Rancio anticapitalismo a la mexicana
Domingo, 19 Octubre, 2008
Somos herederos directos de la cultura judeocristiana —practicamos mayoritariamente el catolicismo, hablamos una lengua latina, escuchamos música escrita en la escala diatónica, escenificamos tragedias griegas, reconocemos el derecho que nos legaron los romanos, vestimos prendas occidentales, leemos fábulas clásicas, confeccionamos un sistema político que imita toscamente la fórmula institucional estadounidense, etcétera, etcétera— pero algunos principios esenciales de la modernidad se nos atraviesan en el cogote como si nuestra tradición se debiera, más bien, a mandamientos arcaicos de necesidad y dogmas tan antiguos como irrebatibles.
Latinoamérica está en Occidente pero reclama raíces singulares y orígenes exclusivos que le permiten, por así decirlo, tomar sus propias posiciones y apartarse de las corrientes centrales del pensamiento contemporáneo y las tendencias dominantes de una globalización que, desde luego, no fue patentada en estos pagos sino en los despachos del Imperio. Y así, nuestro presente está hecho de tibias adhesiones a los modelos imperantes pero también de machaconas jeremiadas que nos remiten al mismísimo instante de la Conquista, especie de gran agravio original perpetrado por una nación, España, con la que no hemos terminado de ajustar cuentas: tanto la revuelta zapatista en el Sureste mexicano como el régimen indigenista que Evo Morales pretende instaurar en Bolivia significan la reivindicación abierta —y desafiante— de la pureza primigenia de nuestros pueblos —la perentoria afirmación de que la esencia nacional radica en los indios— más allá de la justicia que una sociedad deba a sus clases desfavorecidas. Por lo tanto, el subcomandante Marcos y el señor Morales no se han limitado a reclamar derechos y oportunidades para un grupo de ciudadanos sino que pretenden establecer una especie de sistema social basado, entre otras cosas, en la recuperación de los usos y costumbres comunitarios para conformar un nuevo orden legal. Los municipios autónomos de las montañas chiapanecas o una futura República Boliviana-Aymara-Quechua serían las expresiones más concretas de esta gran restauración del orden antiguo, un movimiento libertario por decreto que pretende redimirnos de esa indigna condición de pueblos sojuzgados que nos fue impuesta, desde un principio, por el conquistador español y que, hoy día, intentan perpetuar los imperialistas del Norte.
Pero, si la democracia liberal, con todo su entramado legal e institucional, puede ser así sacrificada —desechada alegremente para dar paso a un sistema que consagra prácticas inaceptables como el papel secundario de la mujer en la sociedad o la justicia decretada por el consejo de ancianos— entonces qué decir del capitalismo, teoría odiosa que valida la explotación del hombre por el hombre y que promueve descarnadamente el lucro como motor del desarrollo social. Nosotros los latinoamericanos no somos capitalistas por vocación, señoras y señores, sino que la doctrina nos ha sido administrada abusivamente. Es una fatalidad que contraviene nuestra esencia de hombres amantes de la naturaleza (un curioso rasgo que nos atribuye Monsieur Le Clézio, tal y como se lo leí, hace unos días, en unas muy extrañas afirmaciones sobre la personalidad del mexicano que, supongo, pudo justipreciar debidamente en alguno de sus viajes a este país) y que, por lo tanto, nos ha llevado a ser una nación escindida entre el impulso de ser fiel a sus orígenes y la exigencia de servir a dioses que le son fundamentalmente extraños.
No hemos, pues, adoptado enteramente los principios de la sociedad abierta y, en algunos casos, parecemos inclusive dispuestos a descartar ciertos trámites democráticos para rendir adoración al caudillo de turno. Se explica, de tal manera, que los dogmas sean más importantes que los provechos y que el buen pueblo de México, tutelado por su anticuada clase política, se oponga, mayoritariamente, a que rapaces empresarios metan la mano para que explotemos el petróleo que estamos dejando de producir y para que refinemos, aquí, las gasolinas que nos procesan en Texas.
Esto no va a cambiar hasta que la realidad nos pase la factura.
Y será demasiado tarde. Como siempre.
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