesia; ayudo a los desvalidos, los pobres y así. Y le echa más azúcar al café. Después de escuchar esto me decepcioné un poco porque me hubiera gustado conversar con alguien que tuviera intereses afines, pero la vida siempre me recompensa con alguna interacción digna de recordarse: —Algo muy malo va a ocurrir, –advierte–, la guerra, dice en tono seco y firme, —se viene la guerra. –¿Cómo lo sabe? Pregunto al tiempo que mi curiosidad crece. —Los mormones ya han escuchado las trompetas de los ángeles del apocalipsis; –hace una pausa, da un sorbo al café y continúa: —Yo también las he escuchado y unos parientes vieron a nuestro señor Jesucristo bajar en una nube oscura, con su corona de espinas y bañado en sangre diciendo en tono grave que debemos arrepentirnos y hacer penitencia porque el tiempo se acerca. Bebe otra vez y remata: —Los mormones dicen que esto va a ocurrir el 24 de septiembre. ¿Y cómo dieron los mormones con esa fecha específica? —Eso no lo sé, –y se encoge de hombros– pero debemos hacer penitencia y orar. Disuelve más azúcar en el café (más de lo que un páncreas sano puede tolerar), toma sus cosas, se levanta y despide: —Me voy; ya casi sale mi vuelo, –y al retirarse insiste en que debo arrepentirme y orar. Mientras se aleja no dejo de pensar en lo afortunado que he sido: me topé a una profeta del fin del mundo en una pequeña cafetería de un aeropuerto. Quiero pensar que fue el exceso de azúcar lo que la llevó a maquinar semejante alucinación.

Hay quienes viven con el fin del mundo tocándoles el culo todos los días. Y todos los días se levantan con esta certeza de que todo se va a ir a la mierda. Bien por ellos, no podría contradecirlos. Después de todo, vivimos tiempos muy complejos, vidas tan desmadradas y realidades seriamente fragmentadas (algunas a grado de ser irreparables) que no se puede ser optimista. Lo más sensato aquí es perder la esperanza. No hay que buscar el apocalipsis en ningún libro sagrado o profecía milenaria: lo vivimos todos los días autodestruyéndonos y fastidiando a los demás. El fin lo inventamos y afinamos a cada momento. Somos especialistas en eso. No sé cómo hemos llegado tan lejos, en serio. Acepto, pues, las trompetas chingadas del fin del mundo; venga pues: que ocurra. Lo único que me preocupa es que el 24 de septiembre debo atender un importante evento. No sé cómo explicarles a los organizadores que ese día todo se va al carajo.


chefherrera@gmail.com

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